Uno de los ejercicios sobre creatividad más habituales es dibujar una casa. Se trata de pedir a un grupo de personas que preparen tres trozos de folio para realizar tres tareas rápidas. La primera de ellas es dibujar una casa. Tras entregar el papel, llega la segunda: dibujar una casa. Sorpresas y risas. Y, por último, la tercera: dibujar una casa. Normalmente, el primer montoncito de ejercicios es muy parecido: esa unifamiliar de tejado triangular y chimenea en la que nadie ha vivido nunca. En el segundo y, sobre todo, en el tercero, explota la creatividad porque los participantes entienden que es un juego, un espacio donde pueden darse permiso. Entonces, aparecen una pirámide, un hormiguero o la manga de una sotana raída en la que vive un duende llamado Felisberto.
Quizá la inteligencia artificial sea la respuesta mefistofélica a ese miedo que llamamos incertidumbre
Uno de los ejercicios sobre creatividad más habituales es dibujar una casa. Se trata de pedir a un grupo de personas que preparen tres trozos de folio para realizar tres tareas rápidas. La primera de ellas es dibujar una casa. Tras entregar el papel, llega la segunda: dibujar una casa. Sorpresas y risas. Y, por último, la tercera: dibujar una casa. Normalmente, el primer montoncito de ejercicios es muy parecido: esa unifamiliar de tejado triangular y chimenea en la que nadie ha vivido nunca. En el segundo y, sobre todo, en el tercero, explota la creatividad porque los participantes entienden que es un juego, un espacio donde pueden darse permiso. Entonces, aparecen una pirámide, un hormiguero o la manga de una sotana raída en la que vive un duende llamado Felisberto.
La creatividad es ver las cosas de otra manera, juntar lo que suele estar separado y esquivar lo primero que nos viene a la cabeza. Ojo, esto último es algo muy útil para otras actividades, como elaborar una tortilla o tomar el metro. ¿Y si tuviéramos que superar varias pruebas por esos pasillos cada vez que picamos el billete? No demos ideas a nuestros gestores. El ejercicio de la casa sirve para mostrar que las personas creativas no tienen un don misterioso e inaccesible, sino menos restricciones autoimpuestas. O, quizá, trabajan más ese aspecto porque siempre están imaginando posibilidades, como los niños, para los que todos los objetos conservan su capacidad metafórica. La creatividad es para quien juega.
Hace un par de meses, una persona me preguntó si usaba la inteligencia artificial (IA) para escribir. Nunca, respondí. Mi interlocutor me explicó que, en su trabajo de gestión, era una herramienta que le había facilitado mucho los procesos de análisis de datos e incluso algunos aspectos de la comunicación. Ya no hay errores, me dijo. Esa es la clave, respondí, yo quiero equivocarme. Quiero probar lo absurdo y lo torpe. Y, sobre todo, me interesa el proceso, con el que disfruto mucho. Las buenas ideas aparecen en el folio cuando hago esquemas para ordenar lo que tengo hasta ese momento y pruebo qué pasaría si junto cosas que no pegan ni con cola.
Las herramientas de IA facilitan mucho el camino entre el deseo y el resultado, entre la idea y el producto. Es el pacto que Mefistófeles le proponía a Fausto y que agotaba el espíritu del alquimista porque lo relevante de la creación es lo que hay en medio, el proceso creativo, el espacio donde jugamos. Sucede lo mismo en otros ámbitos básicos de la vida, como la comida o el sexo, donde también hay un empeño en centrarse en la eficiencia y la productividad. Un empresario ha anunciado la muerte de la cocina. Qué tristeza. Queremos un mundo sin procesos, un mundo sin amor, y lo estamos teniendo. La competición ha devorado al juego. Mefistófeles siempre cumple.
La inteligencia es la capacidad mental general para razonar, resolver problemas, pensar de forma abstracta, adaptarse y aprender. Es decir, lo contrario a la literatura, que no se adapta, no aprende y no razona. Siempre estamos dando vueltas a los mismos temas y no abandonamos el deseo de realizar esa exploración fallida e incompleta a las vidas ajenas o propias, los traumas, los anhelos y los grietas, para que el otro proceso creativo, la lectura, complete el viaje iniciando uno nuevo. La inteligencia es la capacidad de resolver problemas, y la literatura se basa en crearlos.
La IA puede ser muy útil para algunos aspectos, como trabajar la documentación o delimitar los espacios narrativos. Todos los avances tecnológicos son interesantes y cabe huir de los pánicos alarmistas. Lo que diferencia a la IA de otras herramientas, y nos fascina, es su capacidad para elaborar productos utilizando lenguajes de campos artísticos, como la música, la imagen y, sobre todo, la palabra. Nos habla. Podemos mantener una conversación y, como el objetivo es que sigamos usándola, se adapta y nos halaga. Eso nos hace olvidar que se nutre de datos y expectativas: trabaja con lo que ya se ha hecho y busca encajar en la solicitud, incluso mintiendo. Quizá la IA sea la respuesta mefistofélica a ese miedo que llamamos incertidumbre y que nos hace refugiarnos en la nostalgia. Queremos lo mismo y que sea inofensivo. La herramienta puede inundar las librerías de títulos que encajarán con ese anhelo de previsibilidad e incluso puede cumplir otro deseo: tener una obra con nuestro nombre. Es la promesa que formuló Andy Warhol.
Pedí a una persona que hiciera el ejercicio de la casa con tres herramientas de IA. La sotana del duende Felisberto no apareció en ninguna. La primera nos devolvió tres dibujos muy similares: la típica casa suburbial anglosajona de tejado a dos aguas y jardín. La segunda comenzó con ese modelo y terminó en una villa de formas cúbicas y mucho vidrio de las que proliferan por la costa alicantina. Quizá había buscado en el historial de quien preguntaba. La tercera ofreció tres dibujos simples de la casa de Heidi, pero insistía en solicitar indicaciones. ¿Qué deseas? No lo sé y espero no descubrirlo nunca.
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