Amparo Larrañaga (Madrid, 1963) llega pronto y se suelta rápido. Decir que es simpática sería definir a Amancio Ortega como económicamente solvente. Habla claro, habla bien, habla divertido y tiene mucho que contar. Su vida en una de las familias nobles de nuestra escena (hija de Carlos Larrañaga y María Luisa Merlo, sobrina de Amparo Rivelles, hermana de Luis Merlo), su papel en la Movida, al éxito popular de ‘Periodistas’ y su estatus de empresaria y figura teatral indiscutible. Acaba de volver al Fígaro madrileño con otra temporada de ‘Victoria’, comedia sobre la familia, los sueños y los errores, y saca un rato para repasar estos años de democracia que ella ha devorado.
Odiaba ser actriz, pero lleva toda la vida en esto. Los genes mandan. Reniega de las redes, pasa de operarse y ríe al recordar los años de desfase, pero puntualiza: «No teníamos nada y ya tenemos de todo. Estamos un poco tontos, pero España es hoy mejor»
Amparo Larrañaga (Madrid, 1963) llega pronto y se suelta rápido. Decir que es simpática sería definir a Amancio Ortega como económicamente solvente. Habla claro, habla bien, habla divertido y tiene mucho que contar. Su vida en una de las familias nobles de nuestra escena (hija de Carlos Larrañaga y María Luisa Merlo, sobrina de Amparo Rivelles, hermana de Luis Merlo), su papel en la Movida, al éxito popular de ‘Periodistas’ y su estatus de empresaria y figura teatral indiscutible. Acaba de volver al Fígaro madrileño con otra temporada de ‘Victoria’, comedia sobre la familia, los sueños y los errores, y saca un rato para repasar estos años de democracia que ella ha devorado.
- ¿Pasa con el teatro como con las series y una segunda temporada da la tranquilidad que casi nunca se alcanza siendo actriz?
- A medias. Da paz y da un susto que te mueres. Sobre todo cuando la produces desde tu empresa familiar. Teniendo en cuenta que el teatro va fatal desde la pandemia, nos está costando mucho. Quitando los monólogos estos que hacen en el WiZink Center o como coño se llame ahora y meten 17.000 personas para sacar 95.000 euros en un día, el resto vamos todos de culo. A nosotros esta obra nos ha ido bien, pero ir bien ya no es lo de antes ni creo que vuelva a serlo. Ya tenemos todos tantísimas cosas que hacer…
- Entonces, ¿en el teatro cualquier tiempo pasado sí fue mejor?
- No, no, no, no. Decir eso te hace muy mayor. Hay cosas en las que, evidentemente, el teatro iba mejor hace 40 años. Había más público, pero no había trenes de alta velocidad ni aire acondicionado ni GPS para las giras ni la medicina estaba tan evolucionada. Las personas vamos más retrasadas, por cuestiones éticas y morales, que la ciencia, pero aún así creo que ahora vivimos muchísimo mejor que antes pese a que vaya menos gente al teatro.
- Tú querías ser médico, pero la genética se impuso.
- Mi abuelo me traicionó y me metió en esto cuando yo no quería. No tenía ningún interés en ser actriz y él se empeñó en que todas las generaciones mantuvieran la tradición. Luego, mi hermano Luis [Merlo] también se dedicó a esto, pero no tuvo paciencia y se aseguró conmigo, que era la mayor. Sin embargo, ahora la nuestra, a la mierda. Ninguno de mis sobrinos ni mis hijos se van a dedicar a esto. Por nuestra parte, se va a dar, como poco, un salto generacional, aunque a ver mi hermana Paula, que es hija de mi padre y aún tiene sólo 19 años. Igual por ahí, sigue el apellido.
- El caso es que no controlaste tu destino.
- Nada, pero sigo con el gusanillo de haber sido médico. Soy la que se encarga de todos los asuntos médicos de la familia, les explico cualquier diagnóstico a mis hermanos. Me encanta, pero sería incapaz de darte un consejo médico. Sólo traduzco. En fin, de pronto, mi abuelo se empeñó y yo me encontré en un escenario sin comerlo ni beberlo. Casi me subieron a rastras. Era tan mala actriz que daba susto. Fíjate si era mala que en mi primera obra hacía de una muerta y me tuvieron que poner una sombrilla porque no sabían qué hacer para que tuviera quietas las manos y, al final, tenía que pegar un grito y veía a la gente de la primera fila tapándose los oídos con las manos. No me gustaba nada. Pensé: «¿Qué es esto? Pero qué empeño en meterme a mí en este coñazo». Luego fui conectando con la profesión, pero fue mucho más tarde, una vocación muy tardía.
- ¿Por qué le tenías tanta tirria?
- Porque yo vivía ya ahí dentro, me pasaba las Nocheviejas con mis padres en el teatro y era un coñazo tomar las uvas con el público. Entonces se trabajaba a destajo, función tras función, y allí estábamos mis hermanos y yo vestidos de terciopelo y aguantando hasta el cotillón para podernos ir a casa. En esa época del franquismo, mis padres eran el referente de familia numerosa ideal, tan famosos, tan aparentes y con tantos hijos. Cuando creces ahí dentro, no lo vives como algo fabuloso, sino como tu día a día que a veces es un incordio. Por eso no quería ser actriz y, una vez empecé, encontré un rechazo que tampoco es que me animara a seguir.
- ¿Por parte de quién?
- No tanto del espectador, como de los compañeros en plan «ya te han colocado aquí tus padres, gánatelo». Hay miles de actores que no son hijos de nadie conocido y son grandes estrellas e hijos de actores importantísimos que no han llegado a nada. El apellido no te garantiza nada aunque es evidente que te ayuda al principio si te quieres dedicar a esto, que ni siquiera era mi caso, pero la realidad es que llevo 49 años. Todavía no sé por qué ni me creo la mejor actriz del mundo, pero algo habré hecho bien porque ahora ya nadie me cuestiona. Me costó, eh. Me costó muchos años.
- ¿Te molestaba?
- Bueno, no es bonito, pero lo aguantaba bien. No tengo la piel fina.
- Volviendo a esas Nocheviejas en el teatro, ¿cómo recuerdas esa infancia tan expuesta?
- No fue para nada normal. Mis padres trabajan todo el día. Se levantaban, se iban a hacer ‘Estudio 1’ o a ensayar a la calle Pizarro, luego se iban al teatro y hacían dos funciones diarias de lunes a domingo o se cogían un coche y se iban de gira. No podían llevar cuatro hijos a una gira, claro. Les veíamos entre poco y nada, aunque tampoco entonces nos dábamos cuenta de lo raro de la situación.
- Una de las tesis principales de esta obra es que se puede escuchar a quien piensa distinto y cambiar de opinión. No parece España.
- ¿Cómo que no? Eso lo hacen los políticos de un día para otro sin ningún problema [risas]. Es cierto que estamos otra vez en la España de los bandos y esa polarización política la hemos trasladado a nuestra vida. En mi casa hemos decidido que no se pone la tele para ver programas de actualidad porque acabamos discutiendo. Si yo estoy a la izquierda, mi hijo lo está más; si uno está a la derecha, el otro más; si uno es apolítico, se le regaña porque hay que estar comprometido… Y así discutes con tu hijo, con el vecino y con el del trabajo. Discutir sin escuchar ni dialogar. Hay un individualismo extremo que nos lleva a la poca solidaridad y la poca empatía. Ya somos feligreses de las ideas, todos sabemos lo que opinamos de todo antes de que pase y todo el mundo tiene redes sociales menos yo. Pues qué bien.
- ¿Eres tecnófoba o tu rechazo es sólo a las redes?
- No soy nada tecnófoba. Arreglo mis ordenadores y los de mi gente. Una época que estuve sin trabajar, me metí a ayudar a los usuarios a solucionar problemas de software. Me aburría, tenía tiempo, vi un chat donde la gente cuenta sus problemas y empecé a ayudar. Estuve muchas horas ahí, así que me escribieron de Apple y me mandaron un llavero. No se estiraron mucho. Lo de las redes es una cuestión filosófica y de vida. Yo soy vaga para todo: para arreglarme, para salir, para escribir, para estudiar… En las redes tienes que estar toda la vida contando todo porque, si no das contenido, ¿qué sentido tiene? Paso. Tengo dos clubs de fans en redes que, no entiendo por qué, han montado unas chicas jóvenes. Una de ellas vino al teatro y aún era menor de edad. Yo le decía: «¿Pero tú por qué no sigues a Mario Casas? ¿Por qué me sigues a mí?». Tengo un público femenino muy fiel y muy joven, mucho más que masculino. Normal, mírame, con lo que yo he sido [risas].
- Estás fenomenal.
- ¿Sabes cuándo supe que me había hecho mayor?
- ¿Cuándo?
- Cuando, estando parada en un semáforo, me miró un chico y en vez de sacar el culo y sonreír porque le has gustado, me sujeté el bolso porque pensé que me quería robar. Ya no gusto a los tíos por la calle y no pasa nada, es lo que hay. Me he hecho mayor. Estoy en la liga de las mujeres que sufren por la edad, pero no se quieren operar ni quieren ya líos. Estoy muy bien así. No me he operado, no me he pinchado y no me hago nada.
- ¿Nunca?
- Fui inteligente porque me operé la nariz de joven. Sea justo o injusto, una mujer triunfa de joven y ahí todavía puedes mejorar la belleza o, incluso, fabricarla, pero ya a mi edad eres mayor y da igual lo que hagas y lo que te retoques porque es un problema de concepto. No importa que estés fantástica para tu edad: tienes 63 tacos y formas parte de la liga de las mujeres invisibles. Me di cuenta cuando hice el regreso de ‘Los hombres de Paco’. Era un drama gravísimo que a la chica joven le hiciera sombra el flequillo, pero cuando a mí me hacía sombra decían: «Déjalo, está bien así, si es su edad». Soy vieja, pues ya está. Lo llevo bien y además me da mucha pereza toda esa dictadura del físico y la belleza del cine y la tele. Yo me dedico al teatro donde Nuria Espert hace personajes jovencísimos y nadie lo cuestiona porque es la hostia.
- Eso es impensable para una actriz en una película o en una serie.
- Claro, por suerte, es otro código. Da igual estar gorda, estar vieja y tener arrugas porque la gente no va a verte por eso. Esta obra es la continuación de otra llamada ‘Laponia’. Puedes verla sin haber visto la primera, pero es la misma familia años después. Me daba corte hacer ‘Laponia’ porque, con 58 años, tenía que hacer de madre de un niño que cree en Papá Noel. Me convencieron y nadie me ha cuestionado en ningún momento. Eso es impensable para una actriz en audiovisual. Así que aquí estoy feliz y paso de esa dictadura de contar mi vida en las redes sociales. Además, ¿qué voy a contar?
- A ver, cosas te pasarán.
- Pero si es que el teatro es todo los días lo mismo a no ser que te vayas de gira y enseñes España. Eso lo haría muy bien porque soy una cateta y cuando estoy en Inglaterra con mi hijo, que está estudiando allí, y veo un banco Santander me pongo tan contenta. Soy la que está en Londres y va al restaurante de tapas. No voy envuelta en banderas, no tiene nada que ver con eso, pero me gusta mucho España y la conozco entera. Cada sitio tiene un rincón estupendo, se come de puta madre y soy muy fan de la gente de aquí. Me da igual de dónde. Adoro a los catalanes, a los vascos y a los andaluces y tengo muy buenas experiencias por todo el país de años y años y años de giras hasta en los pueblos más pequeños. Somos un país cojonudo que ahora mismo no se lo cree.
- ¿Qué nos ha pasado? Hay cierto acuerdo en que, con todas nuestras diferencias ideológicas, durante la Transición y los años siguientes existió un proyecto común de país y éramos capaces de funcionar juntos.
- No sé qué ha pasado, pero evidentemente algo ha cambiado. En cuestión de empatía, vivimos de espaldas los unos a los otros. La polarización es evidente. Antes se dialogaba cuando pensabas diferente, ahora no puedes. Todo va muy rápido, nadie escucha, sólo queremos tener razón y a la gente le importa un pimiento la cultura. No tenemos políticos a la altura y lo asumimos. Lo suyo sería decir: «Mire, usted no vale. Le cambio y ya está». Sin embargo, somos feligreses de un lado o del otro lo hagan bien o lo hagan mal. No sé qué nos ha pasado tampoco. Sinceramente, no lo sé, pero la vida en comunidad ha desaparecido. Lo veo incluso en mi profesión.
- ¿Por qué?
- Antes había un compañerismo que lo impregnaba todo. Nos íbamos de gira, conocíamos a las otras compañías, comíamos, bebíamos y hablábamos. Ahora los teatros son tiendas de deportes. Ha habido un cambio muy grande en la sociedad y cuando nos hemos querido dar cuenta ya era tarde. Perdimos la empatía y ahora todo dios te habla de la resiliencia. Ponemos palabras de moda que estoy hasta el coño. Muy bonito, pero yo no conozco a mi vecino ni podemos hablar civilizadamente si votamos diferente. De todas maneras, ya me adapto porque si no estaría todo el día peleando.
- ¿Piensas, pues, que en los 80 y los 90 éramos una sociedad mejor?
- No, ni mejores ni más libres, pero quizás sí más ingenuos y felices. Fue una explosión donde la libertad era vestirte como te daba la gana, meterte de todo y salir todos los días hasta las tantas. Eso es lo que yo viví con veintipocos años y lo recuerdo como fantástico y estupendo. Fue un estallido, fue un cambio a mejor, pero la evolución siguió y la sociedad no ha parado de mejorar. Lo que pasa es que, políticamente, se intentó hacer un cambio con muchos partidos nuevos que no funcionó y hemos vuelto al bipartidismo, la pelea y el vecino contra el vecino. Hay gente de 17 años diciendo que es franquista, un franquismo con iPhone y Nike. Ya verás como se enteren de que, ya en democracia, yo me tenía que ir a Londres a conseguir unas Converse. Aquí no había de nada y ahora tenemos de todo. Estamos un poco tontos, pero no estamos peor.
- Esa explosión de la que hablas te pilla de pleno. Con 18 años, tu primer trabajo en una pantalla, es presentar ‘Aplauso’, programa musical emblema del momento.
- Imagínate. Me dan ese trabajo, que era lo más en el momento, y a los dos meses me fui para hacer teatro, que no me lo perdonó nunca mi madre. Me dio Arturo Fernández una superprotagonista en una función preciosa, ‘El huevo de Pascua’, una prostituta adolescente que ahora no se podría hacer. Nadie entendía que dejase la tele por eso, pero yo pensé: «¿Qué coño hago aquí presentando esta cosa y bailando, si yo quiero ser actriz?». De niña, mi madre me metió a clases de baile y me tuvo que sacar.
- ¿De lo mala que eras?
- No, joder, era buena, pero estaba cabreada todo el día. Yo no quería bailar. Yo tenía tres hermanos y lo que quería era romper mis muñecas para jugar a los carniceros y jugar a los indios. ¿A mí qué cojones me estás contando de bailes? Así que dejé la tele, pero, vamos, yo los 80 los disfruté como una loca. Lo difícil luego fue parar.
- ¿Desfasaste mucho?
- Sí, un poquito… o un muchito. A mí me salvó bastante que fui madre muy joven, con 19 años, y había que echar un poco el freno, pero yo salía cada día e íbamos a tope. Todo era lícito. Daba igual que fuera lunes, martes y jueves, con las hombreras y las zapatillas de deporte, todos oyendo a Mecano. Fue la hostia. Yo tengo una ventaja y es que no he bebido nunca. Eso me ha condenado a ser la chófer de mis amigos toda mi vida, pero a cambio podía estar con una coca cola hasta las seis de la mañana en un after e irme a casa en condiciones respetables.
- ¿Y las drogas? Porque en esa primera época feliz e ingenua circulaban sin parar y con poca conciencia del daño que iban a hacer.
- Claro, es que eran muy divertidas, pero luego hay que bajarse de eso. Y ahí fue el drama: gente que ha salido de puta madre de aquello, gente que se quedó tocada para siempre y, por desgracia, demasiados que murieron. Eso fue una mierda, pero en ese momento ni lo imaginábamos. Mis hermanos y yo nos metimos a muerte en la noche, nos encantaba. Montamos bares y restaurantes, que mi padre se partía de la risa. Decía: «Yo no entiendo nada. Mis hijos sacan 230.000 pesetas trabajando 16 horas en un bar y un millón en hora y media en el teatro, pero con lo que se ponen locos de contentos es con lo del bar». Pero, coño, ¡era tener un bar! Molaba y todo el mundo quería venir. Mi hermano Luis se metía en la barra y era lo más torpe del mundo, intentaba hacer un cóctel y se le caía todo o se le olvidaba cobrar, pero todo el mundo le adoraba. Lo pasamos muy bien, pero era puro divertimento. Para nosotros, además, tuvo un plus de liberación por venir de la familia que veníamos.
- La familia perfecta del franquismo de la que hablabas antes.
- Claro. Se decía mucho aquello de que mi padre era el hombre más macho del mundo porque había tenido cuatro hijos sólo con lamerlo [la Merlo, María Luisa] y éramos el modelo ideal de familia estable de marido y mujer que trabajaban juntos y tenían un ejército de hijos. Luego, por detrás había tela y mi padre era todo lo que ya se sabe que era con las infidelidades, pero de puertas hacia fuera éramos un ejemplo. Era todo mentira, pero a cambio nunca tuvimos un problema de verdad durante el franquismo.
- Tu abuela, María Fernanda Ladrón de Guevara, madre de tu padre y una de las grandes actrices de España en los primeros 60 años del siglo pasado, ya había ayudado en eso.
- Mi abuela es un personaje que no te lo acabas, justo ahora le están escribiendo una biografía y es… Estuvo en la cárcel dos veces, primero la metieron los republicanos por quintacolumnista y, luego, volvió a la cárcel porque en la República había divorcio y se casó otra vez, pero cuando llegó la dictadura era bígama con efecto retroactivo. Una movida. En realidad, las mujeres de mi familia lo que han sido es la hostia de feministas. Mi abuela era una mujer empresaria sacando adelante su propia compañía teatral desde los años 20 y mi tía Amparo [Rivelles], una madre soltera que, con una mano delante y otra detrás, se tuvo que ir a México con una niña pequeñita y triunfó. Me decía: «Hija, yo en México salgo a un escenario, me tiro un pedo y se cae el teatro de los aplausos» [risas]. La vida de mi familia es tela y toda esa herencia pesa, por eso los 80 supusieron una liberación extra para nosotros.
- Hemos hablado mucho de los 80, pero tu pico de fama llega a finales de los 90 con ‘Periodistas’. Sin embargo, cuando más de moda estás, vuelves al teatro y al perfil más discreto. ¿Por qué? ¿No te interesó ese perfil de estrella popular?
- Surgió así. ¿Sabes qué pasa? Con 24 años yo ya tenía mi empresa teatral con mi familia y eso era sagrado. Mi forma de entender la profesión era que podía hacer tele si no estaba haciendo teatro, pero no iba a dejar un teatro para poder hacer una serie. De la empresa familiar vivíamos todos y eso implicaba una ilusión y una responsabilidad. En nuestra primera compañía, mi hermano Pedro y yo vendimos una moto para montar ‘Los 80 son nuestros’, una obra de Ana Diosdado, que era entonces la mujer de mi padre. Necesitábamos dinero para poder pagar el montaje y las nóminas durante un mes y, si fracasaba, pues nos íbamos con una mano delante y la otra detrás.
- Fue un pelotazo.
- Vendimos la moto, nos la jugamos y recaudamos más de 500 millones de pesetas de aquel entonces. Había hasta reventa en el Teatro Infanta Isabel porque sucedió una cosa muy bonita y es que hubo un relevo generacional en el escenario. Antes, para ser una gran protagonista, necesitabas tener una edad, nadie le daba un teatro a una chica joven. Te decían: «Mira, es mejor que salgan Amparo Baró y Jaime Blanch, digan que esto les pasó en los 80 y ya lo hagan ellos». Nosotros nos negamos y por eso nadie nos la compraba. Era una obra sobre gente joven y la hicimos actores jóvenes. Fue el relevo generacional encima del escenario y debajo. Estaba Lydia Bosch en su mejor momento, Toni Cantó con su historia con Miguel Bosé en pleno apogeo… A mí esas historias son las que me llenan, me motivan, como con Gala.
- ¿Qué pasó?
- Me escribe una obra Antonio Gala y en la rueda de prensa le preguntan si va a llevar esta función también a Barcelona. Y responde: «No, porque a los catalanes les gusta más el teatro polaco en polaco que en castellano». Se montó. En todos los informativos, gente insultándole… Y mi hermano y yo frotándonos las manos porque para tener un gran éxito también tienes que tener la polémica de Gala o los niños de moda de ‘Los 80 son nuestros’, la gente no te va a ver porque sí. Entonces, yo estaba al cien por cien en mi compañía cuando me empiezan a llamar para hacer tele. Hice ‘Periodistas’ y todo era estupendo y divertido, pero siempre supe que quería hacer mi carrera en el teatro porque ¿cuándo me van a dejar de llamar para hacer tele? Lo vi en mis abuelas, lo vi en mi madre, lo vi en mi tía, lo vi en muchas generaciones de mujeres actrices: se te caen las tetas, se te caen los papeles. Yo quería ser la dueña y señora de mi carrera.
- ¿Te dejaron de llamar?
- Al principio no, pero, luego, cada vez menos. Yo tampoco ayudo, no tengo redes sociales, siempre estoy liada con el teatro… Sabía que esto iba a pasar y, efectivamente, tenía razón. Ya no suena el teléfono y no me importa nada porque no soy dependiente de esa llamada gracias a que me empeñé en el teatro cuando estaba ahí la tentación de otro tipo de carrera más llamativa. Me monté el futuro porque conocía el pasado de mi abuela, de mi madre y de mi tía. Ahora te encuentras con que todo está hecho por gente joven para gente joven porque son el consumidor habitual. Y luego tenemos otro problema que se dice poco: las mujeres que también prefieren ver a mujeres jóvenes porque ellas quieren ser jóvenes. Yo no, a mí me da igual eso.
- Criticabas antes a los políticos actuales, ¿eran mejores los de los 80 o es otra idealización nostálgica?
- Por lo menos, con ellos había más diálogo y se convivía mejor. Ahora todo es el insulto y la mentira. Me molesta más que me mientan que cualquier error que puedan cometer. Nos toman por tontos y eso no lo soporto. Hoy dicen una cosa, mañana la contraria y tienen razón en las dos. Qué cosa más rara, ¿no? Y ese interés que tienen en que nos peleemos y en polarizar. Joder, con Ceuta, con los incendios, con todo. El caso es enfrentar porque es más fácil que solucionar. ¿Y la cultura? ¿Dónde está en la agenda política? Nunca está y eso es muy sospechoso.
- Siempre se ha asumido que la izquierda cuida más la cultura que la derecha.
- Qué va, es lo mismo. Exactamente igual los Gobiernos de unos que los de otros. Yo soy de izquierdas, no tengo problema en decirlo, pero dime si ves alguna vez ahora a un político sentado en una obra de teatro. Si acaso, cuando viene un actor importantísimo de no sé dónde. Todo es pintar la mona. Antes sí los veías, pero evidentemente ya no les importa absolutamente nada la cultura y al ciudadano, como consecuencia, cada vez menos. En Holanda suben el IVA a los productos culturales y sale todo el mundo a la calle. No el sector, la gente porque no se puede convertir la cultura en una cosa para ricos. Echaron atrás la subida. Aquí tragamos. La cultura fue un motor social enorme en los 80, pero eso se perdió para siempre. Javier Cercas decía que hasta que la cultura no vuelva a ser popular no hay nada que hacer como sociedad y en España no lo es.
- Pero lo fue, debería ser recuperable.
- No, porque no hay interés en que lo sea. ¿Cuántos programas hay de libros de la tele? Y los pocos que hay de cultura están en horas raras y te hacen una entrevista de dos minutos absurda en la que no sabes ni que decir porque yo sé que no les importa. Hay países que están peor que nosotros, como Portugal, pero en Francia hay leyes de mecenazgo y es otro mundo. Mi hermano va a ver funciones allí para traerlas y se sienta en la última fila, que es más barata, porque así sale corriendo para el aeropuerto y vuelve en el día. Bien, pues esas baratas cuestan 58 euros. Si yo pongo una entrada a ese precio, no va nadie. Ahora, 58 euros en cañas y en bragas en Oysho ya te digo que se las gastan. No es que la cultura sea cara, es que a la gente no le interesa y no se promociona más que desde y para la élite. Ahí tenemos un problema, pero el ciudadano también lo tiene y es el que tiene que despertar.
- En 2003 fuiste parte del grupo de artistas que fueron al Congreso con la camiseta de ‘No a la guerra’. ¿Qué te dijo tu padre?
- [Risas] Bueno, ya sabes que mi padre era un poco de derechas, siempre votó al PP, y me dijo: «¿Ves? Es que los actores no tenemos que significarnos». Siempre decía lo mismo porque es un miedo que arrastraba del franquismo y nuestra generación ya no tenía. Ahora noto que vuelve. A ver, Javier Bardem no tiene ningún miedo porque, si a alguien le molesta lo que dice, le saca el dedo. Dice lo que le da la gana, pero quienes no están a ese nivel sí lo pagan. Le pasó a Fernando Trueba con la segunda parte de ‘La niña de tus ojos’, pasó con los catalanes cuando el procés… ¡No hay que comer fuet! Yo no soy así, eso no tiene sentido y ahora, encima, opinar implica perder seguidores. Tengo compañeras que dicen: «Es que he hablado de Gaza y he perdido mil seguidores». ¿Y qué? Pero es verdad que eso son contratos. Así estamos.
- Tú, como no tienes…
- Eso me lo ahorro, pero hay gente en la profesión que vive las 24 horas dedicada a esto. Una actriz muy amiga me contó que ha dejado las redes porque estaba ella sola en una roca en Donosti viendo el mar, todo precioso, y estaba cabreada porque no llevaba el móvil y no lo podía compartir. Ahí entendió que esto ya le estaba superando y se estaba volviendo tonta. Yo ni lo he intentado, si me vuelvo tonta no tengo esa excusa [risas].
- ¿Eres optimista o pesimista con España? ¿Crees que el mal ambiente tiene vuelta atrás? larraña
- No, no lo creo. Sinceramente, no tengo mucha esperanza en que recuperemos el diálogo, pero como con todo, vivo con ello. Tienes la ilusión de que todo cambie a mejor, pero en realidad creo que, tarde o temprano, la IA hará de mí y ni siquiera me pagará por los derechos de imagen. Bueno, al menos me quedará el teatro. Espero.
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