Eduardo Costantini: “La inteligencia artificial puede hacer al arte más necesario”

Este viernes, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, el Malba, cumple 25 años. Tres días antes, su fundador y presidente, Eduardo Costantini (Buenos Aires, 80 años), recorre con EL PAÍS las salas en las que se ultiman los detalles para los festejos de una institución que se ha convertido en un referente mundial. Señala con entusiasmo el autorretrato de Frida Kahlo Diego y yo — “raja la tierra”— y continúa hasta posar para las fotos al lado de La Grande Dame (La Mujer Gato), la escultura de más de dos metros de alto de Eleonora Carrington que adquirió en una subasta de Sotheby’s en 2024 por 11,38 millones de dólares. Ambas piezas forman parte de las 17 obras maestras de arte moderno latinoamericano que Costantini acaba de donar de su propia colección al Malba. También se incorpora la Colección Daros Latinamerica que Costantini compró el año pasado, que eleva el acervo del Malba a cerca de 3.000 obras.

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 El fundador del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires festeja las bodas de plata del museo: “El gran desafío es que el Malba permanezca, porque pierde cuatro o cinco millones de dólares al año”  

Este viernes, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, el Malba, cumple 25 años. Tres días antes, su fundador y presidente, Eduardo Costantini (Buenos Aires, 80 años), recorre con EL PAÍS las salas en las que se ultiman los detalles para los festejos de una institución que se ha convertido en un referente mundial. Señala con entusiasmo el autorretrato de Frida Kahlo Diego y yo — “raja la tierra”— y continúa hasta posar para las fotos al lado de La Grande Dame (La Mujer Gato), la escultura de más de dos metros de alto de Eleonora Carrington que adquirió en una subasta de Sotheby’s en 2024 por 11,38 millones de dólares. Ambas piezas forman parte de las 17 obras maestras de arte moderno latinoamericano que Costantini acaba de donar de su propia colección al Malba. También se incorpora la Colección Daros Latinamerica que Costantini compró el año pasado, que eleva el acervo del Malba a cerca de 3.000 obras.

El crecimiento se enmarca dentro de una expansión estratégica: el Malba se ampliará bajó la plaza Perú, contigua al museo, y duplicará su superficie actual hasta alcanzar unos 8.000 metros cuadrados. El mayor deseo de Costantini es asegurar la continuidad de un proyecto que hoy pierde “entre cuatro y cinco millones por año” y para ello ha anunciado también la constitución del fideicomiso Malba Art Trust. El capital inicial es de 50 millones, aportado por este empresario y coleccionista argentino, que insta a otros interesados a sumarse.

El Malba nació en 2001, cuando Argentina se acercaba a una de las peores crisis de su historia y en estos 25 años ha atravesado varias más. Costantini cuenta que los habitantes de Buenos Aires recibieron con los brazos abiertos la nueva institución cultural —“la primera sorpresa fue a nivel ciudad. La gente amó al Malba desde un comienzo, al edificio, a la luz, a la colección”— y también encontraron en el museo un refugio en el que olvidarse por un rato de la incertidumbre económica y política: “La experiencia nuestra es que durante las crisis la gente viene más al Malba. Puede estar agobiada por problemas económicos y viene, porque acá es otra energía”.

El gran olfato para los negocios inmobiliarios, que lo llevó a ser dueño de unas grandes fortunas de Argentina, también lo llevó arte: cuando comenzó a imaginar el Malba, el arte latinoamericano tenía una relevancia internacional muy inferior a la actual: “Hoy creo que no hay ningún museo grande que no tenga un programa de arte latinoamericano y eso antes no se veía. En la década de los ochenta, de los noventa, no era así y eso nos permitió, en ese período embrionario del Malba, adquirir grandes obras de arte moderno latinoamericano. Luego, seguí comprando obras, pero a otro precio, digámoslo”.

Le cuesta elegir una obra de la colección, aunque es consciente de que algunas, como Abaporu, de Tarsila do Amaral, es la obra más importante en la historia de Brasil y atrae cada año “a miles y miles de brasileños y es pedida por museos de todo el mundo”. Las pinturas que posee de Frida Kahlo y Diego Rivera son otras de sus joyas más preciadas. “Baile en Tehuantepec es una obra que raja la tierra”, señala. Cuando la vio por primera vez, en 1995, sintió un flechazo que lo persiguió durante 21 años, hasta que en 2016 se puso a la venta y pudo comprarla por 15,7 millones de dólares.

Su interés por el arte no le viene de familia sino que apareció de forma casual en su juventud. “Me gustaba ver la vidriera de una galería de arte, cuando no tenía ni idea de lo que era el coleccionismo ni la calidad del arte. Un día entré y compré dos obras, fue algo totalmente emocional. Pasaron como diez años en los que compré arte de una manera equivocada, o sea, sin saber de su calidad, hasta que en 1981 conocí a Ricardo Esteves, que tenía mi edad, un par de años más joven. Fue mi maestro, mi amigo y mi mentor. De él aprendí qué obras tenía que comprar. Nos hablábamos todos los días como niños y dialogamos sobre arte. Falleció hace dos años y se perdió la compra de la Colección Daros Latinamerica, la ampliación del Malba y la muestra de Frida que está organizando mi esposa”, lamenta.

Pregunta. ¿Qué cree que le falta al arte argentino para tener la misma relevancia a nivel internacional que el brasileño o el mexicano?

Respuesta. No tenés un grupo fuerte de coleccionistas argentinos, las instituciones tampoco compran obras por un tema presupuestario y el Gobierno central, no este en particular, todos, no tiene dinero para dedicarle a la cultura, tiene otras prioridades. Esa es una gran desventaja porque vos tenés que recrear un ecosistema cultural de apoyo a los artistas.

P. Pero Argentina es una potencia cultural en algunos ámbitos como la literatura, el cine y el teatro.

R. Artistas buenos hay, como Tomás Saraceno, Matías Duville, Adrián Villar Rojas… Lo que faltan son coleccionistas, instituciones en las que exhibir, publicaciones de libros, pasantías, relaciones internacionales que posicionen al arte argentino de otra manera.

P. El Gobierno intenta convencer a los argentinos con ahorros de que saquen los dólares de debajo del colchón e inviertan. Como economista, ¿por qué piensa que no ocurre?

R. Falta lo que llamo gobernabilidad, previsibilidad. Tú tienes que tener políticas de Estado que trasciendan al gobierno corriente, tener el diálogo suficiente para poner ciertas reglas, aunque haya opiniones distintas, y marcar un rumbo. Uno puede ser más de izquierda, otro de derecha, pero tienen que ponerse de acuerdo en lo que le hace bien al país. Nosotros venimos de una historia con muchos defaults y entonces la gente qué va a hacer. Agarra los dólares, que es una forma de salir del sistema por protección.

P. En este momento convulso, marcado por la irrupción de la inteligencia artificial, ¿qué imagina que pasará con el arte?

R. Nos vamos a sentir un poco abrumados por la presencia de la inteligencia artificial, incluso a nivel psicológico, porque los líderes de las empresas de inteligencia artificial han alertado seriamente acerca del peligro que la inteligencia artificial se vaya de control y nos destruya. Es una cosa concreta. Pero creo que el ser humano es afectivo y eso es irremplazable. Si tú vienes a un museo y ves la obra en persona, es algo emocionante e irremplazable. Para mí, es un contrapunto que, al contrario, tal vez la inteligencia artificial haga al arte más necesario frente a una cosa tan robótica. El ser humano necesita del amor, del afecto, de las sensaciones, de la textura, de los olores, de la de las cosas sencillas, del aroma de un árbol, de ver un ave y un lago. Son cosas naturales que están en nuestra esencia, ¿no?

P. ¿Ve al Malba como un reservorio de lo humano frente a la avanzada de la inteligencia artificial?

R. Sí. La experiencia nuestra es que durante las crisis la gente viene más.

P. ¿Le interesa comprar una obra hecha con inteligencia artificial?

R. En principio no me atrae mucho porque, de alguna manera, a través de la obra te conectás con una persona que ni siquiera conociste pero que es humano, y te conectas con el alma y el espíritu de la obra. Cuando algo es hecho a través de una máquina, de un agente, no es lo mismo. Pero abre posibilidades también. Para la exposición de Frida hay un holograma al que le puedes hacer una pregunta y te va a contestar en base a todos el bagaje de conocimiento que se tiene de ella.

P. ¿Qué hay en común entre su faceta de empresario y coleccionista?

R. Por un lado la creatividad y, por otro, la estrategia y la mirada a largo plazo. A veces ocurren imponderables, crisis, o hay viento de cola que que te impulsa el proyecto, pero si sos consistente, el tiempo es un aliado de lo que tú le estás ofreciendo a la sociedad. Cuando nació el Malba tenía 200 obras. Hoy estamos con 3000.

P. ¿Cuál le gustaría que fuera su legado?

R. Que el Malba permanezca en el tiempo. Es el gran desafío porque pierde cuatro o cinco millones de dólares por año.

 EL PAÍS 

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