Noventa años después de su fusilamiento, Federico García Lorca (1898–1936) se ha convertido en un icono global de la libertad por lo que representa su vida y sigue revelando su obra. El hecho de que aún no se hayan encontrado los restos del autor de Poeta en Nueva York, una de las cimas de la poesía en lengua española de la modernidad, es el símbolo de una herida no cicatrizada en nuestra memoria que, como tantos muertos todavía en las fosas de la guerra civil, debería interpelar al conjunto de la ciudadanía no como una forma de estéril revancha, sino como un avance en la consolidación profunda de la reconciliación y la democracia.
Noventa años después de su fusilamiento, Federico García Lorca (1898–1936) se ha convertido en un icono global de la libertad por lo que representa su vida y sigue revelando su obra. El hecho de que aún no se hayan encontrado los restos del autor de Poeta en Nueva York, una de las cimas de la poesía en lengua española de la modernidad, es el símbolo de una herida no cicatrizada en nuestra memoria que, como tantos muertos todavía en las fosas de la guerra civil, debería interpelar al conjunto de la ciudadanía no como una forma de estéril revancha, sino como un avance en la consolidación profunda de la reconciliación y la democracia. Seguir leyendo
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional
El autor de ‘Poeta en Nueva York’, asesinado hace 90 años y motivo de una aclamada película, es un icono democrático frente al empuje del revisionismo histórico
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Noventa años después de su fusilamiento, Federico García Lorca (1898–1936) se ha convertido en un icono global de la libertad por lo que representa su vida y sigue revelando su obra. El hecho de que aún no se hayan encontrado los restos del autor de Poeta en Nueva York, una de las cimas de la poesía en lengua española de la modernidad, es el símbolo de una herida no cicatrizada en nuestra memoria que, como tantos muertos todavía en las fosas de la guerra civil, debería interpelar al conjunto de la ciudadanía no como una forma de estéril revancha, sino como un avance en la consolidación profunda de la reconciliación y la democracia.
En España la memoria cívica es indisicociable de la figura de García Lorca. Empezó a reconstruirse también a través de él cuando la democracia volvía a nuestro país. El 5 de junio de 1976 se le tributó un pionero homenaje en Granada, con presencia de referentes culturales del antifranquismo y la asistencia de miles de personas. Desde aquel momento su nombre quedó de nuevo asociado a la misma esperanza de los valores republicanos con la que quiso comprometerse con palabras y con actos. Este sostenido proceso de revalorización cívica ha vivido un necesario ensanchamiento en los últimos tiempos, cuando a la comprensión de Lorca se ha ido incorporando un elemento silenciado que atravesó su intimidad como hombre y preserva la honda verdad de su obra: una homosexualidad que primero fue proscrita y después tardó décadas en contarse, encerrando su forma de amar bajo la ambigua denominación del amor oscuro aún en la década de los 80. Precisamente la lorquiana La bola negra, película dirigida por Javier Calvo y Javier Ambrossi, que se estrena este viernes y que ha fascinado en los festivales en los que se ha proyectado, representa la explosión estética de una España viva y moderna. Y es una España que asume la diferencia con orgullo y supera aquel país de moral represiva que el escritor exorcizó en La casa de Bernarda Alba y que fue la causa política de su asesinato.
Federico García Lorca debería ser de todos, como reclamaba el popular Jaime de los Santos en el Congreso, pero, para que lo sea de verdad, su legado debe ser asumido también por todos, sin desnaturalizarlo. La reciente tentación revisionista, con todo lo que implica, afecta hoy a la visión de la Segunda República y la Guerra Civil e incluso la consideración del Guernica, que volvió a España con la Transición. Y podría acabar afectando a Lorca si arraigan los relatos despolitizados e históricamente falaces sobre su final. La memoria cívica compartida no puede asumirlo, sobre todo en estos momentos, cuando se acerca “un huracán de negras palomas / que chapotean las aguas podridas”.
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