Vengo a hacer una recomendación. Es una serie protagonizada por una mujer que tiene el don de hablar con los muertos. No es algo terrorífico; es más bien costumbrista. Ellos se le acercan, le comentan esos asuntos pendientes que dejaron en vida y ella se los transmite a sus supervivientes. Este don es hereditario y nuestra protagonista convive con él con toda la naturalidad, como lo hacía Haley Joel Osment en «El sexto sentido» de Shyamalan (cuánto me he acordado de ti, M. Night; ojalá otros de los que hablaré más adelante tuviesen tu sentido de la fascinación). La chica se llama Melinda Gordon; la actriz es Jennifer Love Hewitt y la serie, «Entre fantasmas». La tienen en Disney+.
En otro orden de cosas, acaba de llegar a Netflix —previo paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, donde se convirtió en la primera serie en competir por la Concha de Oro, falseando su naturaleza y jugando a la ambigüedad— «Mis muertos tristes». Detrás de ella está Pablo Larraín, cineasta chileno que, tras consolidarse en su país natal con «El club», «No» o «Neruda», dio el salto internacional con la trilogía de biopics sobre mujeres icónicas de la historia, a saber: «Jackie», sobre Jacqueline Kennedy (Natalie Portman); «Spencer», con Kristen Stewart como Diana de Gales; y «María Callas», en la que Angelina Jolie daba vida a la mítica soprano. En esta nueva miniserie, Larraín vuelve a unir su destino, aunque de otra manera, a una mujer: Mariana Enríquez. La escritora argentina, autora de «Nuestra parte de noche» o «Las cosas que perdimos en el fuego», es una de las grandes voces del terror latinoamericano y, en varios de sus relatos, agrupados en la colección «Un lugar soleado para gente sombría», se basa «Mis muertos tristes».
La protagonista absoluta es Ema (Mercedes Morán, cargando todo el peso de la serie a sus espaldas), una médica recién jubilada que puede ver y comunicarse con los muertos. De primeras, Ema no tiene intención de hacer mucho con este don. Vive evitando a estas «presencias» —a excepción, si acaso, de su madre, a la que acompañó hasta sus últimos días— y su sufrimiento, del que no se quiere contagiar. Al poco de jubilarse, se presentan en su casa su hermana Lidia (Alejandra Flechner), su cuñado Tom (Carlos Portaluppi) y su sobrina Julie (Carolina Álvarez). Los tres viven en Oregon —pronúnciese, como lo hacen ellos, con el más forzado acento yanqui— y la joven Julie comparte las dotes de médium con su tía, razón por la cual es tratada, incluso por sus propios padres, como una persona con problemas mentales. Quien no comparte el don con su madre es Caro (Dolores Fonzi), hija de Ema, que ha convertido esta no herencia en reproches y en vivir bastante ajena a ella.
A raíz de la desaparición de Julie, cuya conexión con los muertos es, digamos sin entrar en spoilers, más profunda, la situación empieza a desbordarse. Lo que hasta entonces era una experiencia íntima y relativamente controlada comienza a extenderse más allá de Ema y a afectar a su familia y al propio barrio de Piedrabuena, la barriada de Buenos Aires donde transcurre la historia. Entre quienes se ven arrastrados por este fenómeno está Caro. Esto la obliga a recurrir a su madre y a tratar de entender, junto a ella, qué está ocurriendo y hasta dónde puede llegar.
Esta es la trama. No hay más. Lo que ven es lo que hay. Por delante, 200 minutos divididos en cuatro capítulos en los que Larraín parece interesado únicamente en lo estético, ya sea esa imagen lavada, sin apenas saturación y en cuatro tercios, o esa sordidez tan buscada —«Seven» tiene ya 31 años, Pablo, no nos vas a sorprender por ahí— que deja de ser tal. Por el camino, sacrifica no solo gran parte del subtexto de Enríquez, sino la posibilidad de una narrativa coherente, de que la serie «sea algo». «Mis muertos tristes» tiene buenos momentos de humor, pero no termina de ser una comedia; tiene hueco para lo social, pero no quiere decir mucho sobre la vida en los márgenes; y tiene idea de ser dramática, pero no construye las cosas para que eso funcione. Hay tramas que vienen y van, y lo mismo ocurre con los personajes. Todo deja la sensación de que, con un guion más enfocado, una duración más ajustada y un director menos preocupado en recordarnos que es «autor», sería mejor. En lo visual, por cierto —y esto va en gustos—, la serie me parece horrorosa. Háganme caso y pónganse «Entre fantasmas».
La miniserie de Netflix adapta varios relatos de la escritora argentina en un ejercicio de estilo que sacrifica subtexto, ritmo y coherencia narrativa
Vengo a hacer una recomendación. Es una serie protagonizada por una mujer que tiene el don de hablar con los muertos. No es algo terrorífico; es más bien costumbrista. Ellos se le acercan, le comentan esos asuntos pendientes que dejaron en vida y ella se los transmite a sus supervivientes. Este don es hereditario y nuestra protagonista convive con él con toda la naturalidad, como lo hacía Haley Joel Osment en «El sexto sentido» de Shyamalan (cuánto me he acordado de ti, M. Night; ojalá otros de los que hablaré más adelante tuviesen tu sentido de la fascinación). La chica se llama Melinda Gordon; la actriz es Jennifer Love Hewitt y la serie, «Entre fantasmas». La tienen en Disney+.
En otro orden de cosas, acaba de llegar a Netflix —previo paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, donde se convirtió en la primera serie en competir por la Concha de Oro, falseando su naturaleza y jugando a la ambigüedad— «Mis muertos tristes». Detrás de ella está Pablo Larraín, cineasta chileno que, tras consolidarse en su país natal con «El club», «No» o «Neruda», dio el salto internacional con la trilogía de biopics sobre mujeres icónicas de la historia, a saber: «Jackie», sobre Jacqueline Kennedy (Natalie Portman); «Spencer», con Kristen Stewart como Diana de Gales; y «María Callas», en la que Angelina Jolie daba vida a la mítica soprano. En esta nueva miniserie, Larraín vuelve a unir su destino, aunque de otra manera, a una mujer: Mariana Enríquez. La escritora argentina, autora de «Nuestra parte de noche» o «Las cosas que perdimos en el fuego», es una de las grandes voces del terror latinoamericano y, en varios de sus relatos, agrupados en la colección «Un lugar soleado para gente sombría», se basa «Mis muertos tristes».
La protagonista absoluta es Ema (Mercedes Morán, cargando todo el peso de la serie a sus espaldas), una médica recién jubilada que puede ver y comunicarse con los muertos. De primeras, Ema no tiene intención de hacer mucho con este don. Vive evitando a estas «presencias» —a excepción, si acaso, de su madre, a la que acompañó hasta sus últimos días— y su sufrimiento, del que no se quiere contagiar. Al poco de jubilarse, se presentan en su casa su hermana Lidia (Alejandra Flechner), su cuñado Tom (Carlos Portaluppi) y su sobrina Julie (Carolina Álvarez). Los tres viven en Oregon —pronúnciese, como lo hacen ellos, con el más forzado acento yanqui— y la joven Julie comparte las dotes de médium con su tía, razón por la cual es tratada, incluso por sus propios padres, como una persona con problemas mentales. Quien no comparte el don con su madre es Caro (Dolores Fonzi), hija de Ema, que ha convertido esta no herencia en reproches y en vivir bastante ajena a ella.
A raíz de la desaparición de Julie, cuya conexión con los muertos es, digamos sin entrar en spoilers, más profunda, la situación empieza a desbordarse. Lo que hasta entonces era una experiencia íntima y relativamente controlada comienza a extenderse más allá de Ema y a afectar a su familia y al propio barrio de Piedrabuena, la barriada de Buenos Aires donde transcurre la historia. Entre quienes se ven arrastrados por este fenómeno está Caro. Esto la obliga a recurrir a su madre y a tratar de entender, junto a ella, qué está ocurriendo y hasta dónde puede llegar.
Esta es la trama. No hay más. Lo que ven es lo que hay. Por delante, 200 minutos divididos en cuatro capítulos en los que Larraín parece interesado únicamente en lo estético, ya sea esa imagen lavada, sin apenas saturación y en cuatro tercios, o esa sordidez tan buscada —«Seven» tiene ya 31 años, Pablo, no nos vas a sorprender por ahí— que deja de ser tal. Por el camino, sacrifica no solo gran parte del subtexto de Enríquez, sino la posibilidad de una narrativa coherente, de que la serie «sea algo». «Mis muertos tristes» tiene buenos momentos de humor, pero no termina de ser una comedia; tiene hueco para lo social, pero no quiere decir mucho sobre la vida en los márgenes; y tiene idea de ser dramática, pero no construye las cosas para que eso funcione. Hay tramas que vienen y van, y lo mismo ocurre con los personajes. Todo deja la sensación de que, con un guion más enfocado, una duración más ajustada y un director menos preocupado en recordarnos que es «autor», sería mejor. En lo visual, por cierto —y esto va en gustos—, la serie me parece horrorosa. Háganme caso y pónganse «Entre fantasmas».
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