Silvio, 25 años sin el gran cantaor roquero

Recuerdo uno de los primeros días de facultad, en la isla de la Cartuja de Sevilla, cuando el profesor de Redacción Periodística (Javier Rubio, periodista de ABC de Sevilla) nos mandó escribir un perfil de un personaje famoso. Pero no cada uno del que quisiéramos, sino todos sobre la misma figura. Entonces, los alumnos que lo deseáramos podíamos levantar la mano para proponer un candidato para perfilar. Se escucharon nombres egregios: la duquesa de Alba, Curro Romero, Maradona, etcétera. Pero el profesor no estuvo conforme hasta que un compañero pronunció el de Silvio, sin apellidos. Porque en la ciudad hispalense Silvio es Silvio; para referirnos al cantautor cubano –que, por cierto, actuó en la capital andaluza el pasado fin de semana– tendríamos que hablar de Silvio Rodríguez.

Total, que me volví a la residencia de estudiantes en la que entonces me hospedaba con unos deberes extraños: escribir sobre un tal Silvio, de quien no había oído hablar en mi vida, pero que Javier Rubio sorprendentemente había antepuesto a personajes cuyos nombres pesaban toneladas de quilates. Tenía un par de días y la pregunta era por dónde empezar, por qué puerta entrar al universo del artista. Lo hice, de manera acertada, viendo el maravilloso documental biográfico «A la diestra del cielo» (2007), dirigido y escrito por Francisco Bech. Releo hoy aquel texto –más bien una redacción escolar que un perfil periodístico– y lo hago con mucha vergüenza ajena: como cuando lees los mensajes que has mandado la pasada madrugada al llegar a casa de borrachera. ¡Glup! Sin embargo, hay un detalle situado entre el titular y mi nombre que me llama la atención, que me gusta: y es que el artículo está fechado el 1 de octubre de 2011, justo una década después de la muerte de Silvio Fernández Melgarejo, a los 56 años.

 

Hoy, quince años después de mi anécdota y pasado un cuarto de siglo de la muerte del roquero sevillano, vuelvo a escribir el mismo artículo, aunque espero que algo mejor. De lo que estoy seguro es que desde aquel día de otoño de 2011 vivo enganchado a Silvio, a su música –de «Rezaré» a «Betis» hasta «Swing María»– y, sobre todo, a su filosofía vital: disfruta y sé buena gente. Cuando vuelvo a Sevilla, paso a menudo por la puerta del antiguo ABC –hoy Atokateja–, el bar donde el artista echaba las horas dándole al vaso, y tarareo para mí «La ragazza del elevatore» mientras me cruzo con una de esas pijas guapas de Los Remedios.

¿Que quién fue Silvio?, tenía que responder fundamentalmente en aquel perfil. Hoy diría que fue un genio que no triunfó porque no quiso, o que –por ser más preciso– triunfó a su manera, como le dio la gana. Un caballero, un borrachín, un filósofo, un poeta. Un artista con mucho swing –hoy se diría aura o flow– que renegaba de cualquier dogmatismo en su filosofía vital y musical… salvo, por supuesto, el de la Pura Concepción, «que antes que Roma mi Sevilla proclamó». Un «cantaor roquero» sincrético y conciliador que tendió puentes entre el Betis y el Sevilla, entre la Macarena y la Esperanza de Triana, entre el ron y la Coca-Cola y, fundamentalmente, entre el rock y la Semana Santa.

 El legendario artista sevillano murió hace un cuarto de siglo, el 1 de octubre de 2001  Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón

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