Mundo daliniano

Me gusta memorizar las primeras frases de un libro porque actúan como la araña cuando caza la mosca: son letras que atrapan al lector. Algunas son memorables. “A los seis años quería ser cocinera, a los siete quería ser Napoleón, y desde entonces mi ambición no ha dejado de crecer en proporción idéntica a la de mi megalomanía”, escribió Dalí en 1942, al comienzo de La vida secreta. Han pasado más de 80 años y, de los tres grandes nombres de la Santísima Trinidad del arte moderno —Picasso, como Minotauro, y Miró, como poeta—, Dalí es el que mejor ha sintonizado con nuestro tiempo.

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 La realidad parece un sueño, muy a menudo una pesadilla, con dirigentes como guiñoles de feria, esperpénticos  

Me gusta memorizar las primeras frases de un libro porque actúan como la araña cuando caza la mosca: son letras que atrapan al lector. Algunas son memorables. “A los seis años quería ser cocinera, a los siete quería ser Napoleón, y desde entonces mi ambición no ha dejado de crecer en proporción idéntica a la de mi megalomanía”, escribió Dalí en 1942, al comienzo de La vida secreta. Han pasado más de 80 años y, de los tres grandes nombres de la Santísima Trinidad del arte moderno —Picasso, como Minotauro, y Miró, como poeta—, Dalí es el que mejor ha sintonizado con nuestro tiempo.

Muchas veces he pensado cuánto me gustaría poder viajar por su mente singular. Hace poco lo hice visitando la muestra inmersiva Dalí Cibernètic, instalada en la Casa Amatller del Paseo de Gràcia de Barcelona, después de recorrer medio mundo. Me puse unas gafas de realidad virtual y me subí implicitamente a un barco de piratas, en cuyo través se veía una reproducción de la torre Galatea de Figueres, donde ondeaba una bandera con su firma. Me agarré a la barandilla de proa, cuyo mascarón era la escultura en bronce de Gala desnuda. Soplaba una leve brisa marina justo cuando zarpamos. En el mar había panes como islas. Y en el cielo, la luna explotó en un huevo. Atravesamos un paisaje de relojes blandos, elefantes con patas interminables y hormigas gigantes. Vi una jirafa que salía del Bosco. Ojos como meteoritos caían de aquel curioso universo.

Solo hace falta hojear un periódico o ver la televisión para darnos cuenta de que el mundo se ha vuelto daliniano. La megalomanía ha crecido en proporción idéntica a la de la estulticia. La realidad parece un sueño, muy a menudo una pesadilla, con dirigentes como guiñoles de feria, esperpénticos, que inverosímilmente mandan en sus países y dominan un mundo incierto.

Dalí comprendió enseguida que vivimos para ser vistos, es decir, que construimos nuestra identidad a través de las imágenes, las cuales hoy ya no son necesariamente pruebas de la realidad. También entendió que personaje y persona podían ser lo mismo y construyó su filiación como una obra de arte. La provocación, que él practicaba de manera visionaria, ya no es una herramienta subversiva, sino que se ha normalizado.

Dalí comprendió muy pronto el poder de los medios —en su tiempo, la televisión— y utilizó sus bigotes y sus extravagancias para llegar a la cultura de masas. Hoy lo hacen, a menudo con menos gracia, millones de personas en las redes sociales. Supo ver antes que nadie el poder de la autopromoción. No le bastaba con ser un gran pintor: quería ser Dalí. El influencer de turno vende también un producto basado en la representación de su personalidad.

En su método paranoico-crítico buscaba establecer conexiones allí donde la razón convencional no llegaba. Hoy la lógica ha perdido su monopolio. El mercado también se ha vuelto daliniano y la obra no circula sólo por su capacidad de generar deseo, algo que ocurre en la moda y la publicidad y que resulta especialmente evidente en las redes sociales. En la alta cocina contemporánea, derivación comestible del arte, los platos parecen otra cosa: alimentos que imitan objetos, postres que parecen piedras, verduras convertidas en flores. Este trampantojo, basado en la paradoja de una percepción en conflicto con el conocimiento, es muy daliniano.

Dalí fue también uno de los artistas que contribuyeron a reivindicar a Gaudí cuando Barcelona todavía no lo había convertido en el icono universal que es hoy. Veía en el arquitecto de Reus una forma de creación orgánica e irracional que se oponía al racionalismo y al academicismo con los que no sintonizaba. Lo hizo a partir de los años treinta, cuando la recepción de Gaudí estaba todavía lejos de alcanzar la dimensión que tendría posteriormente. El artista que más incomodaba a la Barcelona convencional fue precisamente quien reivindicó al arquitecto más visionario.

Aunque se formó en Madrid y casi siempre vivió entre Port Lligat y el mundo, Dalí realizó en Barcelona sus primeras exposiciones monográficas y la ciudad fue uno de los escenarios fundamentales de su trayectoria. Paradójicamente, ninguna calle o plaza de la ciudad lleva su nombre. Las controversias en torno a sus ideas políticas y a la gestión de su legado pueden contribuir a explicar, en parte, esta anomalía. Pero quizá haya también una razón cultural más profunda: cierta incomodidad ante las superioridades evidentes, especialmente cuando quien la encarna adquiere una dimensión que desborda el marco propio.

Barcelona admira a Dalí, pero nunca supo del todo qué hacer con un catalán universal que convirtió su excepcionalidad en espectáculo. La sombra de Dalí es alargada y su fortuna excepcional. No sólo ha marcado a fuego, con su arte, sus escritos y su personalidad desbordante, una visión daliniana del mundo y la cultura pop —de David Bowie a Lady Gaga—, sino que en arte su gran discípulo fue Andy Warhol. Tal vez por eso, más de 80 años después, nos reconocemos en sus obsesiones. Dalí no pertenece únicamente al siglo XX: en muchos aspectos, parece estar describiendo el nuestro.

 EL PAÍS 

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