Los nervios del estreno se llevan mejor con una alegría de por medio. Pillo a Berta Prieto (Barcelona, 1998) el día en que [[LINK:INTERNO|||Article|||6ad8b00336e02a00076ee312|||‘Segunda temporada’, su nueva serie en Filmin, deja de ser suya para ser de todos]], con el cosquilleo propio de la ocasión, pero también con el premio a Mejor Guion de Serielizados recién salido del horno. Me confiesa que el galardón le está ayudando a sobrellevar los nervios, y que le hace especial ilusión porque, para ella, esta es una serie en la que ha habido muchísimo trabajo de escritura. Con ese ánimo, LA RAZÓN charla con ella sobre la sombra de ‘Autodefensa’, las etiquetas generacionales y el negocio de vender el propio dolor.
Se ha insistido mucho en que la serie no es una secuela, y estoy de acuerdo, pero entre la experiencia de ‘Autodefensa’ y el personaje de Paula hay una conversación evidente. ¿Hay algo suyo en esta historia?
Sí, un 100 %. Cuando escribíamos Miguel Ángel, Víctor y yo, los tres veníamos de la experiencia de ‘Autodefensa’, así que hay bastante de mí, aunque no tanto a nivel de hechos: hemos ficcionalizado, y el personaje es una escritora y yo no lo soy. Lo que sí permanece es el sentimiento de que todo fue muy abrumador y una mirada que tenía y sigo teniendo, la de que todo lo que pasa a tu alrededor parece falso. Después de estrenar ‘Autodefensa’, de repente empiezas a formar parte de una industria cultural, con sus eventos, sus normas y unos códigos que se dan por hechos, pero si vienes de fuera, todo es rarísimo.
De ‘Autodefensa’ se dijeron muchas cosas, entre ellas el mantra de que erais “la voz de vuestra generación”. Nadie dice eso de un señor de 66 años. ¿Por qué esa necesidad de encasillar a los jóvenes, y cómo lleva la etiqueta?
Es algo de lo que la serie habla bastante. Para mí, “la voz de una generación” es puro marketing: sirve para colocarte en la estantería de novedades o en el catálogo de lo más fresco de Filmin, donde están todas las voces de su generación. Intento no pensarlo demasiado, porque mi posición es que es una etiqueta que sirve para vender, igual que en su momento el feminismo se usó para vender títulos. Se dijo mucho con ‘Autodefensa’, pero nuestra reflexión con esta serie, que también parte de algo autoficcional que vivimos, ha sido entender cómo funcionan esas etiquetas a la hora de vender.
La serie enseña también que esa obsesión por las nuevas voces les da una fecha de caducidad cortísima. Ha hablado del “FOBF” (Fear of Being Forgotten). ¿De dónde viene y cómo le afecta a la hora de crear, e incluso de vivir?
Ese miedo existe, la presión por pasar de moda o porque aparezca otra voz de su generación, y lo pensamos mucho mientras hacíamos la serie. Mi personaje está a punto de cumplir 30 y yo tengo 28, así que voy a tener una crisis de los 30 brutal, si no la estoy teniendo ya. Y eso está muy ligado a las voces nuevas: ¿qué pasa cuando se hacen mayores y no les damos el espacio, el tiempo ni el interés para desarrollar una trayectoria larga y compleja? Solo queremos la primera novedad, y así acabamos con un panorama cultural lleno de primeras voces, pero ninguna llega a desarrollarse. Me gustaría creer que no hago las cosas por estar de moda, y creo que con esta serie se ha demostrado. También hago teatro, que es bastante troncal en mi vida, y quien hace teatro tampoco trabaja para estar de moda. Aun así intento vigilarme: cuando me veo muy “tendencia”, me digo “no te despistes”, porque no me parece interesante y no creo que sea mi trabajo. Pensar en cómo estar de moda, o en cómo no pasar de moda, es lo contrario de mi trabajo.
Yo tengo 29, así que estamos todos ahí. La serie cuenta los problemas de salud mental que arrastramos, toda esa fragilidad que siempre se tiende a desacreditar. ¿Por qué cuesta tanto tomarse en serio a la generación Z?
No sé si cuesta tanto. En los últimos años se ha hecho muchísima narrativa alrededor de la salud mental, y la generación Z ha capitaneado en buena parte ese discurso. Yo diría que es un tema bastante sobrehablado, lo que no quiere decir que se hayan puesto medidas o soluciones, pero sí está muy expuesto. De hecho, hay una frase que me hace mucha gracia: Paula dice “no puedo vivir, estoy tomando escitalopram”, y la editora le contesta “yo también, todo el mundo toma escitalopram”. Ya hemos aprendido a vivir con este malestar, que es justo lo que le pasa al personaje: va medicadísima, pero sigue con su vida.
Me llamó la atención Aitana, esa niña que tiene anorexia y monetiza su trauma. Sé que el año que viene estrena una obra en el CDN que va por ahí. ¿De dónde viene esa necesidad de sacarle partido al sufrimiento, y qué dice de nosotros que estos productos triunfen?
Creo que la generación Z hemos capitaneado tanto el discurso de la salud mental que casi lo hemos convertido en una marca identitaria: si piensas en nuestra generación, es imposible no pensar en salud mental. Y en el momento en que generas narrativa, generas también marketing y posibilidad de vender el trauma. Vivimos un momento en que toda la intimidad puede ser contenido y todo se puede vender, y ahora mismo los traumas son monetizables. Con la autoayuda, además, el dolor solo se vende cuando ya se ha superado, porque entonces hay una historia de superación. Son temas que me interesan, pero no por morbo ni por hablar de salud mental sin más, sino porque como guionista y dramaturga veo mucha narrativa detrás. Internet es un lugar de narrativas brutal, y a mí me interesa la narrativa que se genera alrededor de un personaje y que no tiene por qué ir de la mano de la verdad.
La creadora de ‘Autodefensa’ estrena ‘Segunda temporada’ en Filmin y reflexiona sobre el miedo a caer en el olvido, las etiquetas generacionales y el negocio de convertir el sufrimiento en contenido
Los nervios del estreno se llevan mejor con una alegría de por medio. Pillo a Berta Prieto (Barcelona, 1998) el día en que ‘Segunda temporada’, su nueva serie en Filmin, deja de ser suya para ser de todos, con el cosquilleo propio de la ocasión, pero también con el premio a Mejor Guion de Serielizados recién salido del horno. Me confiesa que el galardón le está ayudando a sobrellevar los nervios, y que le hace especial ilusión porque, para ella, esta es una serie en la que ha habido muchísimo trabajo de escritura. Con ese ánimo, LA RAZÓN charla con ella sobre la sombra de ‘Autodefensa’, las etiquetas generacionales y el negocio de vender el propio dolor.
Se ha insistido mucho en que la serie no es una secuela, y estoy de acuerdo, pero entre la experiencia de ‘Autodefensa’ y el personaje de Paula hay una conversación evidente. ¿Hay algo suyo en esta historia?
Sí, un 100 %. Cuando escribíamos Miguel Ángel, Víctor y yo, los tres veníamos de la experiencia de ‘Autodefensa’, así que hay bastante de mí, aunque no tanto a nivel de hechos: hemos ficcionalizado, y el personaje es una escritora y yo no lo soy. Lo que sí permanece es el sentimiento de que todo fue muy abrumador y una mirada que tenía y sigo teniendo, la de que todo lo que pasa a tu alrededor parece falso. Después de estrenar ‘Autodefensa’, de repente empiezas a formar parte de una industria cultural, con sus eventos, sus normas y unos códigos que se dan por hechos, pero si vienes de fuera, todo es rarísimo.
De ‘Autodefensa’ se dijeron muchas cosas, entre ellas el mantra de que erais “la voz de vuestra generación”. Nadie dice eso de un señor de 66 años. ¿Por qué esa necesidad de encasillar a los jóvenes, y cómo lleva la etiqueta?
Es algo de lo que la serie habla bastante. Para mí, “la voz de una generación” es puro marketing: sirve para colocarte en la estantería de novedades o en el catálogo de lo más fresco de Filmin, donde están todas las voces de su generación. Intento no pensarlo demasiado, porque mi posición es que es una etiqueta que sirve para vender, igual que en su momento el feminismo se usó para vender títulos. Se dijo mucho con ‘Autodefensa’, pero nuestra reflexión con esta serie, que también parte de algo autoficcional que vivimos, ha sido entender cómo funcionan esas etiquetas a la hora de vender.
La serie enseña también que esa obsesión por las nuevas voces les da una fecha de caducidad cortísima. Ha hablado del “FOBF” (Fear of Being Forgotten). ¿De dónde viene y cómo le afecta a la hora de crear, e incluso de vivir?
Ese miedo existe, la presión por pasar de moda o porque aparezca otra voz de su generación, y lo pensamos mucho mientras hacíamos la serie. Mi personaje está a punto de cumplir 30 y yo tengo 28, así que voy a tener una crisis de los 30 brutal, si no la estoy teniendo ya. Y eso está muy ligado a las voces nuevas: ¿qué pasa cuando se hacen mayores y no les damos el espacio, el tiempo ni el interés para desarrollar una trayectoria larga y compleja? Solo queremos la primera novedad, y así acabamos con un panorama cultural lleno de primeras voces, pero ninguna llega a desarrollarse. Me gustaría creer que no hago las cosas por estar de moda, y creo que con esta serie se ha demostrado. También hago teatro, que es bastante troncal en mi vida, y quien hace teatro tampoco trabaja para estar de moda. Aun así intento vigilarme: cuando me veo muy “tendencia”, me digo “no te despistes”, porque no me parece interesante y no creo que sea mi trabajo. Pensar en cómo estar de moda, o en cómo no pasar de moda, es lo contrario de mi trabajo.
Yo tengo 29, así que estamos todos ahí. La serie cuenta los problemas de salud mental que arrastramos, toda esa fragilidad que siempre se tiende a desacreditar. ¿Por qué cuesta tanto tomarse en serio a la generación Z?
No sé si cuesta tanto. En los últimos años se ha hecho muchísima narrativa alrededor de la salud mental, y la generación Z ha capitaneado en buena parte ese discurso. Yo diría que es un tema bastante sobrehablado, lo que no quiere decir que se hayan puesto medidas o soluciones, pero sí está muy expuesto. De hecho, hay una frase que me hace mucha gracia: Paula dice “no puedo vivir, estoy tomando escitalopram”, y la editora le contesta “yo también, todo el mundo toma escitalopram”. Ya hemos aprendido a vivir con este malestar, que es justo lo que le pasa al personaje: va medicadísima, pero sigue con su vida.
Me llamó la atención Aitana, esa niña que tiene anorexia y monetiza su trauma. Sé que el año que viene estrena una obra en el CDN que va por ahí. ¿De dónde viene esa necesidad de sacarle partido al sufrimiento, y qué dice de nosotros que estos productos triunfen?
Creo que la generación Z hemos capitaneado tanto el discurso de la salud mental que casi lo hemos convertido en una marca identitaria: si piensas en nuestra generación, es imposible no pensar en salud mental. Y en el momento en que generas narrativa, generas también marketing y posibilidad de vender el trauma. Vivimos un momento en que toda la intimidad puede ser contenido y todo se puede vender, y ahora mismo los traumas son monetizables. Con la autoayuda, además, el dolor solo se vende cuando ya se ha superado, porque entonces hay una historia de superación. Son temas que me interesan, pero no por morbo ni por hablar de salud mental sin más, sino porque como guionista y dramaturga veo mucha narrativa detrás. Internet es un lugar de narrativas brutal, y a mí me interesa la narrativa que se genera alrededor de un personaje y que no tiene por qué ir de la mano de la verdad.
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