Aún sigo enamoradísimo de este maldito cómic», confiesa Milo Manara casi en voz baja, tras toda una vida dibujando. Su declaración de amor al noveno arte, ese maldito cómic al que se refiere como si fuera uno solo o un gran todo, abre el documental Manara, que retrata al gran artista que es: un narrador de historias, un autor tan político como erótico, un escultor a lápiz de mujeres-diosas que disfrutan de sus deseos, el amante de las obras maestras de la Historia del Arte (de Tintoretto a Veronese) o el joven colaborador del mismísimo Federico Fellini, con quien firmó Viaje a Tulum y de quien adaptó su obra inacabada El viaje de G. Mastorna, llamado Fernet.
Un documental de Valentina Zanella reivindica al italiano como un artista total, más allá de la etiqueta ‘erótica’. «Hay un amor absoluto a la mujer, nada sórdido», dice Frank Miller sobre él
Aún sigo enamoradísimo de este maldito cómic», confiesa Milo Manara casi en voz baja, tras toda una vida dibujando. Su declaración de amor al noveno arte, ese maldito cómic al que se refiere como si fuera uno solo o un gran todo, abre el documental Manara, que retrata al gran artista que es: un narrador de historias, un autor tan político como erótico, un escultor a lápiz de mujeres-diosas que disfrutan de sus deseos, el amante de las obras maestras de la Historia del Arte (de Tintoretto a Veronese) o el joven colaborador del mismísimo Federico Fellini, con quien firmó Viaje a Tulum y de quien adaptó su obra inacabada El viaje de G. Mastorna, llamado Fernet.
Apadrinado por el maestro (siempre le llamó así) Hugo Pratt, Manara es hoy una leyenda viva del fumetto italiano y este año ha publicado en España la segunda parte de El nombre de la rosa, una exquisita revisión de la novela de Umberto Eco, y su particular versión de la Odisea, centrada en Telémaco. Dirigido por Valentina Zanella y estrenado en verano en el Atlàntida Film Fest de Mallorca, el documental recorre la forja del artista desde sus primeros años como estudiante de arquitectura en Venecia.
Paseando por el Gran Canal enfundado en su abrigo oscuro, Manara recuerda su época universitaria, marcada por la ola revolucionaria del 68 pero, sobre todo, por el descubrimiento de Barbarella, de Jean-Claude Forest. «Fue algo fulgurante. A partir de ahora solo voy a hacer esto toda mi vida, me prometí a mí mismo», admite. Y eso hizo: dibujar. Y viajar para dibujar: ya legendarios son aquellos meses que pasó en una furgoneta camperizada conduciendo hasta la India, atravesando la antigua Yugoslavia, Cachemira y Pakistán… Aventuras que más tarde haría vivir a su emblemático personaje y alter ego indiscutible Giuseppe Bergman.
El documental tiene el morbo de hacernos entrar en el estudio de Manara, un laberinto repleto de libros, lápices, plumas y papeles, pero el punto fuerte son las entrevistas (ahí está el desaparecido Moebius), con testimonios sorprendentes como el de Frank Miller, que aparece con su inseparable sombrero y se deshace en elogios hacia su colega italiano: «Cada vez que Milo dibuja a una mujer hay un amor absoluto ahí. No hay dolor en la forma en que están dibujadas. No hay nada sórdido ni turbio, ni desdeñoso ni temeroso. Es solo adoración».
El propio Manara ha tenido que sacudirse -o cuanto menos, explicar- la etiqueta de artista erótico que a veces eclipsa parte de su trabajo. Por supuesto que lo es, pero hasta sus paisajes solitarios pueden resultar eróticos por la exuberancia de sus acuarelas . «Desde Praxíteles en adelante, todos los artistas, jóvenes y viejos, han pintado y representado a las mujeres como un paradigma de belleza», reivindica Manara en el documental.
También recuerda algunas de las censuras que sorteó a lo largo de su carrera, empezando por la España de Franco. «¡Estaba prohibido dibujar el ombligo! Tenía que poner una planta con flores, una columna de humo o cualquier cosa que no hacía más que volver ridícula la imagen…», ríe. Lo cuenta a modo de anécdota, pero se pone muy serio al recordar «la censura más grave» en Sudáfrica, antes de Mandela: estuvo en la lista de autores prohibidos, no tanto por sus viñetas sino por sus posiciones políticas contra el Apartheid. Porque Manara es mucho más que esos cuerpos que desprenden la misma voluptuosidad desnudos o vestidos, un poco como la Maja de Goya.
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