Putin es optimista con la ayuda de Trump

La anunciada reanudación de las conversaciones entre Rusia, Ucrania y EE UU para finalizar la guerra iniciada por Vladímir Putin podría alimentar unas esperanzas de paz hoy por hoy ilusorias. El presidente ruso, que envió sus tropas a la conquista del país vecino el 24 de febrero de 2022, ha reiterado recientemente que desea el fin de las hostilidades bélicas en Ucrania, pero su idea de “paz” consiste hasta ahora en satisfacer unas exigencias inalterables, incompatibles con el futuro de Ucrania como estado independiente y amenazadoras para la seguridad de sus vecinos occidentales europeos.

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 El presidente ruso ha vuelto a demostrar que no ha cambiado de postura: para él Ucrania es Rusia. ¿Cómo podemos creer que vaya a aceptar otra cosa?  

La anunciada reanudación de las conversaciones entre Rusia, Ucrania y EE UU para finalizar la guerra iniciada por Vladímir Putin podría alimentar unas esperanzas de paz hoy por hoy ilusorias. El presidente ruso, que envió sus tropas a la conquista del país vecino el 24 de febrero de 2022, ha reiterado recientemente que desea el fin de las hostilidades bélicas en Ucrania, pero su idea de “paz” consiste hasta ahora en satisfacer unas exigencias inalterables, incompatibles con el futuro de Ucrania como estado independiente y amenazadoras para la seguridad de sus vecinos occidentales europeos.

Por mucho que la economía y la industria petrolera y petroquímica de Rusia hayan sido dañadas por los drones ucranios y aunque los rusos muertos y desaparecidos en la contienda se cuentan por centenares de miles, la política expansiva del obcecado mandatario no ha cambiado desde 2022, si sus palabras se escuchan con atención y sin autoengaño. Es más, Putin ha sido reforzado por la preciosa ―y hasta hace poco inimaginable― ayuda del presidente de EE UU, que no solo vitupera a los agredidos, sino que premia al agresor con planes de negocios y de una lucrativa colaboración conjunta (abierta la participación china).

El ego, la codicia y la empatía, inducida o no por alguna oscura dependencia, de Trump, el auge en Europa de sectores nacionalistas simpatizantes de Rusia y las dificultades económicas de los países de la UE para continuar apoyando a Kiev son ingredientes del caldo de cultivo en el que Putin trata de recuperar posiciones en Ucrania y en Occidente.

En vísperas de las elecciones legislativas de mitad de mandato en EE UU, Rusia regala cartas a Trump. El adelanto de las negociaciones tripartitas a principios de noviembre o el corredor para evacuar la población asediada y hambrienta de la ciudad de Oleshki, en la provincia ucrania de Jersón, son dos de ellas. La evacuación de Oleshki, un gesto humanitario trágicamente demorado, puede darle puntos positivos a Trump por la vía del reconocimiento (exagerado o no) a la mediación de su esposa Melania (también Leon XIV intercedió ante Putin). Entre los “regalos” del líder ruso al norteamericano figura la venta de diésel y la liberación de un preso estadounidense durante la última visita del negociador Steve Witkoff a Rusia.

El pasado 22 de octubre, Putin repitió ante Pavel Zarubin, su entrevistador de confianza, que no considera a Ucrania como un país real. Esa fue la tesis que desarrolló ya en 2021 en un artículo pseudo histórico con el que justificó su política desde 2014.

Zarubin le preguntó a Putin qué opinaba de las declaraciones del presidente de Ucrania, Volodomir Zelenski en el sentido de estar “dispuesto a aceptar la pérdida de territorio”. “Este no es su territorio, este es el territorio de la Rusia histórica”, atajó Putin, para referirse después a Donetsk, Lugansk, Zaporiyia, Jersón, y Crimea, donde se celebraron pseudo referendos bajo la tutela militar rusa. “Esos territorios” dijo, “votaron por su independencia”, primero, y por “la unión a la Federación Rusa”, después. Así que, “es inapropiado hablar de pérdidas territoriales”, sentenció el líder del Kremlin, que hablaba en San Petersburgo durante el estreno de la película patriótica El Nacimiento del Imperio, dedicada a Pedro I.

Cuando se habla de aceptar la “pérdida de territorio” (la cuestión más dolorosa para Ucrania), los presidentes de Rusia y de Ucrania quieren decir cosas distintas. Putin se refiere al territorio ucranio que ha ocupado y también al que aún no ha conquistado, pero que ya se ha atribuido como propio contraviniendo todos los compromisos internacionales de Rusia desde 1991.

Para Zelenski, la supuesta cesión de territorio a Rusia no equivale a renunciar a la soberanía, sino a aceptar de forma provisional una realidad que de momento no está en disposición de cambiar.

En la visión rusa, el resto del territorio arrebatado a Ucrania, en las provincias de Jarkov y Sumi, podría incorporarse a la zona tampón que Putin quiere crear en el territorio de Ucrania. “Todo el mundo sigue diciendo que Rusia necesita una ‘zona de amortiguamiento’. ¡Que Ucrania sea esa zona de amortiguamiento!”, sentenció sin más matices el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, a principios de septiembre.

Putin es optimista. “En cualquier caso cumpliremos nuestras tareas y se lograrán todos los objetivos de la Operación Militar Especial (la terminología oficial de la guerra de Rusia contra Ucrania)”, le dijo a Zarubin, detallando que esos acuerdos deben ser completados con otro sobre la arquitectura de la seguridad europea en su conjunto.

Dado que Putin ya transgredió los acuerdos internacionales de la Rusia de Borís Yeltsin, ¿cabe acaso esperar que cumpla los que contraiga en el futuro? Difícil será confiar, a menos de que existan unas garantías de seguridad más sólidas que los documentos internacionales que se derrumbaron con la anexión de Crimea en 2014 (memorándum de Budapest incluido). Desde entonces, la política rusa ha ido dirigida a fagocitar a Ucrania, al ritmo y con los avances y retrocesos tácticos que permitían las circunstancias, aunque en 2014 muchos en Europa quisieron creer que el mandatario ruso se iba a conformar con la península del Mar Negro.

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