La venganza de María Velasco contra su exclusión en el colegio: «Encontré el calor y el apoyo rodeada de parias, gente de clase muy baja y excluidos»

«Yo era transparente y me volví turbia como la primera orina». Y la frase retumba como solo consigue hacerlo aquello que está cargado de verdad. María Velasco (Burgos, 1984) llegó a sus años escolares límpida y fueron las aulas de las franciscanas las que la fueron oscureciendo. Sin un diagnóstico certero, la psicóloga del centro le advirtió que tendría dificultades para el aprendizaje y la envió a un aula de necesidades educativas especiales, la zona de exclusión académica, el lugar de los alumnos que alguien ha dado por perdidos.

 La dramaturga burgalesa, Premio Nacional de Literatura Dramática, recupera su infancia en un aula de necesidades especiales sin motivo aparente en Mantener fuera del alcance de los niños, recién estrenada en el Teatro de la Abadía de Madrid  

«Yo era transparente y me volví turbia como la primera orina». Y la frase retumba como solo consigue hacerlo aquello que está cargado de verdad. María Velasco (Burgos, 1984) llegó a sus años escolares límpida y fueron las aulas de las franciscanas las que la fueron oscureciendo. Sin un diagnóstico certero, la psicóloga del centro le advirtió que tendría dificultades para el aprendizaje y la envió a un aula de necesidades educativas especiales, la zona de exclusión académica, el lugar de los alumnos que alguien ha dado por perdidos.

Allí creció y aquí ejecuta hoy su venganza. Es una de las figuras más indiscutibles de la dramaturgia actual en este país pese a la advertencia de aquella psicóloga. El aula de necesidades especiales fue el inicio, pero no el final. María Velasco se licenció en Dramaturgia en la Resad, también en Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid, es doctora en Comunicación Audiovisual por la misma institución y ejerce de profesora de posgrado. En 2024 recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática. Y ahora ha vuelto para rescatar su infancia.

«No quiero olvidar cuál es mi origen, y que este me dio una conciencia de la diferencia», detalla quien ha hecho de esa diferencia una forma de expresión artística. Mantener fuera del alcance de los niños, que acaba de estrenarse en el Teatro de la Abadía de Madrid, es el tormento adolescente del diferente y la aceptación violenta de la adulta. Porque la burgalesa pone esta vez la escritura y también su cuerpo –ella es la protagonista del montaje– para recuperar lo que vivió en aquellas aulas y para imaginar, como la Carrie de Stephen King, una venganza manchada de sangre. Su obra, como ya es tradición, acaricia por momentos al espectador para inmediatamente abofetearlo sin piedad.

¿Por qué ha vuelto ahora a ese recuerdo escolar?
Realmente nunca me he despegado de él, me rondaba y me asaltaba en diferentes situaciones de la vida, pero he reflexionado mucho sobre qué forma darle. Supongo que ahora también está el debate entre una infancia que está sobreprotegida y otra que está muy expuesta y despreciada, como la de los menas. Supongo que al recibir de forma sensible ese debate quise volver a esta experiencia.
¿Y lo de ser usted la protagonista? Había hecho alguna ‘performance’, pero no es en absoluto lo habitual.
Yo necesitaba entrañar este texto, que fuera directo, espontáneo y confesional. Necesitaba buscar algo que le diera al testimonio una vía emocional y lo he encontrado en mi compañero cantaor [Al-Blanco] y en mi compañero bailarín [Mario Patrón]. Yo había hecho performance en el Teatro Pradillo o en la Sala Réplica y había salido en alguna obra en Cuarta Pared, pero ahora es en La Abadía. Lo hago pensando que todos, en nuestra vida diaria, performamos, desde un profesor a un conferenciante. Lo más duro ha sido el trabajo de autoconocimiento, hacer minería de mí misma, encerrarme en la sala de ensayo.
¿Qué le ha hecho encontrar esa minería?
Conocerme desde un lugar profundo y escucharme desde ahí. Es una experiencia bastante aconsejable.
¿Qué le dio a usted el aula de necesidades especiales?
Yo, que no tenía siquiera un diagnóstico concreto y que de alguna forma acabé allí de una manera azarosa, encontré en ese aula el calor y el apoyo que necesitaba. Rodeada de parias, de gente de clase muy baja, de excluidos y de quienes han sufrido históricamente discriminación, como los gitanos, descubrí incluso una fascinación por la diversidad y por los grupos de apoyo mutuo. Por eso mi obra quiere ser un homenaje, sobre todo, a los gitanos, que me adoptaron y a los que luego perdí de vista porque volvieron a ocupar sus espacios marginales. La oportunidad de coincidir estuvo en esa heterotopía, en ese cajón de sastre que era el aula de necesidades educativas especiales para todos los que no seguíamos los criterios normativos.
¿Su deseo de escribir parte de esa exclusión escolar con la que creció?
En la obra citamos una frase de John Banville que dice que lo peor para un autor es tener una infancia feliz. Ese es el acicate para muchos artistas. En otros casos, seguro que no, que es un trauma irresoluble y no llegan a contarlo. Pero esa idea de que el dolor se pueda sublimar o transformar en algo positivo fue lo que me pasó a mí. El arte ha sido una manera de recuperar mi infancia o, al menos, cosas de mi infancia que me fueron negadas. Siento que estamos formando una pequeña comunidad de niños perdidos con aquellos que tuvieron una infancia lastrada.

María Velasco ha buscado eso desde el inicio. En uno de sus primeros montajes, Los perros en danza, ya mostraba cómo la Guerra Civil truncó las vidas de niños y adultos. En Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra, la violencia, de la emocional a la sexual, no deja nada a su paso en el crecimiento de una menor. Y, en Primera sangre, el asesinato y el abuso a otra niña devastan todo lo que la rodea. Todas ellas, de algún modo, convergen ahora en la infancia de su creadora.

«Esto podría haberse quedado en una obra melancólica y nostálgica, pero es necesario que trascendamos eso», analiza la autora. «En la infancia ya impera casi un criterio eugenésico de lo que es normal y lo que no. El grupo aprende esa idea de lo que es inclusivo o exclusivo desde la niñez. Mi pregunta es: ante la injusticia, ante el acoso y ante las violencias, ¿qué somos? ¿Somos el bully? ¿El amigo y el palmero del bully? ¿Estamos del lado de la víctima o del victimario? ¿Nos atrevemos a alzar la voz? Los comportamientos de los adultos son muy reconocibles desde el aula».

De hecho, en la obra usted dice que todos nos hemos acercado al espejo y hemos visto un monstruo.
A mí me gusta mucho la idea del monstruo positivo del filósofo Antonio Negri, que habla del monstruo político. Es decir, personajes que se desvían de la norma o de los cánones sociales y representan antimodelos necesarios para la propia regulación social. Pienso a menudo en la potencia de lo diverso y de los discordantes que defienden que las cosas no son tan simples como parecen.
En este texto, una de las frases más repetidas es que hay que escribir siempre contra los neutrales, que es una reivindicación de esos discordantes. ¿Por qué?
Vuelvo a hacer la metáfora con el aula donde el problema no son los dos acosadores sino ese público flotante que no se decanta y se rinde a ellos. Si lo extrapolamos a nuestra sociedad y a nuestra política, es igual. El problema no son los líderes políticos que están surgiendo a imitación de los totalitarismos del siglo XX ni esas grandes figuras que parecen emular a los villanos de Marvel, sino los que se declaran imparciales. Ser imparciales en tiempos de crisis y de violencia es estar con el poderoso. Si el fascismo se impone, será por los neutrales y por los tibios. Ya en la Divina comedia los situaba Dante en la antesala del infierno.
¿El arte debe huir de la neutralidad?
Hay un arte del escapismo y del entretenimiento que siempre va a estar y que tiene apogeo en los momentos de crisis. Lo sabemos por el período de entreguerras. Es un arte puramente evasivo. A mí el arte que me interesa es el que funciona como escalpelo, que nos ayuda a la disección del mundo. No me atrae un cine o un teatro que me atrape con su lectura fácil y que conduzca mis sentimientos. Quiero que me desafíen, que me planteen retos.
¿Cuál es el sentimiento del que surge este texto? ¿Es la rabia de Carrie? ¿Es dolor? ¿Qué es, exactamente?
Más que rabia, es que he encontrado mi venganza por medio del arte y los discursos contra el gueto. Hoy en día hay discursos que intentan zafarse de lo político, discursos mezquinos o que retroalimentan el odio, mi venganza ha sido crear otros al margen de los discursos hegemónicos. No siento que haya escrito nunca para un público burgués ni que haya hecho un teatro conformista. Me gusta seguir escribiendo para los especímenes raros. Aunque tenga cierto éxito, yo siempre he tenido un pie en lo periférico, he intentado no apartarme de los movimientos sociales y no perder pie en la calle. Ese es mi consuelo y mi venganza.
Y, sin embargo, usted tiene una elevada formación universitaria y de arte dramático.
Yo puedo tener mucha academia, pero para mí es importantísimo tener siempre un pie en los bajos fondos. Mi teatro tiene que ver con eso, con llegar a lugares donde no esperaba llegar: el Centro Dramático Nacional, la Abadía, el Premio Nacional… Las minorías tienen que acceder a los grandes escaparates. Quizás sea muy hipócrita referirme a mí como una minoría, pero lo pienso con otros artistas que no acceden por tener discursos que son contradiscursos. Yo quiero ver más arte de los márgenes, y los grandes espacios públicos tienen que meter esa piedra en el zapato.

«La humillación termina por bailar sobre tu cadáver o te abre a una vida nueva»

Sobre ese mantener el pie en la calle, en este nuevo montaje aparecen, en un plano secundario, las protestas estudiantiles, la acampada por la vivienda de Sol…
Las protestas son importantísimas para poner en marcha al sujeto y también al arte. Cuando una multitud se pone en marcha, es una gran puesta en escena. Lo vemos en París, donde se le coloca un chaleco amarillo al monumento por la República. La fuerza performativa de esos movimientos cala en nuestros imaginarios y en nuestros universos. Cuando el imaginario de las calles está tan alto, hacer arte se vuelve más difícil. El artista es el que tiene que ir a la vanguardia, pero hay veces que la verdadera vanguardia está en la calle. Este es un gran momento en el que es difícil ponerse a la altura de la calle. Tenemos que ser conscientes, responsabilizarnos y exigirnos en función de nuestro altavoz en lugares donde no va la gente que acampa en la Puerta del Sol. Hay que traer algo de esa acampada al teatro.
¿Cómo se puede hacer?
Ni siendo el artista de la pista ni siendo cortesano, ahora hay que estar hermanados con la calle. Yo he admirado siempre los artivismos, esa mezcla de arte y de activismo de Sudamérica, donde no hay grandes presupuestos pero se genera una comunidad. Los tiempos políticos actuales hacen que ese artivismo sea más necesario, no podemos sustraernos de lo que está sucediendo.
¿La normalización de la violencia en la infancia es el paso inicial hacia la normalización de la violencia social?
Es que la escuela, que debería ser un lugar para despertar el intelecto cultural y emocional, puede ser todo lo contrario. Muchas veces parece un lugar para homogeneizar conductas, ideologías y creencias, un espacio muy disciplinario. También la escuela pública, por los pocos recursos que recibe. Debemos pensar cómo dotarles de recursos para que sean lugares amables y donde pueda haber una atención más individualizada. La escuela en muchas fases históricas ha sido un arma de adoctrinamiento y tenemos que huir de ahí.
Me gustaría cerrar preguntándole por una frase sacada de este texto: «Qué gran aprendizaje fue la humillación».
La humillación o termina por bailar encima de tu cadáver, como pasa con muchas víctimas de violencia social, o te abre la puerta a una vida nueva para ser resiliente.

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