Sevilla ha sido siempre el escenario favorito de las óperas ajenas. Allí sedujo Don Juan, allí se casó Fígaro y allí cayó Carmen a la puerta de la plaza, casi siempre por obra de compositores que jamás pisaron la Giralda. Marisa Manchado sí iba a pisarla. El 28 de octubre subió a un tren en Madrid camino de la Universidad de Sevilla, donde una mesa redonda iba a ocuparse de lo que ella había dado a la música española. Un homenaje, dicho sin rodeos. No llegó.
El choque de dos trenes en Urda, en la provincia de Toledo, acabó con sesenta y nueve vidas que no tuvieron la suerte de haber perdido sus sillas. Una de ellas era la de una compositora de setenta años con los cuadernos todavía llenos. Escribo con la incomodidad de saber que los obituarios siempre llegan tarde. A Marisa se le reconoció tarde, se le programó con cuentagotas y se le escuchó menos de lo que merecía. Su madre, Nieves Torres, estuvo presa en Las Ventas junto a las Trece Rosas, a las que fusilaron el mismo día en que ella cumplía años, y pasó quince en las cárceles del franquismo. Marisa nació en 1956, poco después de aquella libertad recobrada. Se formó como ya no se forma casi nadie: Bernaola, García Abril, Luis de Pablo, Ferneyhough, Turín, Darmstadt, las clases de Messiaen. Por si fuera poco, se licenció en Psicología en Comillas y se marchó a París VIII a estudiar composición asistida por ordenador, cuando aquí la informática musical sonaba a ciencia ficción, porque en aquellos tiempos un ordenador ocupaba una habitación entera.
Lo que menos se cuenta es su otra vena. Compuso canciones pop, puso música a teatro infantil y trabajó con Tábano, donde si Guillermo Heras pedía tres minutos más de escena, ella los escribía, y, si pedía tres menos, los tachaba sin rechistar. Esa escuela no se aprende en Darmstadt. Decía sentirse cómoda en la tierra de nadie entre estilos, y atribuía a Bernaola la libertad de habitarla.
Dejó más de ciento cincuenta obras: cámara, voz, orquesta, electroacústica, música pedagógica. Le encargaron partituras la Orquesta y Coro Nacionales, el Real, la Zarzuela o el Campoamor. Recuerdo su Concierto para fagot, subtitulado «Notas para la paz», que la ONE estrenó en 2012, y El árbol rosa, sobre textos de Pardo Bazán, que la ORCAM llevó al Auditorio Nacional en 2021. Pero su gran tentación fue la ópera. La primera, «El cristal de agua fría», sobre texto de Rosa Montero, subió a escena en 1994, cuando una mujer con un encargo lírico era una rareza estadística. «La Regenta» la empezó en 2002, con libreto de Amelia Valcárcel, y tardó veintiún años en verla sobre un escenario. El Real la produjo en 2023 junto al Español, no en la plaza de Oriente, sino en una sala de Matadero, con quince músicos en el foso y el cartel de no hay billetes todas las noches.
Llegó después el Premio Nacional de 2024, que es la forma que tiene el Ministerio de pedir disculpas sin pronunciar la palabra. Hubo además otra Marisa, menos visible y más incómoda. En 1982 puso en marcha en Radio 2 un espacio dedicado a las mujeres en la música, cuando la expresión provocaba sonrisitas en los pasillos, y en 1998 publicó «Música y mujeres. Género y poder», hoy lectura obligada. Fundó y presidió la Asociación Madrileña de Compositores, enseñó durante décadas en el Conservatorio Teresa Berganza y pasó por el INAEM, tiempo suficiente para conocer los despachos del Ministerio y, sospecho, para alegrarse de abandonarlos. Deja inacabada su cuarta ópera, una «Medea». Me intriga qué habría hecho con la hechicera que Cherubini convirtió en tragedia y la Callas en mito. Desgraciadamente, nunca lo sabremos.
El Real guardó un minuto de silencio a sus puertas. Se agradece. Clarín dejó a Ana Ozores sola en la catedral, humillada y desmayada. A Marisa Manchado la ha dejado sola una vía de tren. Lo mínimo que le debemos es que su «Regenta» vuelva a sonar y que alguien rescate esa «Medea» de sus cuadernos. Y esta vez, si no es mucho pedir, en el propio Real.
La compositora falleció en el accidente ferroviario de Urda. En 2024 recibió el Premio Nacional de Música, la forma que tiene el Ministerio de pedir disculpas sin pronunciar la palabra. Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
