Hubo un tiempo en que la historia de los mayas se escribía, sobre todo, desde la fascinación por las ruinas. Las ciudades cubiertas por la selva, los templos vacíos, las pirámides entre raíces y humedad alimentaron durante décadas una imagen romántica y simplificadora: la de una civilización brillante que habría desaparecido de manera repentina y misteriosa. El nuevo libro de David Stuart, «Los cuatro cielos. Una nueva historia de la civilización maya» (traducción de Luis Noriega), se sitúa precisamente contra esa idea. No para sustituirla por otra narración espectacular, sino para desmontarla con una enorme acumulación de datos, inscripciones, excavaciones y lecturas históricas. El resultado es una obra monumental que propone una reorganización del relato maya desde dentro de la propia tradición escrita mesoamericana.
Stuart pertenece a una generación decisiva en los estudios mayas. Hijo de investigadores, empezó a trabajar desde muy joven en el desciframiento de jeroglíficos y se convirtió con dieciocho años en el receptor más joven de la beca MacArthur. Dice en el prólogo lo que sigue: «Los cuatro cielos es, de forma bastante literal, el libro para el que lleva toda la vida preparándose», lo cual realmente se percibe en cada capítulo. No se trata solo de erudición acumulada, sino de una familiaridad excepcional con las fuentes originales y con los debates arqueológicos de las últimas décadas.
El gran cambio que sostiene el libro tiene que ver con la escritura porque, durante buena parte del siglo XX, el mundo maya fue interpretado principalmente a través de restos materiales: arquitectura, cerámica, urbanismo o enterramientos. Sin embargo, el desciframiento progresivo de los jeroglíficos alteró por completo el panorama, de ahí que Stuart recuerde que entre las décadas de 1980 y 1990 se pasó «de leer entre un 20 y un 30% de los textos originales» a comprender cerca del 80%. Hoy, afirma, «la escritura maya ha sido descifrada», una afirmación esta que cambia el estatuto mismo de la historia maya. Es decir, ya no hablamos únicamente de una civilización reconstruida desde fuera por arqueólogos modernos, sino de una sociedad capaz de narrarse a sí misma.
Romper simplificaciones
Asimismo, Stuart insiste en que la historia maya forma parte de las grandes historias escritas de la humanidad y lamenta que el pasado americano haya permanecido durante demasiado tiempo en una posición secundaria dentro del imaginario histórico occidental. «La consciencia colectiva de la humanidad sobre su pasado remoto ha ignorado durante demasiado tiempo a las Américas», escribe. En ese sentido, «Los cuatro cielos» corrige también una cierta visión congelada de la cultura maya, puesto que la imagen clásica del «colapso» del siglo IX queda sustituida por un modelo mucho más complejo. Stuart rechaza la vieja idea de un único auge y caída de la civilización maya y propone en su lugar una sucesión de fundaciones, desplazamientos, crisis, reorganizaciones y abandonos. El concepto central del libro podría resumirse en la expresión que utiliza el propio autor: «impermanencia persistente».
Esta formulación resulta útil porque evita dos simplificaciones habituales. La primera es la noción romántica de desaparición. Stuart recuerda varias veces que los mayas no desaparecieron y que hoy existen cerca de cinco millones de hablantes de lenguas mayas. La segunda simplificación es la idea de decadencia lineal. Frente a la imagen tradicional de un largo descenso tras el esplendor clásico, el autor muestra una cultura muy flexible, capaz de reformular sus estructuras políticas y religiosas durante siglos. Así, el libro conecta los grandes procesos históricos con decisiones concretas de comunidades y élites.
Stuart describe ciudades que nacen y se abandonan después de unas pocas generaciones; alianzas dinásticas alteradas por guerras y matrimonios; rivalidades regionales capaces de transformar territorios enteros. Las dinastías Kanul y Mutul, por ejemplo, aparecen como actores fundamentales de una geopolítica sofisticada y cambiante que poco tiene que ver con la imagen simplificada de ciudades ceremoniales aisladas. Hay además un esfuerzo continuo por devolver densidad humana a los personajes históricos. Reyes, artesanos, escribas, guerreros y gobernantes femeninas emergen de las inscripciones con nombres propios y trayectorias identificables. Stuart subraya que sabemos hoy más sobre ciertos aspectos de la política maya del siglo VIII que sobre algunas regiones de la Europa altomedieval contemporánea.
También el autor aborda la relación entre cosmología e historia. Para los mayas, explica, la historia no era una sucesión lineal de acontecimientos, sino una extensión del orden cósmico. El tiempo tenía una estructura cíclica y los gobernantes aparecían como guardianes de ese equilibrio. El propio título del libro procede de esa concepción cuatripartita del universo: los cuatro puntos cardinales, los cuatro caminos solares, las cuatro direcciones del cosmos. Esa visión cosmológica se traducía también en la organización urbana y política. Stuart describe ciudades concebidas como réplicas simbólicas del universo, con caminos orientados hacia las cuatro direcciones cardinales y un centro ocupado por el poder dinástico. A este respecto, el caso de Copán resulta especialmente revelador. El recinto ceremonial principal estuvo activo aproximadamente durante un bak’tun completo, unos cuatrocientos años, gobernado por dieciséis reyes representados en el célebre Altar Q. Para Stuart, la secuencia sugiere una idea deliberada de ciclo cerrado y sucesión finita.
El libro incorpora continuamente factores materiales y ambientales, pues Stuart analiza sequías, tensiones demográficas, transformaciones económicas y conflictos políticos, si bien evita las explicaciones monocausales. El «colapso» del periodo clásico aparece como una convergencia de procesos distintos que variaron según las regiones. Entre los episodios más impresionantes figura la erupción del volcán Ilopango, hacia el año 431, una catástrofe de escala continental cuyos efectos alcanzaron amplias zonas del área maya.
Por otro lado, resulta notable la atención que el autor presta a la historia de la memoria y del olvido. Stuart describe la destrucción colonial como una violencia física y como una fractura del conocimiento histórico indígena. «Rara vez en la historia de la humanidad la memoria colectiva de una civilización se ha borrado de manera tan completa», apunta al referirse a la pérdida de la tradición escrita tras la conquista. En ese contexto adquiere una dimensión especialmente irónica la figura de Diego de Landa. El obispo responsable de la quema de códices mayas dejó también registros que terminarían siendo fundamentales para el posterior desciframiento de la escritura, lo cual es una singular paradoja.
Ayudas para el relato
Por cierto, el libro incorpora ilustraciones y referencias espaciales que ayudan a seguir un relato particularmente amplio, tanto cronológica como geográficamente. De esta manera, el investigador muestra la civilización maya como una red de sociedades en movimiento: las ciudades del Petén, las regiones de Yucatán, las tierras altas guatemaltecas o los vínculos con Teotihuacán aparecen integrados en un paisaje político extremadamente móvil. Y es que Stuart insiste en que la movilidad, el abandono y la refundación formaban parte estructural del mundo maya.
En suma, el autor sugiere sustituir el viejo esquema de ascenso y caída por otro basado en ciclos múltiples de renovación. «La historia maya nos presenta un relato de comunidades que se establecen, experimentan un período de vitalidad e importancia y finalmente, cuando por la razón que sea sus dirigentes y población deciden trasladarse a otro sitio, se acaban», escribe. No hay aquí nostalgia por un mundo perdido, sino atención a una cultura cuya continuidad sobrevivió a transformaciones extremas. Logra así devolver historicidad concreta a un mundo frecuentemente reducido a símbolo, de tal manera que sus mayas no son una civilización misteriosa suspendida fuera del tiempo, sino sociedades atravesadas por ambición política, guerras, estrategias de supervivencia, cosmologías complejas y profundas capacidades de adaptación.
El libro termina planteando una cuestión de fondo sobre la propia escritura de la historia. Stuart observa que nombres como Yuknomch’en o Jasaw Chan K’awiil siguen siendo mucho menos conocidos que Julio César o Carlomagno, incluso en regiones donde las ruinas mayas forman parte del paisaje cotidiano. Eso será prácticamente imposible de corregirse, pero el libro de «Los cuatro cielos» constituye cuando menos una tentativa de devolver centralidad histórica a una tradición intelectual americana cuya voz quedó interrumpida durante siglos.
David Stuart reconstruye tres mil años de historia desde las voces recuperadas de la propia civilización
Hubo un tiempo en que la historia de los mayas se escribía, sobre todo, desde la fascinación por las ruinas. Las ciudades cubiertas por la selva, los templos vacíos, las pirámides entre raíces y humedad alimentaron durante décadas una imagen romántica y simplificadora: la de una civilización brillante que habría desaparecido de manera repentina y misteriosa. El nuevo libro de David Stuart, «Los cuatro cielos. Una nueva historia de la civilización maya» (traducción de Luis Noriega), se sitúa precisamente contra esa idea. No para sustituirla por otra narración espectacular, sino para desmontarla con una enorme acumulación de datos, inscripciones, excavaciones y lecturas históricas. El resultado es una obra monumental que propone una reorganización del relato maya desde dentro de la propia tradición escrita mesoamericana.
Stuart pertenece a una generación decisiva en los estudios mayas. Hijo de investigadores, empezó a trabajar desde muy joven en el desciframiento de jeroglíficos y se convirtió con dieciocho años en el receptor más joven de la beca MacArthur. Dice en el prólogo lo que sigue: «Los cuatro cielos es, de forma bastante literal, el libro para el que lleva toda la vida preparándose», lo cual realmente se percibe en cada capítulo. No se trata solo de erudición acumulada, sino de una familiaridad excepcional con las fuentes originales y con los debates arqueológicos de las últimas décadas.
El gran cambio que sostiene el libro tiene que ver con la escritura porque, durante buena parte del siglo XX, el mundo maya fue interpretado principalmente a través de restos materiales: arquitectura, cerámica, urbanismo o enterramientos. Sin embargo, el desciframiento progresivo de los jeroglíficos alteró por completo el panorama, de ahí que Stuart recuerde que entre las décadas de 1980 y 1990 se pasó «de leer entre un 20 y un 30% de los textos originales» a comprender cerca del 80%. Hoy, afirma, «la escritura maya ha sido descifrada», una afirmación esta que cambia el estatuto mismo de la historia maya. Es decir, ya no hablamos únicamente de una civilización reconstruida desde fuera por arqueólogos modernos, sino de una sociedad capaz de narrarse a sí misma.
Romper simplificaciones
Asimismo, Stuart insiste en que la historia maya forma parte de las grandes historias escritas de la humanidad y lamenta que el pasado americano haya permanecido durante demasiado tiempo en una posición secundaria dentro del imaginario histórico occidental. «La consciencia colectiva de la humanidad sobre su pasado remoto ha ignorado durante demasiado tiempo a las Américas», escribe. En ese sentido, «Los cuatro cielos» corrige también una cierta visión congelada de la cultura maya, puesto que la imagen clásica del «colapso» del siglo IX queda sustituida por un modelo mucho más complejo. Stuart rechaza la vieja idea de un único auge y caída de la civilización maya y propone en su lugar una sucesión de fundaciones, desplazamientos, crisis, reorganizaciones y abandonos. El concepto central del libro podría resumirse en la expresión que utiliza el propio autor: «impermanencia persistente».
Esta formulación resulta útil porque evita dos simplificaciones habituales. La primera es la noción romántica de desaparición. Stuart recuerda varias veces que los mayas no desaparecieron y que hoy existen cerca de cinco millones de hablantes de lenguas mayas. La segunda simplificación es la idea de decadencia lineal. Frente a la imagen tradicional de un largo descenso tras el esplendor clásico, el autor muestra una cultura muy flexible, capaz de reformular sus estructuras políticas y religiosas durante siglos. Así, el libro conecta los grandes procesos históricos con decisiones concretas de comunidades y élites.
Stuart describe ciudades que nacen y se abandonan después de unas pocas generaciones; alianzas dinásticas alteradas por guerras y matrimonios; rivalidades regionales capaces de transformar territorios enteros. Las dinastías Kanul y Mutul, por ejemplo, aparecen como actores fundamentales de una geopolítica sofisticada y cambiante que poco tiene que ver con la imagen simplificada de ciudades ceremoniales aisladas. Hay además un esfuerzo continuo por devolver densidad humana a los personajes históricos. Reyes, artesanos, escribas, guerreros y gobernantes femeninas emergen de las inscripciones con nombres propios y trayectorias identificables. Stuart subraya que sabemos hoy más sobre ciertos aspectos de la política maya del siglo VIII que sobre algunas regiones de la Europa altomedieval contemporánea.
También el autor aborda la relación entre cosmología e historia. Para los mayas, explica, la historia no era una sucesión lineal de acontecimientos, sino una extensión del orden cósmico. El tiempo tenía una estructura cíclica y los gobernantes aparecían como guardianes de ese equilibrio. El propio título del libro procede de esa concepción cuatripartita del universo: los cuatro puntos cardinales, los cuatro caminos solares, las cuatro direcciones del cosmos. Esa visión cosmológica se traducía también en la organización urbana y política. Stuart describe ciudades concebidas como réplicas simbólicas del universo, con caminos orientados hacia las cuatro direcciones cardinales y un centro ocupado por el poder dinástico. A este respecto, el caso de Copán resulta especialmente revelador. El recinto ceremonial principal estuvo activo aproximadamente durante un bak’tun completo, unos cuatrocientos años, gobernado por dieciséis reyes representados en el célebre Altar Q. Para Stuart, la secuencia sugiere una idea deliberada de ciclo cerrado y sucesión finita.
El libro incorpora continuamente factores materiales y ambientales, pues Stuart analiza sequías, tensiones demográficas, transformaciones económicas y conflictos políticos, si bien evita las explicaciones monocausales. El «colapso» del periodo clásico aparece como una convergencia de procesos distintos que variaron según las regiones. Entre los episodios más impresionantes figura la erupción del volcán Ilopango, hacia el año 431, una catástrofe de escala continental cuyos efectos alcanzaron amplias zonas del área maya.
Por otro lado, resulta notable la atención que el autor presta a la historia de la memoria y del olvido. Stuart describe la destrucción colonial como una violencia física y como una fractura del conocimiento histórico indígena. «Rara vez en la historia de la humanidad la memoria colectiva de una civilización se ha borrado de manera tan completa», apunta al referirse a la pérdida de la tradición escrita tras la conquista. En ese contexto adquiere una dimensión especialmente irónica la figura de Diego de Landa. El obispo responsable de la quema de códices mayas dejó también registros que terminarían siendo fundamentales para el posterior desciframiento de la escritura, lo cual es una singular paradoja.
Ayudas para el relato
Por cierto, el libro incorpora ilustraciones y referencias espaciales que ayudan a seguir un relato particularmente amplio, tanto cronológica como geográficamente. De esta manera, el investigador muestra la civilización maya como una red de sociedades en movimiento: las ciudades del Petén, las regiones de Yucatán, las tierras altas guatemaltecas o los vínculos con Teotihuacán aparecen integrados en un paisaje político extremadamente móvil. Y es que Stuart insiste en que la movilidad, el abandono y la refundación formaban parte estructural del mundo maya.
En suma, el autor sugiere sustituir el viejo esquema de ascenso y caída por otro basado en ciclos múltiples de renovación. «La historia maya nos presenta un relato de comunidades que se establecen, experimentan un período de vitalidad e importancia y finalmente, cuando por la razón que sea sus dirigentes y población deciden trasladarse a otro sitio, se acaban», escribe. No hay aquí nostalgia por un mundo perdido, sino atención a una cultura cuya continuidad sobrevivió a transformaciones extremas. Logra así devolver historicidad concreta a un mundo frecuentemente reducido a símbolo, de tal manera que sus mayas no son una civilización misteriosa suspendida fuera del tiempo, sino sociedades atravesadas por ambición política, guerras, estrategias de supervivencia, cosmologías complejas y profundas capacidades de adaptación.
El libro termina planteando una cuestión de fondo sobre la propia escritura de la historia. Stuart observa que nombres como Yuknomch’en o Jasaw Chan K’awiil siguen siendo mucho menos conocidos que Julio César o Carlomagno, incluso en regiones donde las ruinas mayas forman parte del paisaje cotidiano. Eso será prácticamente imposible de corregirse, pero el libro de «Los cuatro cielos» constituye cuando menos una tentativa de devolver centralidad histórica a una tradición intelectual americana cuya voz quedó interrumpida durante siglos.
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