‘Magnifica Humanitas’, un documento para el ser humano

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El 15 de mayo de 1891 firmó León XIII la encíclica Rerum Novarum e impulsó a la Iglesia a abordar temas como las fábricas, los salarios y las jornadas laborales. Ciento treinta y cinco años después, ese mismo día, firma otro León su primera encíclica e impulsa a la Iglesia —y no solo a esta— a echar cuentas con los algoritmos. Magnifica Humanitas no es un documento sobre la inteligencia artificial. Es un documento sobre el ser humano, escrito desde el interior de una revolución que está transformando nuestra forma de trabajar, de comunicarnos, de aprender, de creer e incluso de rezar. La coincidencia de fechas es deliberada: el propio Papa, en su primer discurso a los cardenales tras el cónclave, vinculó la elección del nombre León con la doctrina social y la nueva revolución industrial. Lo que el primer León hizo por la dignidad del obrero en la era de la máquina de vapor, pretende hacerlo el nuevo León por la dignidad de la persona en la era del algoritmo.

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 La encíclica de León XIV plantea el desafío de si la inteligencia humana seguirá siendo tal  

El 15 de mayo de 1891 firmó León XIII la encíclica Rerum Novarum e impulsó a la Iglesia a abordar temas como las fábricas, los salarios y las jornadas laborales. Ciento treinta y cinco años después, ese mismo día, firma otro León su primera encíclica e impulsa a la Iglesia —y no solo a esta— a echar cuentas con los algoritmos. Magnifica Humanitas no es un documento sobre la inteligencia artificial. Es un documento sobre el ser humano, escrito desde el interior de una revolución que está transformando nuestra forma de trabajar, de comunicarnos, de aprender, de creer e incluso de rezar. La coincidencia de fechas es deliberada: el propio Papa, en su primer discurso a los cardenales tras el cónclave, vinculó la elección del nombre León con la doctrina social y la nueva revolución industrial. Lo que el primer León hizo por la dignidad del obrero en la era de la máquina de vapor, pretende hacerlo el nuevo León por la dignidad de la persona en la era del algoritmo.

El documento comienza con dos imágenes bíblicas cargadas de significado político. La Torre de Babel se convierte en una metáfora del paradigma tecnocrático: una humanidad homologada bajo una única lengua algorítmica, obsesionada con la relevancia y convencida de poder sustituir el misterio por la predicción. Lo que el Papa denomina el “síndrome de Babel”. En el extremo opuesto coloca la figura de Nehemías, el judío exiliado que regresa a una Jerusalén destruida y, en lugar de imponer un plan desde lo alto, observa las ruinas, convoca a las familias y les confía a cada una un tramo de la muralla. La ciudad renace mediante la responsabilidad compartida. La cuestión que se plantea la encíclica no es si aceptar o rechazar la tecnología, sino cómo distribuir el poder que genera.

Las consecuencias doctrinales son muy concretas. El principio católico del destino universal de los bienes, aplicado desde hace tiempo a la tierra, se extiende a las patentes, a los algoritmos, a las plataformas y a los datos. León XIV afirma que, cuando estos bienes permanecen concentrados en pocas manos, se genera una brecha estructural entre incluidos y excluidos. Ningún documento papal se había atrevido jamás a afirmar que la distribución de datos es una cuestión de justicia, no de mercado. Y la subsidiariedad, el principio según el cual aquello que puede hacerse al nivel más cercano a las personas no debe ser absorbido por instancias superiores, se reinterpreta en clave digital: hoy, quienes absorben competencias y la capacidad de decisión no es el Estado, sino cinco o seis gigantes tecnológicos. No es el Estado el que aplasta al ciudadano: es la plataforma la que vuelve irrelevantes tanto al Estado como al ciudadano. El Papa elige un verbo revelador: “desarmar” la inteligencia artificial. Sustraerla de la lógica de la competencia armada, que ya no es solo militar, sino económica y cognitiva.

La IA se alimenta de datos: de los nuestros, de los de nuestros hijos, de los de los agricultores de Bangladesh y los pescadores de Senegal. Los transforma en riqueza y en capacidad de control que termina en manos de muy pocos actores privados. La encíclica lo llama colonialismo digital: ya no se extraen únicamente recursos naturales, sino también datos sanitarios, mapas genéticos y perfiles epidemiológicos. Que son las “nuevas tierras raras del poder”. Entre las páginas más duras del documento se encuentran las que abordan las “nuevas formas de esclavitud”: millones de etiquetadores de datos en el Sur global, que entrenan modelos por salarios miserables; adolescentes y niños que trabajan en las minas de cobalto y litio. León XIV reconoce la demora de la propia Iglesia en condenar la esclavitud a lo largo de los siglos y pide perdón. No se trata de un gesto retórico: es una advertencia. Las cegueras del pasado deben servir para evitar que se repitan las de hoy.

Con todo, la fuerza de la encíclica no reside únicamente en sus denuncias, sino en la cuestión de fondo: ¿qué sucede con los seres humanos cuando delegan en las máquinas las operaciones que los definen? León XIV no teme que las máquinas se vuelvan humanas. Teme que los seres humanos se reduzcan a máquinas. Las inteligencias artificiales simulan comprensión, escribe, pero no habitan ese horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que los seres humanos alcanzan la sabiduría. Su aprendizaje es una adaptación estadística, no un crecimiento interior.

De ahí el pasaje sobre la creatividad y el arte. Un cuadro nace de la resistencia del material, un verso de la lucha con el lenguaje, una sinfonía del enfrentamiento con el silencio. Eliminar la resistencia no libera la creatividad: la suprime. Y el Papa advierte de que las inteligencias artificiales modernas están “más cultivadas que construidas”, porque los desarrolladores no diseñan cada detalle, sino que crean una arquitectura sobre la que crece la IA. Al igual que un campesino prepara la tierra, pero no produce el fruto, quien entrena un modelo cultiva un sistema cuyas respuestas lo sorprenden. Su responsabilidad no disminuye por ello; al contrario, aumenta, porque el resultado es menos predecible. Una civilización que confía la producción de sus contenidos culturales a un sistema que “no entiende lo que produce” renuncia a algo más que a una función: renuncia a una dimensión de sí misma. El Papa propone “un ayuno de IA”: en unos tiempos que predican la perpetua actualización, León XIV aboga por una pausa para proteger la capacidad de pensar por uno mismo. No se trata de ludismo. Es la constatación de que proteger el pensamiento crítico se ha convertido en una cuestión política.

A la utopía transhumanista que promete superar los límites de la condición humana mediante la tecnología, León XIV responde con una tesis radical: la humanidad florece no a pesar de los límites, sino a través de ellos. Al sueño prometeico contrapone el misterio de la Encarnación: el Dios cristiano no potencia al ser humano desde fuera; desciende a su fragilidad y la transforma desde dentro. La magnífica humanidad del título no es una humanidad potenciada, sino una humanidad habitada por Dios. Se trata de un mensaje que desafía frontalmente la metafísica implícita de Silicon Valley, donde las limitaciones se interpretan como defectos que deben corregirse y la fragilidad como fallos informáticos que deben solucionarse.

La encíclica no menciona nombres, pero las referencias son claras. La denuncia de la “cultura del poder” alimentada por la polarización, la crítica al rearme como respuesta a toda crisis, el desmantelamiento de la lógica del “yo primero” y la construcción de la identidad contra un enemigo dibujan un perfil reconocible. Un pasaje resulta particularmente incisivo: quienes disponen de “poderosos recursos técnicos y económicos” y los utilizan para imponer una visión del mundo, de la familia, incluso de Dios, ejercen lo que el texto define como “puro poder carente de verdad”. León XIV se encuentra ante un nuevo americanismo, una herejía más poderosa que la condenada por León XIII en 1899: un americanismo que fusiona a Dios, la patria y el mercado en una sola narrativa, sacralizando el poder y deificando la eficiencia.

En la presentación en el Aula del Sínodo el 25 de mayo, junto a los cardenales y a las teólogas estaba sentado Christopher Olah, cofundador de Anthropic. Invitar a quienes construyen estos sistemas es una señal muy clara: la Iglesia no se pronuncia en contra de Silicon Valley, sino que dialoga con sus interlocutores más reflexivos.

La encíclica concluye con el Magnificat de María transformado en un programa político y con una cita de J. R. R. Tolkien: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir”. En una época de reacciones instantáneas, León XIV ha optado por la reflexión. El verdadero desafío de Magnifica Humanitas no reside en si la inteligencia artificial llegará algún día a ser humana, sino en si la inteligencia humana sabrá seguir siendo tal.

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