Mar de Marchis nunca existió: la genial impostura de la mujer que creó ‘Jot Down’

Todo empezaba con una llamada desde un número desconocido. Le sucedió a casi todo periodista en activo durante la década pasada, incluido el que firma estas líneas. Fue a finales de 2016 o quizá a principios de 2017. Al otro lado del teléfono apareció una voz arrolladora, divertida y un tanto venenosa, capaz de disparar frases a toda velocidad, algunas en esa zona gris donde la adulación se confunde con la ofensa. Se presentó como Mar de Marchis, directora de Jot Down. Tenía un encargo para mí: una entrevista en profundidad con un conocido escritor francés para la que entonces era la revista de moda en España, un fanzine en blanco y negro que, gracias a la ambición de su fundadora y a la adhesión ferviente (y algo delirante) de sus lectores, se acabó convirtiendo en una especie de New Yorker patrio, en un emblema de aquel “periodismo lento” que entonces prometía salvar la profesión.

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 Todo empezaba con una llamada desde un número desconocido. Le sucedió a casi todo periodista en activo durante la década pasada, incluido el que firma estas líneas. Fue a finales de 2016 o quizá a principios de 2017. Al otro lado del teléfono apareció una voz arrolladora, divertida y un tanto venenosa, capaz de disparar frases a toda velocidad, algunas en esa zona gris donde la adulación se confunde con la ofensa. Se presentó como Mar de Marchis, directora de Jot Down. Tenía un encargo para mí: una entrevista en profundidad con un conocido escritor francés para la que entonces era la revista de moda en España, un fanzine en blanco y negro que, gracias a la ambición de su fundadora y a la adhesión ferviente (y algo delirante) de sus lectores, se acabó convirtiendo en una especie de New Yorker patrio, en un emblema de aquel “periodismo lento” que entonces prometía salvar la profesión. Seguir leyendo  

Todo empezaba con una llamada desde un número desconocido. Le sucedió a casi todo periodista en activo durante la década pasada, incluido el que firma estas líneas. Fue a finales de 2016 o quizá a principios de 2017. Al otro lado del teléfono apareció una voz arrolladora, divertida y un tanto venenosa, capaz de disparar frases a toda velocidad, algunas en esa zona gris donde la adulación se confunde con la ofensa. Se presentó como Mar de Marchis, directora de Jot Down. Tenía un encargo para mí: una entrevista en profundidad con un conocido escritor francés para la que entonces era la revista de moda en España, un fanzine en blanco y negro que, gracias a la ambición de su fundadora y a la adhesión ferviente (y algo delirante) de sus lectores, se acabó convirtiendo en una especie de New Yorker patrio, en un emblema de aquel “periodismo lento” que entonces prometía salvar la profesión.

“Me han hablado muy bien de ti”, me dijo. Ese era su anzuelo, aunque un instante después dejara claro que aquella no había sido, ni por asomo, su primera opción. Luego llegó el regateo. Intentó que el texto se escribiera gratis, como solía hacer, en un momento en que demasiadas cosas empezaban a pagarse con la divisa de la “visibilidad”. Tras un breve forcejeo, aceptó una cantidad razonable. Entregué la entrevista. Le gustó, aunque le pareció “demasiado corta”: más de 30.000 caracteres, unas tres veces este texto. Se amplió siguiendo sus indicaciones, se publicó y tuvo más repercusión que trabajos similares aparecidos, en medio de la indiferencia, en medios de mayor solera. Todo el mundo tiene un testimonio parecido. Así reclutaba la directora, a fuerza de carisma y coacción, a firmas pequeñas y otras mucho más grandes, como Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, Maruja Torres, Juan Marsé, Félix de Azúa, Juan José Millás o Manuel Jabois.

La bola (Alfaguara), el primer libro del periodista Daniel Verdú (Barcelona, 1980), que se publica el 4 de junio, reconstruye la historia de esa mujer: María Jesús Marhuenda Irastorza, fundadora, directora, leyenda y fantasma de Jot Down, fallecida en 2022 a los 53 años tras un largo coma provocado por un accidente cerebrovascular. Durante años se ocultó bajo ese peculiar seudónimo de supuesta aristócrata italiana, afirmando que era una abogada y representante de futbolistas asentada en Londres. En su pueblo, la conocían como Chus. En ciertos foros virtuales, respondía a los nombres de Shizuka, Bluevelvet, Isabella, Jun o Libertad. Pero, para muchos, siempre fue “la bola” o “bola” a secas, como la esfera negra de billar que fue el emblema de su revista y también de una cuenta de Twitter convertida en autoridad cultural, donde ella repartía juego y dictaba sentencia.

Todo cabe en el vacío

Lo curioso es que, estando en todas partes, casi nadie sabía qué cara tenía. Hablaba desde la sombra, no acudía a reuniones, comidas ni presentaciones, y dejaba que el misterio hiciera el resto. Esa ausencia disparó hipótesis disparatadas: se dijo que era Ana Aznar o su marido Alejandro Agag. Se rumoreó que se trataba de Paloma Gómez Borrero, cuyo esposo se apellidaba De Marchis. E incluso que todo era un experimento del periodista Enric González, uno de sus principales aliados en Jot Down, con un filtro de voz. Todo cabía en aquel vacío. Hay en su historia un ápice de picaresca española: De Marchis entró por la puerta lateral en un mundo hermético, elitista y masculino que, “de haber conocido su verdadera identidad, nunca la habría invitado a formar parte del club”, dice Verdú, sentado en un bar pegado al Centro Pompidou de París, donde es corresponsal de EL PAÍS.

En realidad, De Marchis era una madre divorciada con tres hijos, marcada a fuego por varias crisis personales y aquejada de una agorafobia feroz, lo que explicaba su confinamiento vital años antes de que todo el mundo se encerrase en casa. Como tantos, Verdú empezó a interesarse por ella “a través de su misterio y del magnetismo de ese personaje invisible”. No tardó en entender que aquella mujer sin rostro no era solo una magnífica farsante, sino también “un síntoma de su época”, la tesis central de su libro: Mar de Marchis se abrió paso cuando el periodismo a la antigua se venía abajo y las redes nos enseñaban a desdoblar nuestras personalidades con una naturalidad inquietante.

“Entendió que venía una crisis salvaje y que iba a ser una oportunidad increíble para alguien como ella, sin pedigrí ni currículum”, dice el autor del libro

“Mar encarna la idea del anonimato, de los filtros, de la posibilidad de ser otro y maquillarse digitalmente. Entendió, como esos animales que presienten los terremotos, que venía una crisis salvaje y que iba a ser una oportunidad increíble para alguien como ella, sin pedigrí ni currículum”, sostiene Verdú sobre su objeto de estudio, procedente de una familia con varios negocios en la costa alicantina, sin contactos con los círculos del poder. “Hacia 2011, las crisis, las redes y el 15-M produjeron una ilusión: que internet podía derribar jerarquías, abrir puertas y permitir que cualquiera, desde su casa, se convirtiera en quien quisiera. Pero el viejo mundo no terminaba de morir y el nuevo no acababa de nacer. Y es ahí, como decía Gramsci, donde surgen los monstruos. Esos monstruos somos nosotros. Y Mar también fue uno de ellos”.

Verdú conoció a la directora de Jot Down relativamente tarde, en 2018, cuando ella se acababa de mudar a Roma, donde él ejercía como corresponsal. Nunca se conocieron, pese a vivir a pocas calles de distancia, ni fueron amigos íntimos, pero mantuvieron correspondencia telemática durante tres años, hasta que ella enfermó. Eran conversaciones de vecinos —recomiéndame un restaurante, cómo les va a tus hijas en el colegio— y, al mismo tiempo, parte de una maquinaria más amplia, digna de un servicio de información. Como relata el libro, la fundadora de Jot Down sabía escuchar, sonsacar y acumular datos personales, que luego redistribuía con cómica desenvoltura entre un sinfín de interlocutores.

Signo de los tiempos

La cabecera nació siendo una anomalía, con su aire retro, sus fotos en blanco y negro, entrevistas interminables con grandes personalidades —de Figo a Annie Ernaux— y un aire de sociedad secreta para lectores que se sentían más inteligentes que la media. Con sus defectos, que el tiempo ha vuelto más visibles, la revista recuperó el placer de la longitud cuando las redacciones empezaban a medirlo todo en clics. Ofreció espacio a periodistas, escritores y fotógrafos que no encontraban sitio en los medios tradicionales, ya fuera por su juventud o su senectud. Y, entre textos necesitados de tijera e imágenes impresas a un solo color, supo generar algo tan difícil como el prestigio. “Hubo un momento en que parecía que, si querías pintar algo en el periodismo, tenías que escribir allí. Si no te había llamado Mar, no eras nadie”, admite Verdú, que nunca llegó a publicar en la revista, pese a la insistencia de su directora.

La bola no es una investigación ni un retrato biográfico al uso. Su gran hallazgo consiste en convertir a Mar de Marchis en el reflejo de un tiempo determinado: el de la crisis de una prensa que dejaba atrás el lucrativo modelo del siglo XX, el derrumbe simbólico de las grandes cabeceras, el auge de las redes sociales como ágora y la erosión del concepto de verdad. Sus reflejos en el libro son múltiples y siempre un poco borrosos. “Fui construyendo muchas imágenes de ella, que es lo que ella misma provocaba”, confirma. Habló con casi 80 personas que la conocieron en distintas etapas. Algunas llegaron a verla, pero ni siquiera sus descripciones coincidían del todo. “Mar era como un caleidoscopio: proyectaba algo distinto para cada cual, según lo que cada uno necesitaba”. Si existe una verdad sobre este personaje digno de una novela posmoderna, no cabe duda de que está hecha de versiones distintas, recuerdos incompletos y narradores poco fiables.

Antes de llamarse Mar de Marchis tuvo otros nombres, todavía identificables en viejos foros de aquel primer internet social en el que, escribe Verdú, “la dirección IP era ya la única forma de identidad real”. En ese neolítico de las redes —el paleolítico terminó cuando empezamos a poder opinar a diestro y siniestro—, cuando aún se podía desaparecer tras un nick sin dejar demasiados rastros, Chus aprendió algo decisivo: a administrar encanto, autoridad y deseo desde el otro lado de la pantalla. En esos espacios abundaban personalidades arrolladoras, pero con vidas socialmente deficientes, que encontraban por escrito una seguridad que no sabían demostrar en la calle. “Ahí aprende a descifrar a la gente sin tenerla delante, a detectar muy rápido sus debilidades, los temas de conversación que funcionan, la función del humor”, explica Verdú.

Aquellos cenáculos, añade, eran “foros de tíos”, con tres mujeres por cada 40 varones: un laboratorio involuntario de la fragilidad masculina. “Mar era especialista en hombres vanidosos. Es decir, la mitad de la población mundial y todo el gremio de periodistas”, escribe Verdú. La cámara de resonancia de Twitter haría el resto. Allí se convirtió, según el autor, en “una community manager casi antes de que existiera esa profesión: desbordante, deslumbrante, rápida y divertida”.

Dos hemisferios derechos

De Marchis trasladó el modelo de la virtualidad al mundo físico. No se presentaba a las citas, no aparecía en las comidas, dejaba plantados a grandes directivos y hasta al entonces director de EL PAÍS, Antonio Caño, quien la consideró una de sus principales confidentes, según relata en el libro. Así podía seguir siendo muchas cosas al mismo tiempo: abogada londinense y aristócrata italiana, confidente nocturna y amante imaginaria, niña herida y personaje solipsista de un reality de los dos mil, de esos que hablaban de sí mismos en tercera persona. Enric González, con quien mantuvo una relación de íntima amistad, decía que era como si su cerebro tuviera “dos hemisferios derechos”: no se le podía exigir demasiada lógica. Por su parte, Toni Garrido la define como una figura “muy levantina, como una mascletá que lo abatía todo”: puro ruido, exceso y espectáculo, aunque al final solo quedaran humo y cenizas.

Verdú la tilda en el libro de “hembra alfa”, una figura de mando en un ecosistema muy masculino. Mar no entraba en las reuniones, pero aconsejaba, sugería, vetaba, empujaba y zanjaba desde el exterior, instalada en el interior de cada teléfono, ya entonces convertido en el centro de nuestras vidas. Allí se comunicaba con cierta bulimia. “Todo el mundo cuenta que era como si no durmiera”, dice Verdú. “Algunos colaboradores dicen que podía llamarlos a las tres de la madrugada o escribirles a las cinco. Se ponía a hablar como si no hubiera habido interrupción. Las cosas no empezaban ni terminaban con ella. Era una maquinaria en marcha”.

“Era divertida, pero parecía una mujer triste y con el cinismo típico de las personas románticas estropeadas por la vida“, apunta Marta Peirano

Quienes trataron con ella lo confirman. El escritor Patricio Pron solo habló con Mar por correo electrónico y jamás la vio en persona: “Escribí en la revista durante su primer año, pero hace tanto tiempo que es como si le hubiera pasado a otra persona, en otro país”. La periodista Marta Peirano, fichada como colaboradora porque Mar era fan de su blog, recuerda una comunicación invasiva, seductora y siempre telemática: “Compartía fotos de sus animales, sus casas, sus vacaciones o el hospital, pero también pantallazos de conversaciones ajenas, y parecía saber siempre dónde estaba cada uno y con quién. Era divertida y le gustaba enredar, pero parecía una mujer triste y con el cinismo típico de las personas románticas estropeadas por la vida. Me apenó mucho su muerte”.

La escritora Laura Ferrero, que sí llegó a verla algunas veces, recuerda a una mujer “frágil, vulnerable, algo asustada”, con una sensibilidad especial para detectar cuándo alguien no estaba bien. “No puedo decir que conmigo se portara mal. Al contrario, creo que siempre quiso ayudar. Pero tenía una manera de hacerlo que, quizá por cómo soy yo, no siempre me resultaba cómoda”.

Patos sobre una moqueta psicodélica

La bola también es una historia cultural del periodismo español de las últimas décadas, de los efectos de los ERE en los principales diarios, el desgaste de su patrimonio simbólico y el resentimiento comprensible de quienes quedaron fuera, seducidos de golpe por la aventura digital. Jot Down solo pudo nacer en medio de esa tormenta perfecta. La salida de Enric González de EL PAÍS, con un texto ya mítico publicado en la web de la revista cultural, es una escena fundacional: el periodismo a la antigua se viene abajo y una cabecera digital dirigida por una mujer invisible recoge parte de los escombros.

Ahí llega el giro más inesperado: Jot Down Smart, un suplemento mensual distribuido entre 2015 y 2019 con EL PAÍS, lleno de firmas históricas despedidas tras el ERE que volvieron a entrar por la puerta grande. Para sellar el acuerdo, Mar ordenó llevar 20 patos a la sede madrileña del diario, un guiño a la primera portada, con James Gandolfini rodeado de esas aves, como sucedía en Los Soprano. Cuentan que los patos mancillaron la vieja moqueta psicodélica de Miguel Yuste, que sería retirada poco después. Pero el colofón fue aún más surrealista: otra sesión fotográfica mostraba a Juan Luis Cebrián, entonces presidente de Prisa y primer director de EL PAÍS, convertido en Darth Vader, retratado con su consentimiento como villano galáctico.

Cuando, en junio de 2017, un artículo de El Confidencial reveló la identidad real de Mar de Marchis, su precario imperio pudo venirse abajo. Se supo que no era quien decía ser, que las fotos ligeras de ropa que enviaba a algunos interlocutores no eran suyas sino de una amiga del pueblo, y que su biografía estaba repleta de embustes. “Y, sin embargo, no pasó nada”, dice Verdú. “Todos seguimos creyendo en esa ficción, porque eso era lo que queríamos. Hay un momento en que la verdad se sustituye por una forma de devoción”. El capítulo dedicado a la mujer que le servía de modelo resulta fundamental: suyo era el cuerpo utilizado para retratos que hacía pasar como propios, cómplice y víctima a la vez de un espectáculo que no siempre fue ligero ni gracioso.

Tras la revelación, De Marchis intentó controlar el relato y aceptó conceder la única entrevista de su vida a Vanity Fair. Braulio García Jaén, hoy periodista de EL PAÍS, se sentó con ella durante cinco horas y media en una casa prestada en el monte Igeldo, en Donostia, en una conversación nocturna que tuvo algo de psicodrama. El gran reportaje que imaginaba acabó en una pieza breve, neutra e informativa. A Mar le pareció demasiado corta y factual. Ella sabía que llevaba una novela dentro.

Un libro sin ficción

Como en los libros de Emmanuel Carrère o Javier Cercas, que cuenta con un cameo en el libro, la investigación avanza mientras muestra la posición moral del narrador, convertido en un personaje más, discreto pero siempre presente, y que se abre al lector exponiendo fragmentos de su vida y puntos de conexión con su protagonista. Verdú y De Marchis se rozaron, a lo largo de sus vidas, en dos puntos geográficos: en los pubs de Santa Pola, donde pasaba los veranos el autor con su familia paterna, y luego en Roma. El autor insiste en que en el libro no hay ficción. “Me puedo haber equivocado o puede haber alguna imprecisión, pero la idea era que toda la información procediese de fuentes reales. Incluso cuando atribuyo a Mar pensamientos o estados de ánimo, nunca los invento: proceden de testimonios, grabaciones o escenas contrastadas”, afirma. La bola se escribió sin la colaboración ni la autorización de la familia de Mar de Marchis ni de su socio en Jot Down, opuestos a su publicación.

Al cerrar las páginas de este libro lleno de claroscuros y recovecos, la pregunta es si el autor lo terminó con la sensación de haber resuelto un misterio. “No. Diría que he hablado más bien de cómo ese misterio nos deslumbró”, responde Verdú. “He resuelto el misterio de una generación y de un momento, más que el de la propia Mar”. Tiene razón: La bola no es tanto la historia de una impostora como el relato de quienes se empeñaron en creerla.

La bola

Daniel Verdú
Alfaguara, 2026
224 páginas. 20,90 euros.
A la venta el 4 de junio.

 EL PAÍS

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