Un G-7 para Trump

Ha sido la cumbre de todas las deferencias para Donald Trump. El G-7 en Évian-les-Bains aplazó 24 horas su inicio para permitir al presidente estadounidense celebrar su 80º aniversario en la Casa Blanca. De todos modos llegó una hora tarde a una sesión bromeando que él “es el jefe”. Los demás líderes le rieron la gracia. Para no incomodarle, el cambio climático desapareció de la agenda y Emmanuel Macron, que presidía la reunión, colocó en el orden del día los desequilibrios comerciales que provoca China, uno de los temas en los que el resto de miembros del club puede encontrar una causa común con Estados Unidos. Los participantes, aliviados por la posibilidad del final de una guerra que lastra la economía mundial, han elogiado el acuerdo de alto el fuego con Irán, aunque a ninguno le escapa que supone una derrota para la primera potencia mundial. Ante la posibilidad de que Trump diera el portazo y se marchara antes de tiempo, como ha hecho en otras ocasiones, Macron le invitó en la noche del miércoles a una cena en el Palacio de Versalles para celebrar otro aniversario, el 250.º aniversario de la independencia de EE UU.

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editorial

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Trump se despide de Ginebra antes de entrar en su avión camino de Washington.
MARTIAL TREZZINI / POOL (EFE)
El País

Ha sido la cumbre de todas las deferencias para Donald Trump. El G-7 en Évian-les-Bains aplazó 24 horas su inicio para permitir al presidente estadounidense celebrar su 80º aniversario en la Casa Blanca. De todos modos llegó una hora tarde a una sesión bromeando que él “es el jefe”. Los demás líderes le rieron la gracia. Para no incomodarle, el cambio climático desapareció de la agenda y Emmanuel Macron, que presidía la reunión, colocó en el orden del día los desequilibrios comerciales que provoca China, uno de los temas en los que el resto de miembros del club puede encontrar una causa común con Estados Unidos. Los participantes, aliviados por la posibilidad del final de una guerra que lastra la economía mundial, han elogiado el acuerdo de alto el fuego con Irán, aunque a ninguno le escapa que supone una derrota para la primera potencia mundial. Ante la posibilidad de que Trump diera el portazo y se marchara antes de tiempo, como ha hecho en otras ocasiones, Macron le invitó en la noche del miércoles a una cena en el Palacio de Versalles para celebrar otro aniversario, el 250.º aniversario de la independencia de EE UU.

Todo por tener contento a Trump. Más allá de la estética de los gestos que con frecuencia han resultado embarazosos, hay razones que explican estas actitudes. La primera de ellas es la necesidad de reducir al máximo el riesgo de que el presidente de EE UU lo haga saltar todo por los aires y provoque una nueva crisis transatlántica. Lo que para los canadienses son las amenazas de anexión de todo su país, para Europa es Groenlandia, los aranceles que podrían dejar maltrechas economías como la alemana (y también la canadiense) o los esfuerzos trumpianos para poner en duda los compromisos de defensa mutua. Hay un objetivo a medio plazo para los europeos: mantener viva la OTAN tanto tiempo como sea posible mientras carezcan de las capacidades para defenderse por sí solos ante Rusia. Y existe otro objetivo más urgente: la defensa de Ucrania y las garantías para una paz digna y que preserve la seguridad de este país y del resto de Europa ante el expansionismo ruso. Por ahora, tampoco esto es posible sin Estados Unidos ni sin asegurarse de que su presidente no se sienta ofendido ni se levante de la mesa. Es un lujo que nadie puede permitirse.

Por eso, desde que Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, los socios han intentado limitar los daños, y en Évian lo han puesto en práctica con mayor éxito que otras veces. No ha habido ni insultos ni desaires esta vez, sino una atmósfera de reencuentro que habría sido inimaginable unos meses atrás, minuciosamente preparada por Macron. El presidente de EE UU ha exhibido el aplauso del resto de G-7 a su acuerdo en Irán, de que cada nuevo detalle que se conoce revela más concesiones al régimen de los ayatolás y evidencia el fracaso de esta guerra que comenzó sin objetivos ni planificación. Para Europa el verdadero avance en Évian es el compromiso con Ucrania y el apoyo de Washington para endurecer las sanciones al sector energético ruso, en un momento decisivo de un conflicto que ya dura más que la I Guerra Mundial. Seguramente poco más puede dar de sí el G-7, institución multilateral creada en los años 70 y con una relevancia menguante medio siglo después, con Trump en la mesa. Y no es poco. Pero tampoco suficiente. La deferencia y el apaciguamiento nunca puede ser una estrategia.

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