Nadie diseccionó a la vieja Nueva York con el frío de quien la había padecido desde dentro como Edith Wharton. En La edad de la inocencia (Pulitzer de 1921 y el primero concedido a una mujer) esa disección tiene forma de historia de amor. Pero el amor es solo el bisturí; lo que abre en canal es otra cosa: la libertad, y lo que cuesta. Bajo la historia de Newland Archer y la condesa Ellen Olenska, Wharton escondió una verdad incómoda: la sospecha de que libertad y dignidad no son dos virtudes distintas, sino una sola, mirada desde dos lados. Quien no se ha dado ningún límite propio no es libre, vive a merced de las convenciones ajenas, de alguna forma obediente sin saberlo. Y quien se fija uno y lo sostiene, aunque le cueste todo, es dueño de sí mismo. Pero esta no es una tesis que Wharton defienda, es algo que se ve, porque fiel a su método, la autora lo cifra todo en una imagen bellísima.
Nadie diseccionó a la vieja Nueva York con el frío de quien la había padecido desde dentro como Edith Wharton. En La edad de la inocencia (Pulitzer de 1921 y el primero concedido a una mujer) esa disección tiene forma de historia de amor. Pero el amor es solo el bisturí; lo que abre en canal es otra cosa: la libertad, y lo que cuesta. Bajo la historia de Newland Archer y la condesa Ellen Olenska, Wharton escondió una verdad incómoda: la sospecha de que libertad y dignidad no son dos virtudes distintas, sino una sola, mirada desde dos lados. Quien no se ha dado ningún límite propio no es libre, vive a merced de las convenciones ajenas, de alguna forma obediente sin saberlo. Y quien se fija uno y lo sostiene, aunque le cueste todo, es dueño de sí mismo. Pero esta no es una tesis que Wharton defienda, es algo que se ve, porque fiel a su método, la autora lo cifra todo en una imagen bellísima. Seguir leyendo
Nadie diseccionó a la vieja Nueva York con el frío de quien la había padecido desde dentro como Edith Wharton. En La edad de la inocencia (Pulitzer de 1921 y el primero concedido a una mujer) esa disección tiene forma de historia de amor. Pero el amor es solo el bisturí; lo que abre en canal es otra cosa: la libertad, y lo que cuesta. Bajo la historia de Newland Archer y la condesa Ellen Olenska, Wharton escondió una verdad incómoda: la sospecha de que libertad y dignidad no son dos virtudes distintas, sino una sola, mirada desde dos lados. Quien no se ha dado ningún límite propio no es libre, vive a merced de las convenciones ajenas, de alguna forma obediente sin saberlo. Y quien se fija uno y lo sostiene, aunque le cueste todo, es dueño de sí mismo. Pero esta no es una tesis que Wharton defienda, es algo que se ve, porque fiel a su método, la autora lo cifra todo en una imagen bellísima.
Un hombre mira desde la orilla, sobre la bahía, la espalda de la mujer que ama, y entrega su destino a un augurio: si ella se vuelve antes de que el velero pase la baliza, subirá a hablarle; si no, renunciará. Ella no se vuelve. Son dos amantes frente al mismo mar, separados por una distancia que no es física sino moral. Él lo fía todo a una señal, la de un velero, una baliza, una nuca que quizá se gire. Ella, en cambio, no aguarda ninguna, porque ya ha elegido. Uno espera que el mundo decida por él; la otra decide. Y sin embargo: ¿es libertad lo que hace Ellen, o solo otra forma de la renuncia? ¿Renuncia ella por grandeza o por derrota? ¿Se queda él por cobardía o por lucidez? Wharton no lo responde: deja la pregunta abierta hasta una escena final que nos devuelve, con un terrible eco, a esta misma imagen.
Una mujer no podía divorciarse sin ruina, ni ganar su dinero, ni moverse sola, ni desear en voz alta
Edith Wharton pertenece a una estirpe muy concreta. La de las escritoras que descubrieron que la interioridad podía ser un territorio de libertad cuando el mundo exterior estaba cerrado con llave. A los hombres de su tiempo la libertad se les ofrecía como algo externo. Podían viajar, votar, tener oficio y dinero propio. Archer dispone de todo eso y no hace nada, y ese es el chiste cruel del libro. A una mujer se le negaba precisamente eso, el acto exterior. No podía divorciarse sin ruina, ni ganar su dinero, ni moverse sola, ni desear en voz alta. Su espacio de soberanía quedaba en el único lugar que la tribu y sus convenciones (“lo que la gente llama sociedad”) no podían registrar: su vida interior. Como Brontë, Austen, Eliot o Woolf, Wharton hizo de esa cárcel un método. No pudiendo escribir la epopeya del hombre que conquista el mundo, escribió la de la conciencia que se sostiene dentro de una vida sin salidas: una privación transformada en arte, y en dignidad.
La sociedad no podía vigilar su vida interior. Como Eliot, Austen o Woolf, Wharton hizo de esa cárcel un método
Todo eso es la condesa Olenska y su reverso es May, la esposa de Archer, que encarna el sistema y lo defiende con las únicas armas que ese mundo concede a una mujer: el silencio, el sobreentendido, la apariencia de no saber. La maquinaria de la tribu social señala a Ellen como la mujer marcada; la que dejó a su marido, la que volvió de Europa con un pasado turbio, la que frecuenta a los bohemios. Porque en la vieja Nueva York bajar de clase era una falta más grave que cruzar la frontera matrimonial. Y sin embargo esa mujer caída resulta ser el centro moral del libro. Wharton toma el arquetipo de la adúltera castigada (Ana Karénina, Emma Bovary, la Regenta) y lo invierte: no es ella la degradada, sino los “respetables” que viven en la mentira y el sobreentendido, los que prefieren imaginarla sometida bajo el techo de un marido que la maltrata antes que libre entre artistas. La jaula dorada les parece más decente que la libertad impura. Es ahí donde Wharton nos deja ver la bajeza del veredicto: la tribu no defiende la virtud, defiende la clase.
El resultado es una de las novelas más lúcidas dedicadas a desenmascarar la libertad de salón, y su encarnación es Newland Archer. La libertad de Ellen se ejerce como un no. Se niega a ser la amante de Archer, no por moralina, sino porque hacerlo la obligaría a dejar de ser quien es, a envilecer ese amor. Como Jane Eyre o Dorothea Brooke —las criaturas de Brontë y de Eliot—, la condesa Olenska hace de su vida interior el único territorio soberano: si no podían elegir su destino, elegirían al menos quiénes ser dentro de él. Newland Archer se cree el hombre libre de su mundo. Lee Middlemarch, “que últimamente había obtenido críticas elogiosas”, desprecia en secreto a su tribu, se sabe distinto: más fino, más lúcido, más moderno. Cree estar por encima de las convenciones y vive dentro de ellas.
Pero cuando ya hemos repartido en silencio las culpas, Wharton hace lo más difícil que puede hacerse en una novela: nos quita el derecho a juzgar. En lugar de resolvernos los enigmas morales, los disuelve. Archer se convertirá en “lo que la gente empezaba a llamar un buen ciudadano”, en marido cumplidor, en padre; y Wharton no lo compadece ni lo absuelve. Su vida con May no fue una mentira ni un vacío, sino un deber cumplido con dignidad, y quizá con eso baste. La renuncia era el aire de su mundo. El de Archer se construía sobre el no, sobre lo que uno se prohíbe; el de sus hijos, sobre el sí, sobre lo que uno consigue. “Me pregunto si, cuando uno está tan seguro de conseguir algo, su corazón sigue latiendo tan locamente”, dirá entonces, regalándonos una coda inesperada: la sospecha demoledora de que el deseo solo late con fuerza cuando choca contra un límite. Y nos lleva a interrogarnos por otra verdad, la de si un corazón que da por descontada la victoria puede latir locamente. Como si la intensidad de vivir estuviera, todo el tiempo, del lado del límite.
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