Si me disculpan la primera persona, les contaré que fui miembro de la comisión de festejos de mi pueblo. Que una alquería con 50 habitantes en invierno tuviera comisión de festejos dice mucho de la capacidad de España (la vacía, la vaciada, la hueca y la abarrotada) para montar y cobrar comisiones. En aquella no se cobraba un céntimo porque todo se destinaba a pagar a las orquestas de verbena, estrellas fugaces que parecían bautizadas no en Cañaveral (Cáceres) sino en Cabo Cañaveral (Florida): Supernova, Galaxia, Kripton, Vía Láctea. Si flaqueaban la aportación popular o la municipal se recurría a una orquesta unipersonal (ese oxímoron) llamada El Solitario, un músico polivalente pero triste, sin picardía para proclamarse lo que era: DJ Pionero.
La verbena hace tiempo que dejó de ser una especie en estado de extinción. En cada pueblo hay una industria tan entrañable como desconocida EL PAÍS
