Fatboy Slim, la extraordinaria vida de un pinchadiscos

Saluda ante la pantalla del ordenador pero transmite una calidez inusual. Norman Quentin Cook, más conocido como Fatboy Slim, es una figura de la cultura de baile y el creador de un sonido que mezclaba los ritmos negros con la electrónica de club. Cumple cuatro décadas «sin un trabajo decente», bromea, detrás de los platos y la mesa de mezclas. Bueno, y también punteando las cuerdas del bajo junto a The Housemartins, legendaria banda británica de la que formó parte y con los que conoció el estrellato: un grupo de «canciones dulces y agresivas ideas políticas», como él lo describe. También formó parte de la cultura de las «raves» en Reino Unido, un intento de «hackear» el sistema político tomando espacios en desuso para bailar durante varios días seguidos. «Los Martins tenían ideas muy radicales y posiblemente, sí, poco realistas. Después, llegué al acid house, que fue otro tipo de resistencia, a partir de la unión en una hermandad. En lugar de salir a manifestaciones y querer destruir el sistema, la idea era, simplemente, ‘‘abracémonos para cortocircuitarlo’’. Y eso lo tengo muy grabado», explica el DJ y productor, autor de innumerables éxitos, y que acaba de remezclar a los Rolling Stones, que formarán parte de su sesión en el Vida Festival (4 de julio) y el Icónica Santalucía de Sevilla (14).

Los padres de Norman adoraban cantar. «Mi primer recuerdo musical son los viajes en coche con ellos. Mis padres podían hacer armonías vocales juntos y yo lo adoraba. Normalmente, los tres hermanos íbamos peleando en la parte de atrás, y, a veces, mis padres discutían a la vez en la de delante. Pero si sonaba una canción en la radio se acababan los gritos y empezábamos a cantar. Así fue como me enamoré de la música desde pequeño». En su infancia, fueron los Beatles: «Nací en 1963, el año que explotaron. Y eran la única música decente que les gustaba a mis padres», ríe el británico, que se crio en Surrey, en el sur de Londres, donde conoció a Paul Heaton, quien le reclutó para los Housemartins cuando su bajista les abandonó. «Éramos amigos desde el colegio, donde formamos un grupo. Con los Martins todos nuestros sueños se hicieron realidad. De repente tocábamos en esos programas de televisión que adorábamos. Sonábamos en la radio. No nos lo podíamos creer.

Aunque, musicalmente, aquello no era realmente yo. Paul y Stan escribían las canciones y yo solo tocaba el bajo. A mí me gustaba la música negra, pero siendo un chico suburbano, blanco, de clase media e inglés, no creía que hacer música negra fuera mi lugar. Acepté que el punk rock o el punk pop eran más apropiados».

Sin embargo, un aprendizaje con la banda fue clave para su carrera: «No me malinterpretes: yo aporté mucho a las canciones de los Housemartins, pero decidí que mi papel era la producción. Cuando estábamos en el estudio, yo era quien preguntaba: ‘‘¿qué hace ese botón?’’, ‘‘¿qué es compresión y qué es reverberación?’’. Logré ser algo más que un bajista mediocre». Compró una caja de ritmos y un «sampler». «De repente, podía hacer la música que me gustaba sin fingir ser americano o negro. Las máquinas me ayudaron a superar ese bache», cuenta. Entró en contacto con la escena de la electrónica, las «raves» las fiestas libres. «La primera época la viví de lejos, porque estaba en la banda. No estaba en el meollo, en las fiestas de la M-25 (la carretera de circunvalación de Londres que servía de escenario salvaje), pero volví a Brighton en 1988. Y aquello sí era el epicentro. Pinchaba en clubes cuatro noches a la semana».

Música y política

«Para mí, el Acid House tenía unas ideas muy similares al punk rock –dice el británico–. Querían quitarle el poder a las grandes compañías, ser independientes, hacer discos caseros, sortear el sistema. El punk era más nihilista, pero tanto los Housemartins como la electrónica eran el producto de crecer en la Inglaterra de Thatcher y estar completamente desilusionado con tu país, con esa actitud generalizada de codicia, de hacer guerras por dinero. El pop tiende a ser el eco de lo que sucede, pero, entonces, la música era muy política, de Billy Bragg a Paul Weller, había una intención de hacer algo al respecto. Éramos jóvenes e idealistas pero, hoy en día… ya no creo que se pueda cambiar el mundo. Se puede cambiar a algunos individuos». ¿Madurar fue una decepción? «Simplemente te sacan a palos. Con los años, te das golpes contra la pared. Intentas decirle a la gente: no votes a los conservadores, y lo hacen una y otra vez. Y un día simplemente piensas: ‘‘oh, Dios’’. Luego, tus propias debilidades y relaciones se interponen. Ordenar tu vida se convierte en una prioridad en lugar de preocuparte por el mundo», dice encogiéndose de hombros.

Incluso el éxito se cruza en tu camino sin imaginarlo. Después de barajar un puñado de seudónimos como DJ sin éxito, Norman se preguntaba si tenía sentido seguir. «Me aburrí del house porque se había vuelto muy comercial. Hacía experimentos, acelerando discos de hip hop o trip hop y ralentizando discos de techno. Fue Damien Harris, quien fundó Skin Records y uno de mis mejores amigos, quien me dijo: ‘‘Tienes los breakbeats del hip hop, la actitud del punk rock, la energía del house sin ser ese 4/4 y los ganchos de los Beatles con los que creciste. Hazlo’’. Lo último que quería era otro alter ego, pero así surgió Fatboy Slim». Por entonces, alguien le habló de unos chicos de Londres que hacían algo parecido: se llamaban The Chemical Brothers. «Nos convertimos en una gran pandilla, junto a Jon Carter, Richie Fearless y Derek Dahlarge». A esas alturas, ya no creía en el éxito. «Hacíamos algo diferente pero no imaginábamos que sería popular. Siempre nos relegaban a la parte trasera del club, lejos de la zona principal, donde pinchaban house comercial». Y se volvió una estrella. «Bueno, fue un proceso lento, de unos tres años, hasta que publiqué el segundo disco. Ya había vivido el éxito con The Housemartins, así que no fue algo que no supiera gestionar. En realidad, lo que más me trastocó fue la elección de mi esposa». Norman Cook se casó con Zoe Ball, famosa presentadora de televisión y radio. «Justo en la semana en que mi álbum llegó al número uno, la misma que gané un Brit Award, anunciamos nuestro compromiso. De golpe, éramos carne de prensa sensacionalista, un mundo al que no estaba acostumbrado y realmente terrible». Ambos anunciaron su divorcio amistoso en 2016. Quizá para ordenar todo esto, ha publicado un libro («Esto no acaba… hasta que Fatboy cante», Banizu Nizuke) sobre las cuatro décadas que han pasado «desde que dejé mi trabajo de día». «No son tanto mis memorias, no quería profundizar en mi mente, es un libro de mesa de café, con muchas fotos –sonríe–. Odio la nostalgia, pero fue divertido hacer memoria sobre mucho de lo olvidado y de lo borracho que estaba… eso fue muy desagradable».

Fatboy Slim empezó en la parte trasera de los clubes. Hoy, la música gira en torno a los grandes acontecimientos, se ha convertido en un bien de lujo. «Estoy trabajando duro para un proyecto llamado Music Venues Trust, que intenta proteger los locales de base, los más pequeños, porque supongo que en España es igual, pero en Inglaterra están muriendo. Ahí es donde empezamos gente como yo, y como Adele, Coldplay y Radiohead. Hay que proteger estos recintos pequeños, porque son la raíz de los artistas. Quienes tocan en estadios han empezado ahí. Hago política con p minúscula, intentando proteger nuestros locales, tratando de hacer que la gente se dé cuenta de que los necesitamos».

Remezclar, por fin, a los Rolling Stones

Hace 27 años que Fatboy Slim encadenaba en sus sesiones dos temazos. Enlazaba «The Rockafeller Skank» con el mítico riff de guitarra de «(I Can’t Get No) Satisfaction», de los Rolling Stones. «Estaba aburrido de mi tema y descubrí que podía mezclarla y me divertía más. Desde entonces, llevo enlazando ambos temas pero nunca me dejaron publicar la mezcla porque su management me daba un rotundo ‘‘no’’ cada vez que quise plantearlo», cuenta Cook. «Después de todos estos años, me contactaron: ‘‘¿Te apetece publicarlo?’’. Alucinante. Ya circulaba en copias pirata en 12 pulgadas… pero ahora todo el mundo puede ponerlo en Spotify».

 Miembro de The Housemartins, creador de un sonido, carne de tabloide… el británico celebra 40 años con dos fechas en España: Vida Festival e Icónica Santalucía de Sevilla  Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón

Noticias Similares