Quizás es la imagen que salta al imaginario colectivo cuando se piensa en la gastronomía como vía de supervivencia en un gran festival de música: hot dogs, hamburguesas, porciones de pizza y otros exponentes de comida rápida consumidos a destiempo sobre un césped exhausto. Un trámite calórico para sostener el cuerpo entre concierto y concierto.
El evento musical, que se celebra en Benicàssim desde hace 31 ediciones, del 16 al 22 de agosto, integra la gastronomía como lenguaje común entre público de cien nacionalidades a través de un viaje que conecta la cocina mediterránea y caribeña con la de la India, Senegal o Argentina EL PAÍS
