Uno de los primeros pleitos por plagio musical de la historia se falló en Londres en 1835 a favor del editor de una ópera de Daniel Auber. Desde entonces, la musicología forense ha tenido que adaptar sus métodos a cada cambio en la producción y difusión de la música para tratar de demostrar cuándo el parecido entre dos obras vulnera la propiedad intelectual. Los criterios de comparación que se consideran objetivos han sido desbordados por la inteligencia artificial, que asiste a los peritos mientras se enfrenta a demandas millonarias por entrenar sus modelos con cantidades masivas de grabaciones protegidas por derechos de autor.
En plena batalla judicial entre las grandes discográficas y las empresas de inteligencia artificial, la musicología forense adapta sus métodos de investigación para afrontar un desafío sin precedentes en la industria EL PAÍS
