Sinceramente, yo podría vivir feliz en Widow’s Bay, una pequeña isla de Nueva Inglaterra con su puerto pesquero y su ferry, su vieja iglesia, el lejano faro, especialidades gastronómicas y afables vecinos. La comparan con Martha’s Vineyard gracias al trabajo de su alcalde, obsesionado con promocionar su estilo de vida para atraer más turismo. Pero en Widow’s Bay también hay mucha comedia y un pasado muy oscuro que ha condenado durante siglos a los habitantes de la isla. Esta premisa es el punto de partida de la nueva serie original que estrena hoy Apple TV, «La maldición de Widow’s Bay», creada por Katie Dippold y protagonizada por el ganador del Emmy Matthew Rhys.
A 40 millas de la costa, está el pintoresco pueblo de Widow’s Bay. Allí ejerce de alcalde Tom Loftis (Rhys), desesperado porque la llegada de riadas de turistas inunde las calles de la isla. Para ello, organiza la visita de un periodista de «The New York Times» para que publique una reseña positiva. Sin embargo, nada más poner un pie en la localidad, ya le han contado dos o tres leyendas negras del lugar. Loftis, viudo y a cargo de su hijo Evan (Kingston Rumi Southwick), se enfrenta a toda la población, que cree que es blando y cobarde. Su máximo enemigo es Wyck (Stephen Root), marino que se las sabe todas y es especialista en causar el pánico intentando tocar la campana o la sirena del puerto, reservada para catástrofes naturales. Tampoco recibe ayuda de su pintoresco equipo de gobierno, con su secretaria, la ancianísima Ruth (K. Callan); su mano derecha, Patricia (Kate O’Flynn); la cotilla Rosemary (Dale Dickey); el sheriff Bechir (Kevin Carroll); y el realmente extraño Dale (Jeff Hiller). Todos remarán en contra del alcalde.
Una vez que parece que ha conseguido atraer más turistas a Widow’s Bay, Loftis se dedica a poner a prueba casi todas las maldiciones que recorren la tradición oral, que incluyen la novia que se arrojó por una ventana el día de su boda; la habitación del capitán que se volvió loco y atacó a su familia con un hacha; la «fea Hortence», el desastre del Año Nuevo de 1962, el «boogie man» atacando estudiantes o el payaso asesino. Pero todo ello solo le llevará a constatar que algo no anda bien en su pueblo y comprueba que algunas cosas, lejos de ser mentira, se desatan de nuevo por el pueblo con los consiguientes sustos mayúsculos. «La maldición de Widow’s Bay» es un simpático compendio entre una película clásica de terror, con sus sustos y sus seres sobrenaturales, pero también es una gran comedia sin pretenderlo. Su creadora ya avisó de que hace muchos años que creó la semilla de la serie y poco a poco fue desnudándola de chistes fáciles para que la propia tensión de la trama creara los más hilarantes momentos de gente normal haciendo de gente normal en situaciones extraordinarias. El pueblo y la situación son tan sumamente absurdos que el espectador se encontrará riéndose en escenas serias y llevándose las manos a la cabeza con las cosas que pasan en pantalla. En un par de episodios se usa el recurso del flashback para que conozcamos de primera mano la historia de Widow’s Bay y su fundador en el año 1702, el misterioso y violento Richard Warren. En plena época colonial, ya circulaba el rumor de que Warren había hecho un pacto con el demonio para salvar al pueblo, y su matrimonio forzado será el comienzo del fin para la familia Warren y cualquier hijo varón nacido en la isla.
La serie, que sin lugar a dudas es ya una de las mejores de 2026, conjuga con maestría el desarrollo magistral de los personajes y su mezcla con una comedia negra muy sutil y dosis de terror inesperadas. Al igual que en papeles anteriores, como «The Americans», Rhys es un valor seguro que hace la interpretación de su vida, marcando él solo el tono de la serie. Hay auténticos momentos de brillantez en los que el actor hace pasar al alcalde de la sorpresa al terror, llegando al pánico y colapsando en situaciones de comedia absurda. El espectador se enganchará rápidamente al misterio, preguntándose si aquello que está viendo es real o tiene que ver con el moho de las paredes. Esa duda nos perseguirá hasta bien mediada la serie, cuando la sucesión de imposibles será una fiesta narrativa con pócimas malignas, asesinos de película de terror de manual y muertos que no lo están tanto. No deberían perderse ningún episodio, pero el cuarto, con Patricia (O’Flynn) organizando una fiesta, tiene reminiscencias de una Shelley Duvall en «El resplandor». El final dejará un sabor agridulce, y no sabemos si esperar otra temporada, pero qué hay mejor que pasar más tiempo en una idílica isla en la que todo puede matarte (también de risa).
Apple TV estrena esta serie de 10 episodios en clave de comedia de terror, creadapor Katie Dippold («Parks and Recreation») y protagonizada por Matthew Rhys
Sinceramente, yo podría vivir feliz en Widow’s Bay, una pequeña isla de Nueva Inglaterra con su puerto pesquero y su ferry, su vieja iglesia, el lejano faro, especialidades gastronómicas y afables vecinos. La comparan con Martha’s Vineyard gracias al trabajo de su alcalde, obsesionado con promocionar su estilo de vida para atraer más turismo. Pero en Widow’s Bay también hay mucha comedia y un pasado muy oscuro que ha condenado durante siglos a los habitantes de la isla. Esta premisa es el punto de partida de la nueva serie original que estrena hoy Apple TV, «La maldición de Widow’s Bay», creada por Katie Dippold y protagonizada por el ganador del Emmy Matthew Rhys.
A 40 millas de la costa, está el pintoresco pueblo de Widow’s Bay. Allí ejerce de alcalde TomLoftis (Rhys), desesperado porque la llegada de riadas de turistas inunde las calles de la isla. Para ello, organiza la visita de un periodista de «The New York Times» para que publique una reseña positiva. Sin embargo, nada más poner un pie en la localidad, ya le han contado dos o tres leyendas negras del lugar. Loftis, viudo y a cargo de su hijo Evan (Kingston Rumi Southwick), se enfrenta a toda la población, que cree que es blando y cobarde. Su máximo enemigo es Wyck (Stephen Root), marino que se las sabe todas y es especialista en causar el pánico intentando tocar la campana o la sirena del puerto, reservada para catástrofes naturales. Tampoco recibe ayuda de su pintoresco equipo de gobierno, con su secretaria, la ancianísima Ruth (K. Callan); su mano derecha, Patricia (Kate O’Flynn); la cotilla Rosemary (Dale Dickey); el sheriff Bechir (Kevin Carroll); y el realmente extraño Dale (Jeff Hiller). Todos remarán en contra del alcalde.
Una vez que parece que ha conseguido atraer más turistas a Widow’s Bay, Loftis se dedica a poner a prueba casi todas las maldiciones que recorren la tradición oral, que incluyen la novia que se arrojó por una ventana el día de su boda; la habitación del capitán que se volvió loco y atacó a su familia con un hacha; la «fea Hortence», el desastre del Año Nuevo de 1962, el «boogie man» atacando estudiantes o el payaso asesino. Pero todo ello solo le llevará a constatar que algo no anda bien en su pueblo y comprueba que algunas cosas, lejos de ser mentira, se desatan de nuevo por el pueblo con los consiguientes sustos mayúsculos. «La maldición de Widow’s Bay» es un simpático compendio entre una película clásica de terror, con sus sustos y sus seres sobrenaturales, pero también es una gran comedia sin pretenderlo. Su creadora ya avisó de que hace muchos años que creó la semilla de la serie y poco a poco fue desnudándola de chistes fáciles para que la propia tensión de la trama creara los más hilarantes momentos de gente normal haciendo de gente normal en situaciones extraordinarias. El pueblo y la situación son tan sumamente absurdos que el espectador se encontrará riéndose en escenas serias y llevándose las manos a la cabeza con las cosas que pasan en pantalla. En un par de episodios se usa el recurso del flashback para que conozcamos de primera mano la historia de Widow’s Bay y su fundador en el año 1702, el misterioso y violento Richard Warren. En plena época colonial, ya circulaba el rumor de que Warren había hecho un pacto con el demonio para salvar al pueblo, y su matrimonio forzado será el comienzo del fin para la familia Warren y cualquier hijo varón nacido en la isla.
La serie, que sin lugar a dudas es ya una de las mejores de 2026, conjuga con maestría el desarrollo magistral de los personajes y su mezcla con una comedia negra muy sutil y dosis de terror inesperadas. Al igual que en papeles anteriores, como «The Americans», Rhys es un valor seguro que hace la interpretación de su vida, marcando él solo el tono de la serie. Hay auténticos momentos de brillantez en los que el actor hace pasar al alcalde de la sorpresa al terror, llegando al pánico y colapsando en situaciones de comedia absurda. El espectador se enganchará rápidamente al misterio, preguntándose si aquello que está viendo es real o tiene que ver con el moho de las paredes. Esa duda nos perseguirá hasta bien mediada la serie, cuando la sucesión de imposibles será una fiesta narrativa con pócimas malignas, asesinos de película de terror de manual y muertos que no lo están tanto. No deberían perderse ningún episodio, pero el cuarto, con Patricia (O’Flynn) organizando una fiesta, tiene reminiscencias de una Shelley Duvall en «El resplandor». El final dejará un sabor agridulce, y no sabemos si esperar otra temporada, pero qué hay mejor que pasar más tiempo en una idílica isla en la que todo puede matarte (también de risa).
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