Hace unos días, en estas mismas páginas, el gran Martín Caparrós escribía que le daba “vergüencita” recordar que sigue habiendo clases. Lo hacía a raíz de esta deriva tan de moda en el debate sobre las generaciones acerca de lo mal que lo tienen los jóvenes de hoy en día, aparentemente por culpa de sus padres y madres que han tenido (y parece que siguen teniendo) una vida de lujo a costa de sus pobres retoños. Las generalizaciones casan mal con la realidad, pero lamentablemente abundan en el discurso público. Una de ellas es la que dice que la ciudad expulsa a los jóvenes, así, sin más, como si el hecho de ser joven hoy constituyera una categoría económica, una clase social específica. Como si por el solo hecho de ser joven, sin apelar a otros atributos, te convirtieras en víctima inmobiliaria, incapaz de pagar los elevados precios de las viviendas en la mayoría de las grandes ciudades de nuestro país. Así, se dice, se denuncia y se tuitea que “los jóvenes” están siendo expulsados de las ciudades, cuando lo cierto es que la ciudad está expulsando a los jóvenes… pobres.
La crisis de la vivienda no es una cuestión de edad, como quieren hacernos creer: es una cuestión de clase social y de dinero
Hace unos días, en estas mismas páginas, el gran Martín Caparrós escribía que le daba “vergüencita” recordar que sigue habiendo clases. Lo hacía a raíz de esta deriva tan de moda en el debate sobre las generaciones acerca de lo mal que lo tienen los jóvenes de hoy en día, aparentemente por culpa de sus padres y madres que han tenido (y parece que siguen teniendo) una vida de lujo a costa de sus pobres retoños. Las generalizaciones casan mal con la realidad, pero lamentablemente abundan en el discurso público. Una de ellas es la que dice que la ciudad expulsa a los jóvenes, así, sin más, como si el hecho de ser joven hoy constituyera una categoría económica, una clase social específica. Como si por el solo hecho de ser joven, sin apelar a otros atributos, te convirtieras en víctima inmobiliaria, incapaz de pagar los elevados precios de las viviendas en la mayoría de las grandes ciudades de nuestro país. Así, se dice, se denuncia y se tuitea que “los jóvenes” están siendo expulsados de las ciudades, cuando lo cierto es que la ciudad está expulsando a los jóvenes… pobres.
El problema de la vivienda está causando estragos en el conjunto de la sociedad, de tal modo que desde hace tiempo aparece como la primera preocupación de la mayoría de la ciudadanía en todos los sondeos, pero afecta especialmente a aquellos que desearían emanciparse, es decir, los jóvenes. Un ejemplo de ello es la edad media de emancipación, que en España se sitúa en los 30 años, significativamente por encima del resto de países europeos. Pueden aducirse cuestiones culturales para explicar esa brecha con nuestros vecinos, además de históricas. También puede señalarse que el retraso en la emancipación de los jóvenes españoles respecto de sus pares del resto de Europa no es nuevo, pero nada de esto soluciona un problema que hoy en día se percibe como de difícil solución.
Lo que sí es nuevo es este enfoque generacional de la problemática, que forma parte de un relato más general, básico y simplón como marcan los cánones de las explicaciones actuales sobre lo que nos pasa como sociedad y en base a un esquema igualmente básico de pobre víctima inocente de un victimario abusador, ambos nítidamente definidos por factores que nada tienen que ver con la economía. Según este relato, la actual generación de jóvenes españoles estaría siendo víctima de la codicia de las generaciones anteriores, que habrían adquirido propiedades inmobiliarias en condiciones muy ventajosas (¿?) y hoy en día estarían acaparando el mercado de la vivienda en las grandes ciudades, impidiendo que la generación joven pueda acceder a él. La maldad boomer no tiene límites, según este relato de buenos buenísimos y malos malísimos en el que brillan por su ausencia tanto la complejidad como los grandes jugadores globales.
En este cuento infantil no hay ricos ni pobres, aparentemente. Solo boomers y los pobres treintañeros, a los que se les llama según la manida clasificación de Howe y Strauss, es decir, millennials y zetas. Clasificación que, por otra parte, se ha adoptado sin que tenga ningún sentido, por pura pereza intelectual. La crisis inmobiliaria se transforma así, por arte de magia, de un conflicto económico de primera magnitud a una riña entre generaciones, a un berrinche doméstico.
Pues bien, lo que señalaba Caparrós lo viene a corroborar una magnífica encuesta sobre el problema de la vivienda que ha publicado recientemente la organización More in Common. Según los datos de la encuesta, sobre una muestra de 5.723 entrevistas representativas de la población española, ciertamente los treintañeros aparecen como un grupo con menos propietarios de una vivienda (56%), claramente por detrás de los jubilados, con más del 80%. Esta diferencia puede deberse a la edad, pero también puede muy bien ser que los jóvenes sean una generación que ve especialmente complicado su acceso a la propiedad.
Ahora bien, la encuesta nos descubre que, siendo esto así, no lo es para todos los jóvenes. Entre los treintañeros que ingresan más de 2.500 euros y viven solos, el 68% es propietario de una vivienda. En cambio, entre los que ingresan menos de 1.500, sólo lo es el 44%. Un diferencial de más de 20 puntos. En el otro extremo, el 19% de los jóvenes con menos ingresos vive con sus padres, por sólo el 8% de los jóvenes más pudientes. Para redondear el cuadro, los datos muestran que el porcentaje de propietarios entre los treintañeros ricos es casi exactamente igual al de propietarios entre los jubilados con menos ingresos (68%).
Ni todos los jóvenes son parias inmobiliarios ni todos los jubilados han tenido una “vida cañón”, como alguien dice. Las generaciones existen, sí, pero no determinan el nivel de vida. Dentro de cada generación hay ricos y pobres, gente que ha vivido y vive bien y gente que las ha pasado canutas. Las generaciones definen valores, horizontes vitales y un cierto aire del tiempo, una huella generacional. Los pisos son otra cosa, que tiene que ver con la herencia, que va por barrios. O mejor dicho, por familias.
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