Es vieja la historia de que los símbolos culturales se transforman y resignifican con el tiempo, pero quizá este fenómeno nunca es tan evidente como cuando un estadio de fútbol se apropia de canciones asociadas a la cultura LGBTQ+ de forma aparentemente inconsciente. La dicotomía es evidente: ¿qué hace el templo de la testosterona cantando melodías históricamente vinculadas a lo gay y a su lucha?
Es vieja la historia de que los símbolos culturales se transforman y resignifican con el tiempo, pero quizá este fenómeno nunca es tan evidente como cuando un estadio de fútbol se apropia de canciones asociadas a la cultura LGBTQ+ de forma aparentemente inconsciente. La dicotomía es evidente: ¿qué hace el templo de la testosterona cantando melodías históricamente vinculadas a lo gay y a su lucha? Seguir leyendo EL PAÍS
