Crítica de ‘La más grande’ (Movistar Plus): el documental que confirma por qué Rocío Jurado sigue siendo un icono irrepetible

«La Niña de los Premios», «La Chipionera» y, por encima de todos, el definitivo: «La más grande». Rocío Jurado acumuló alias a lo largo de su carrera casi al mismo ritmo que devoraba escenarios. Sin embargo, reducir su mito a las partituras es quedarse muy corto. Pocas figuras en la historia de este país han tenido un impacto tan salvaje y transversal; un huracán que no solo redefinió la música, sino que colonizó la prensa rosa, la crónica social y la cultura popular de toda una generación, convirtiéndose en un fenómeno sociológico inabarcable que trascendió por completo el micrófono.

Partiendo de unos humildes orígenes en Chipiona, la intérprete de himnos imperecederos como «Como una ola» o «Se nos rompió el amor» se encargó de dinamitar el rancio arquetipo de la mujer sumisa del tardofranquismo. Lo hizo a base de una fortaleza e independencia salvajes, una garra que no solo la llevó a conquistar España y las Américas hasta convertirse en una deidad, sino a transformarse en el epicentro de una vida mediática hiperbólica. Sus pasionales matrimonios —primero con el boxeador Pedro Carrasco y después con el torero José Ortega Cano— mantuvieron al país en un vilo constante, alimentando una exposición absoluta que tuvo el peor de los desenlaces. En 2006, con solo 62 años, un cáncer de páncreas apagó definitivamente su voz, provocando un luto nacional que demostró que España no solo perdía a una artista, sino a un pedazo de su propia identidad.

Veinte años después de su trágica pérdida, llega a Movistar Plus «La más grande», serie documental que disecciona la vida y carrera de la folclórica. Dirigido por Alexis Morante, que ya ha demostrado pulso a la hora de retratar a grandes mitos de nuestra música como Camarón o Héroes del Silencio, la producción cuenta con un valioso archivo, que incluye las propias memorias de la artista, y los testimonios de su camarilla más íntima, que van desde el compositor Manuel Alejandro hasta sus familiares más directos, con su hija Rocío Carrasco a la cabeza. Todos ellos se encargan de desgranar el mito y poner en perspectiva un legado que, dos décadas después, sigue siendo inalcanzable.

Narrado por la actriz y cantante chilena Daniela Vega —admiradora confesa y reflejo del brutal impacto de la chipionera en el colectivo LGTBIQ+—, el documental arranca con el primero de sus cuatro capítulos intentando dinamitar la fórmula habitual de este tipo de relatos. En su inicio, la serie arriesga mezclando niveles narrativos e introduciendo recursos ficcionales que prometen algo distinto. Sin embargo, ese pulso dura poco. A medida que avanza, la producción se desinfla y se aleja de esa audaz decisión estética para terminar refugiándose en la combinación más clásica de archivo y testimonios.

«La más grande» gana enteros cuanto más se aleja del trillado y sobado terreno de su vida sentimental, del que la prensa rosa ya dio buena cuenta durante décadas. Aupados por el valor de sus memorias, el documental acierta al poner el foco en su relación enfermiza con el trabajo, que rozaba lo pernicioso, en su salud crónicamente maltrecha, y sobre todo, en su constante rebeldía contra los cánones de la época, desafiando la censura franquista a golpe de escotes en televisión. Resulta fascinante esa dualidad entre la fiera empoderada que se comía el escenario y la mujer que bajaba de él: defensora acérrima de la familia y devota absoluta de la Virgen de Regla. El problema es que estos pasajes, con diferencia los más jugosos y ricos del metraje, acaban quedando relegados a un papel demasiado secundario, eclipsados una vez más por el bucle infinito de sus idas y venidas amorosas.

Como suele ocurrir con este tipo de producciones, la serie interesará en la medida exacta en que al espectador le atraiga el personaje. Estamos ante un producto concebido exclusivamente para la hagiografía y la gloria de la artista, un homenaje que evita con pulcritud cualquier atisbo de sombra o terreno pantanoso. Algo del todo predecible, más aún cuando su propia hija, Rocío Carrasco, figura en los créditos como productora. Con todo, los incondicionales de la chipionera disfrutarán de lo lindo con esta revisitación del mito. E incluso para aquellos que miren desde la barrera, el documental cumple su cometido principal: dejar meridianamente claro por qué, dos décadas después de su último adiós, Rocío Jurado sigue siendo considerada «La más grande».

 La serie de Alexis Morante reivindica a la artista que rompió moldes dentro y fuera del escenario, pero acaba cediendo demasiado espacio a su vida sentimental  

«La Niña de los Premios», «La Chipionera» y, por encima de todos, el definitivo: «La más grande». Rocío Jurado acumuló alias a lo largo de su carrera casi al mismo ritmo que devoraba escenarios. Sin embargo, reducir su mito a las partituras es quedarse muy corto. Pocas figuras en la historia de este país han tenido un impacto tan salvaje y transversal; un huracán que no solo redefinió la música, sino que colonizó la prensa rosa, la crónica social y la cultura popular de toda una generación, convirtiéndose en un fenómeno sociológico inabarcable que trascendió por completo el micrófono.

Partiendo de unos humildes orígenes en Chipiona, la intérprete de himnos imperecederos como «Como una ola» o «Se nos rompió el amor» se encargó de dinamitar el rancio arquetipo de la mujer sumisa del tardofranquismo. Lo hizo a base de una fortaleza e independencia salvajes, una garra que no solo la llevó a conquistar España y las Américas hasta convertirse en una deidad, sino a transformarse en el epicentro de una vida mediática hiperbólica. Sus pasionales matrimonios —primero con el boxeador Pedro Carrasco y después con el torero José Ortega Cano— mantuvieron al país en un vilo constante, alimentando una exposición absoluta que tuvo el peor de los desenlaces. En 2006, con solo 62 años, un cáncer de páncreas apagó definitivamente su voz, provocando un luto nacional que demostró que España no solo perdía a una artista, sino a un pedazo de su propia identidad.

Veinte años después de su trágica pérdida, llega a Movistar Plus «La más grande», serie documental que disecciona la vida y carrera de la folclórica. Dirigido por Alexis Morante, que ya ha demostrado pulso a la hora de retratar a grandes mitos de nuestra música como Camarón o Héroes del Silencio, la producción cuenta con un valioso archivo, que incluye las propias memorias de la artista, y los testimonios de su camarilla más íntima, que van desde el compositor Manuel Alejandro hasta sus familiares más directos, con su hija Rocío Carrasco a la cabeza. Todos ellos se encargan de desgranar el mito y poner en perspectiva un legado que, dos décadas después, sigue siendo inalcanzable.

Narrado por la actriz y cantante chilena Daniela Vega —admiradora confesa y reflejo del brutal impacto de la chipionera en el colectivo LGTBIQ+—, el documental arranca con el primero de sus cuatro capítulos intentando dinamitar la fórmula habitual de este tipo de relatos. En su inicio, la serie arriesga mezclando niveles narrativos e introduciendo recursos ficcionales que prometen algo distinto. Sin embargo, ese pulso dura poco. A medida que avanza, la producción se desinfla y se aleja de esa audaz decisión estética para terminar refugiándose en la combinación más clásica de archivo y testimonios.

«La más grande» gana enteros cuanto más se aleja del trillado y sobado terreno de su vida sentimental, del que la prensa rosa ya dio buena cuenta durante décadas. Aupados por el valor de sus memorias, el documental acierta al poner el foco en su relación enfermiza con el trabajo, que rozaba lo pernicioso, en su salud crónicamente maltrecha, y sobre todo, en su constante rebeldía contra los cánones de la época, desafiando la censura franquista a golpe de escotes en televisión. Resulta fascinante esa dualidad entre la fiera empoderada que se comía el escenario y la mujer que bajaba de él: defensora acérrima de la familia y devota absoluta de la Virgen de Regla. El problema es que estos pasajes, con diferencia los más jugosos y ricos del metraje, acaban quedando relegados a un papel demasiado secundario, eclipsados una vez más por el bucle infinito de sus idas y venidas amorosas.

Como suele ocurrir con este tipo de producciones, la serie interesará en la medida exacta en que al espectador le atraiga el personaje. Estamos ante un producto concebido exclusivamente para la hagiografía y la gloria de la artista, un homenaje que evita con pulcritud cualquier atisbo de sombra o terreno pantanoso. Algo del todo predecible, más aún cuando su propia hija, Rocío Carrasco, figura en los créditos como productora. Con todo, los incondicionales de la chipionera disfrutarán de lo lindo con esta revisitación del mito. E incluso para aquellos que miren desde la barrera, el documental cumple su cometido principal: dejar meridianamente claro por qué, dos décadas después de su último adiós, Rocío Jurado sigue siendo considerada «La más grande».

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