“Buscábamos una alternativa en una ciudad tan masificada”: el emocionante libro fotográfico de un padre y un hijo por Madrid

“Molaría que saliéramos los sábados a hacer fotos de arquitectura. Podríamos hacer una especie de guía de Madrid. Así te enseñaría fotografía y aprenderíamos juntos de arquitectura”. La propuesta se la lanzó el fotógrafo Paco Gómez a su hijo Leo, entonces en segundo curso de carrera, una noche cualquiera, mientras cenaban. La respuesta llegó tras unos segundos de silencio: “Molaría muchísimo”.

Seguir leyendo

 “Molaría que saliéramos los sábados a hacer fotos de arquitectura. Podríamos hacer una especie de guía de Madrid. Así te enseñaría fotografía y aprenderíamos juntos de arquitectura”. La propuesta se la lanzó el fotógrafo Paco Gómez a su hijo Leo, entonces en segundo curso de carrera, una noche cualquiera, mientras cenaban. La respuesta llegó tras unos segundos de silencio: “Molaría muchísimo”. Seguir leyendo  

“Molaría que saliéramos los sábados a hacer fotos de arquitectura. Podríamos hacer una especie de guía de Madrid. Así te enseñaría fotografía y aprenderíamos juntos de arquitectura”. La propuesta, lanzada por el fotógrafo Paco Gómez a su hijo Leo, entonces en segundo curso de carrera, tenía algo de juego y algo de pacto. La respuesta llegó tras unos segundos de silencio: “Molaría muchísimo”.

De ese acuerdo surgió Derivas con Leo (Fracaso Books, 2026), un libro financiado mediante crowdfunding en el que Paco Gómez hace todo: fotografía, escribe, maqueta y distribuye. “Me gusta estar al margen de la industria literaria”, explica. Derivas con Leo no quiere ser un libro ni de fotografía ni de arquitectura. En sus páginas no hay voluntad de construir un catálogo de edificios ni de fijar una imagen perfecta de la ciudad. Tampoco de explicar la arquitectura desde dentro, con el aparato teórico habitual. “No nos interesa dar nuestra opinión sobre si un edificio nos parece bueno o malo”, nos cuenta Leo, “lo que queremos es ensayar y aprender otra forma de mirar”. Para su padre, es algo más personal: “Con este proyecto buscábamos una forma alternativa de ocio. En una ciudad tan masificada y llena de turistas como Madrid, es alucinante poder ir a un sitio y estar completamente solo. En realidad, la arquitectura es una excusa para pasar un sábado por la mañana con mi hijo”, confiesa.

A lo largo de diez derivas —y cinco interludios que funcionan como pausas o cambios de ritmo— padre e hijo recorren Madrid, con sol y con lluvia. La voluntad de moverse por la ciudad sin un objetivo del todo claro, dejándose llevar por intuiciones o simplemente por lo que aparece al doblar una esquina, se apoya en pequeñas liturgias —como la compra de un cactus al final de cada jornada— que convierten el paseo en método. Por eso, las fotos de Paco y Leo reflejan más la deriva que la arquitectura. “No nos interesa la producción, ni las fotos perfectas, ni tener que hacer diez llamadas de teléfono para que nos abran un edificio un mes antes de visitarlo”, comenta Gómez. “Preferimos la improvisación, llegar a los sitios sin saber qué nos vamos a encontrar. Salir en busca de aventuras, como Don Quijote y Sancho”.

Gran parte de las fotos del libro están realizadas con una cámara de placas —una máquina “especialista en captar sueños”, escribe Gómez—, acaso una quijotada en tiempos de fotografía digital instantánea y de altísima resolución. “Lo mejor de la cámara de placas es que te obliga a mirar, a discutir, a enmarcar al revés… La observación se multiplica por diez”, nos cuenta el fotógrafo. “Esto se aplica a la fotografía y a todo en la vida: uno tiene que aprender a buscar un punto de vista y posicionarse.”

No es de extrañar que Paco y Leo retraten un Madrid que coincide sólo en parte con el de las guías oficiales. Visitan algunos de los edificios clásicos de la mejor arquitectura madrileña del siglo pasado, tales como el frontón Beti Jai, la Colonia de la Prensa de Carabanchel, las Torres Blancas de Javier Sáenz de Oiza, la Casa de las Flores de Secundino Zuazo, la Corona de Espinas de Fernando Higueras y Antonio Miró, la central telefónica de La Concepción de Julio Cano Lasso, o la casa Huarte de Corrales y Molezún; así como otros del siglo presente, como la Casa Rotonda de Alberto Campo Baeza, el Mercado Barceló de Nieto y Sobejano, el Museo ABC de Aranguren y Gallegos, o el colorido edificio de viviendas de protección pública de Amann, Cánovas y Maruri, por citar sólo algunos ejemplos.

A este repertorio consensuado se suman bloques residenciales en Carabanchel. “Estaba claro que el futuro empezaba allí”, escribe Gómez con una mezcla de ironía y convicción tras visitar varios edificios de vivienda social construidos durante los años heroicos de la Empresa Municipal de la Vivienda de Madrid. La basílica del Valle de Cuelgamuros, iglesias de barrio, ruinas contemporáneas como el Viaducto del Aire en Ciudad Universitaria o incluso el fantasma de la Pagoda de Miguel Fisac. “Ojalá nadie les alquilase nunca las oficinas”, escribe Paco Gómez cuando ve el anodino edificio que ocupa su lugar. “Ojalá les pasase como a esos dueños de locales de Malasaña que suben desmesuradamente los precios del alquiler, echan a los comerciantes y luego tienen los locales vacíos durante años porque nadie puede pagar lo que piden”.

No hay jerarquías rígidas ni voluntad de canon, sino una mirada que entiende el entorno construido como un continuo donde lo excepcional y lo cotidiano conviven sin fricción. Por eso, en sus derivas también hay espacio para objetos urbanos aparentemente insignificantes: una bandera de España colocada sobre el balcón del Edificio Bambú de FOA (Foreign Office Architects) —“supongo que la ha puesto con la buena intención de geolocalizar el lugar para los viajeros despistados”, escribe Gómez con sorna—, un poste de teléfono de madera que sobrevive como “único testigo de otra época”, las Torres de Colón reducidas a su esqueleto estructural y completamente cubiertas por andamios, una Vespa aparcada frente a las viviendas de la calle Monte Esquinza de Javier Carvajal o un coche de policía en la entrada del Edificio Bioter de Miguel Fisac, hoy reconvertido en embajada de Indonesia. Frente a la ciudad monumental o turística, aquí aparece otra más porosa y contradictoria, hecha de capas superpuestas y lecturas abiertas. Un Madrid que no se agota en sus iconos ni en su centro histórico, y que se redescubre cada día en nuestra capacidad personal para establecer conexiones imprevistas.

Esa manera de recorrer y de fotografiar la ciudad se traduce también en una forma muy particular de hablar de arquitectura. Lejos del lenguaje técnico o de las descripciones crípticas propias de la disciplina, Gómez recurre constantemente a comparaciones inesperadas que desactivan cualquier tentación de solemnidad. Por ejemplo, el Cine Barceló de Luis Gutiérrez Soto aparece como “el busto de un héroe helénico cuyo rostro es agitado por el viento”; la torre del Banco de Bilbao de Sáenz de Oiza es como Jon Kortajarena, que “parece que nunca envejece”; el Edificio Castelar de Rafael de La-Hoz y Gerardo Olivares “es como un farolillo volador chino a punto de elevarse hacia el cielo”; y la iglesia del Buen Suceso en Argüelles, revestida de acero inoxidable, se rebautiza como “Nuestra Señora de Magefesa”, en homenaje a “la olla exprés que teníamos todos en casa”.

No es casual que esa misma actitud se extienda a los mitos modernos. Cuando Gómez escribe que al ver una Lounge Chair Wood (LCW) de los Eames piensa en el dolor de espalda que le provocaría sentarse en ella, no sólo introduce una nota de humor, sino que desplaza el foco desde la admiración abstracta hacia la experiencia corporal. Más allá de lo cómico, estas asociaciones reflejan una toma de posición que busca acercar la arquitectura a un terreno reconocible, incluso cotidiano. Derivas con Leo propone una lectura abierta, donde la arquitectura puede entenderse desde el contacto directo o la cultura popular para de este modo dejar de ser una fortaleza reservada para los expertos y convertirla en una plaza pública en la que el lector no necesita conocimientos previos para entrar.

En el fondo, lo que los Gómez ponen en cuestión no es tanto la arquitectura como la manera en que la miramos y la contamos. “Lo flipante que tiene la arquitectura es que emociona”, explica Paco. “Cuando entras a algunos edificios se despiertan sensaciones que sólo tienes con la buena literatura o el cine”. Quizá por eso, su libro evita cualquier conclusión rotunda, más allá de que, como dice Leo, “a mí ahora me cuesta sacar el móvil y hacer una foto rápida, sin pensar. Necesito recorrer el edificio, mirarlo… necesito tiempo”. “Con este libro aprendimos a fracasar”, añade su padre. “Algunas fotografías no salen a la primera. Ni a la segunda. A veces, las mejores fotos son las que no se hacen”. Seguramente el ejemplo más bello de estos “fracasos” sea deslizar una placa velada entre dos lanchas de mármol de la zapatería en la calle Jorge Juan de Paco Alonso, “una acción de terrorismo poético absolutamente improvisada y de la que me siento muy orgulloso”, dice Paco Gómez. Esa foto en blanco es una invitación: a mirar de otro modo, a detenerse, a aceptar que la ciudad no se agota en sus imágenes más conocidas.

Salgan a la calle y miren.

 EL PAÍS 

Noticias Similares