Asesinos, médicos y ladrones de cadáveres: así se mataba en el siglo XIX

Los senderos del conocimiento son tan inescrutables como retorcidos. Puede parecer increíble en pleno siglo XXI que para llegar al actual grado de perfección en la medicina quirúrgica, capaz hoy de milagrosos trasplantes y operaciones asombrosas, fuera necesario un tiempo en el que médicos y anatomistas se vieran asociados con ladrones de tumbas y asesinos a sangre fría, procedentes de los estratos más miserables de los bajos fondos. Pero así fue, al menos en Inglaterra, Escocia e Irlanda, durante buena parte del primer tercio del siglo XIX.

Mientras en el resto de Europa, pese a siglos de arduo combate entre los prejuicios religiosos y los avances científicos del Renacimiento y la Ilustración, con sus mártires incluidos, la mayoría de países habían autorizado y regulado el estudio de la anatomía en universidades y colegios médicos, asegurando un suministro legal de cadáveres para su disección didáctica, en las Islas Británicas seguía siendo prácticamente un tabú. Estaba limitado a un abastecimiento mínimo, generalmente de cuerpos de asesinos ejecutados, que hacía poco menos que imposible la enseñanza de la anatomía humana y menos aún su aplicación práctica en la curación de heridas, traumas y enfermedades relacionadas con ella. O sea: casi todas.

La simple idea de diseccionar un cuerpo humano repugnaba tanto a las clases populares como a gran parte de la burguesía y la aristocracia, tras siglos de adoctrinamiento religioso bíblico, puritano y calvinista. ¿Cómo podría realizarse un día la resurrección de la carne, si el cuerpo dejado atrás había sido seccionado, expuesto y disecado o con sus miembros conservados en alcohol por separado? ¡Blasfemia! Los profesores y estudiantes de medicina en las Islas Británicas habían de conformarse con cadáveres de animales, más el parco suministro autorizado. Y eso, contra la opinión popular y el poderoso clero.

Pero los médicos necesitaban cuerpos. ¿Cómo amputar, cómo coser, cómo recomponer un hueso, operar un tumor o extraer una bala sin conocer el delicado y complejo mecanismo del cuerpo humano de primera mano? Surgió así una nueva profesión infame y criminal, vergüenza de la sociedad de su tiempo: los “resurreccionistas”.

Su historia es el eje de «Ladrones de cadáveres» (El Desvelo Ediciones). Un oscuro clásico del escritor, médico y oftalmólogo estadounidense James Moores Ball (1863-1929), quien un año antes de su muerte publicó este fascinante estudio que une medicina, sociología y crimen real, en un apasionante, entretenido y a ratos escalofriante recorrido por la historia de la anatomía, centrado en las hazañas de los así llamados en su día “resurreccionistas”. Ladrones de cadáveres que profanaban tumbas y cementerios, para vender secretamente cuerpos humanos que los profesores pudieran diseccionar, utilizándolos en la enseñanza a futuros miembros de la profesión.

Ladrones de cadáveres y asesinos

Como si la existencia de estas mafias que ocupaban el último y más penoso eslabón del mundo del hampa, odiadas y temidas por las buenas gentes de Inglaterra, no fuera suficiente para cebar el odio y la sospecha de clero y populacho hacia médicos y cirujanos, no faltaron quienes ante la dificultad de asaltar camposantos cada vez más vigilados, decidieron que existía otra forma menos arriesgada de proveer a estos de material fresco y por tanto más valioso: el asesinato.

Buena parte del libro de Ball está consagrada al que fuera más famoso e infame caso de (falsos) “resurreccionistas” asesinos del siglo XIX: los crímenes de Burke y Hare. En 1828, a lo largo de casi un año, en la culta ciudad escocesa de Edimburgo, William Burke y su socio William Hare se dedicaron a suministrar al anatomista Robert Knox, uno de los hombres más sabios de su tiempo, de ejemplares humanos sin vida pero muy fresquitos, que procedían de sus ruines asesinatos nocturnos. Entre la niebla, suciedad y oscuridad de las calles de los suburbios y arrabales del pecado de Edimburgo, Burke y Hare, con la complicidad de la esposa de este último, engatusaban a prostitutas, ancianas y alcohólicos, los llevaban a una discreta habitación, los emborrachaban y Burke procedía a asfixiarlos, con tanto tino que “burkizar” se convertiría en sinónimo de asfixiar hasta la muerte, en el argot del hampa inglesa.

Detenidos y juzgados la víspera de Navidad de 1828, su caso arrastraría a la desgracia al Dr. Knox, bajo sospecha de conocer la procedencia de sus ejemplares de estudio, llamando la atención de Robert Louis Stevenson, a quien inspiró su relato “El ladrón de cadáveres” (1884), llevado al cine en 1945; de Marcel Schowb, que les dedicó un capítulo de sus «Vidas imaginarias» (1896); del historiador George MacGregor, autor de «The History of Burke and Hare» (1884) e incluso del poeta Dylan Thomas, que por encargo de su amigo Donald Taylor escribiría el guion cinematográfico «El doctor y los demonios» en 1953, que no sería llevado a la pantalla hasta 1985.

El cine aprovecharía al máximo este macabro episodio donde ciencia y asesinato se mezclan de forma inextricable en el gótico escenario del Edimburgo georgiano. Además de los films citados: «The Greed of William Hart» (1948), protagonizada por el rey del terror inglés Tod Slaughter; «La carne y el demonio» (1960), dirigida por John Gilling, habitual de la Hammer; la sicalíptica «Burke & Hare» (1972), llena de humor negro; y más recientemente la fallida comedia Burke & Hare (2010) de un John Landis en baja forma. Como personajes legendarios del gótico británico, hacen también su aparición en la delirante producción Hammer «Dr. Jekyll y su hermana Hyde» (1971), formando parte del mismo paisaje que Drácula o Jack el Destripador.

Moraleja inmortal

El libro de Ball no solo narra las actividades de Burke y Hare, así como las menos criminales pero no menos siniestras de los “resurreccionistas”, sino que pone el dedo en la llaga cuando nos recuerda que fue gracias a los asesinatos de esta pareja homicida que se aprobó, finalmente, en 1832 el Acta de Anatomía, que abolía la costumbre de enviar condenados a muerte a la mesa de disección, autorizaba legalmente la autopsia de cadáveres en escuelas médicas y universidades, asegurando el abastecimiento legal de cuerpos destinados a su estudio anatómico. Así, desaparecieron los “resurreccionistas”.

Para llegar a ello hubo que esperar a los crímenes de Burke y Hare y convertir al Dr. Knox en chivo expiatorio, a causa de prejuicios profundamente integrados en las leyes del país. ¿Ocurre hoy algo similar en torno a la legislación sobre la investigación con células madre? ¿Se están creando debido a su prohibición en algunos países mafias dedicadas al fraude y a tratamientos “milagrosos” sin garantía sanitaria alguna? Si la prohibición de la disección frenó los avances de la cirugía en Gran Bretaña durante décadas y produjo la aparición de “resurreccionistas” y asesinos; si la prohibición del alcohol en los Estados Unidos en 1919 fomentó la aparición del crimen organizado, que vino con ella para quedarse tras su abolición… ¿Cómo sería un mundo donde las drogas o la prostitución fueran legales y reguladas por el estado? Tal vez, no serían el reino de nuevos Burke & Hare omnipotentes, como lo son hoy día.

 La publicación de «Ladrones de cadáveres» de James Moores Ball resucita los espectros de Burke y Hare, resurreccionistas y asesinos   

Los senderos del conocimiento son tan inescrutables como retorcidos. Puede parecer increíble en pleno siglo XXI que para llegar al actual grado de perfección en la medicina quirúrgica, capaz hoy de milagrosos trasplantes y operaciones asombrosas, fuera necesario un tiempo en el que médicos y anatomistas se vieran asociados con ladrones de tumbas y asesinos a sangre fría, procedentes de los estratos más miserables de los bajos fondos. Pero así fue, al menos en Inglaterra, Escocia e Irlanda, durante buena parte del primer tercio del siglo XIX.

Mientras en el resto de Europa, pese a siglos de arduo combate entre los prejuicios religiosos y los avances científicos del Renacimiento y la Ilustración, con sus mártires incluidos, la mayoría de países habían autorizado y regulado el estudio de la anatomía en universidades y colegios médicos, asegurando un suministro legal de cadáveres para su disección didáctica, en las Islas Británicas seguía siendo prácticamente un tabú. Estaba limitado a un abastecimiento mínimo, generalmente de cuerpos de asesinos ejecutados, que hacía poco menos que imposible la enseñanza de la anatomía humana y menos aún su aplicación práctica en la curación de heridas, traumas y enfermedades relacionadas con ella. O sea: casi todas.

La simple idea de diseccionar un cuerpo humano repugnaba tanto a las clases populares como a gran parte de la burguesía y la aristocracia, tras siglos de adoctrinamiento religioso bíblico, puritano y calvinista. ¿Cómo podría realizarse un día la resurrección de la carne, si el cuerpo dejado atrás había sido seccionado, expuesto y disecado o con sus miembros conservados en alcohol por separado? ¡Blasfemia! Los profesores y estudiantes de medicina en las Islas Británicas habían de conformarse con cadáveres de animales, más el parco suministro autorizado. Y eso, contra la opinión popular y el poderoso clero.

Pero los médicos necesitaban cuerpos. ¿Cómo amputar, cómo coser, cómo recomponer un hueso, operar un tumor o extraer una bala sin conocer el delicado y complejo mecanismo del cuerpo humano de primera mano? Surgió así una nueva profesión infame y criminal, vergüenza de la sociedad de su tiempo: los “resurreccionistas”.

Su historia es el eje de «Ladrones de cadáveres» (El Desvelo Ediciones). Un oscuro clásico del escritor, médico y oftalmólogo estadounidense James Moores Ball (1863-1929), quien un año antes de su muerte publicó este fascinante estudio que une medicina, sociología y crimen real, en un apasionante, entretenido y a ratos escalofriante recorrido por la historia de la anatomía, centrado en las hazañas de los así llamados en su día “resurreccionistas”. Ladrones de cadáveres que profanaban tumbas y cementerios, para vender secretamente cuerpos humanos que los profesores pudieran diseccionar, utilizándolos en la enseñanza a futuros miembros de la profesión.

Ladrones de cadáveres y asesinos

Como si la existencia de estas mafias que ocupaban el último y más penoso eslabón del mundo del hampa, odiadas y temidas por las buenas gentes de Inglaterra, no fuera suficiente para cebar el odio y la sospecha de clero y populacho hacia médicos y cirujanos, no faltaron quienes ante la dificultad de asaltar camposantos cada vez más vigilados, decidieron que existía otra forma menos arriesgada de proveer a estos de material fresco y por tanto más valioso: el asesinato.

Retrato de William Hare, cuya mujer, Margaret Laird, era cómplice de los asesinatos

Buena parte del libro de Ball está consagrada al que fuera más famoso e infame caso de (falsos) “resurreccionistas” asesinos del siglo XIX: los crímenes de Burke y Hare. En 1828, a lo largo de casi un año, en la culta ciudad escocesa de Edimburgo, William Burke y su socio William Hare se dedicaron a suministrar al anatomista Robert Knox, uno de los hombres más sabios de su tiempo, de ejemplares humanos sin vida pero muy fresquitos, que procedían de sus ruines asesinatos nocturnos. Entre la niebla, suciedad y oscuridad de las calles de los suburbios y arrabales del pecado de Edimburgo, Burke y Hare, con la complicidad de la esposa de este último, engatusaban a prostitutas, ancianas y alcohólicos, los llevaban a una discreta habitación, los emborrachaban y Burke procedía a asfixiarlos, con tanto tino que “burkizar” se convertiría en sinónimo de asfixiar hasta la muerte, en el argot del hampa inglesa.

Retrato de William Burke

Detenidos y juzgados la víspera de Navidad de 1828, su caso arrastraría a la desgracia al Dr. Knox, bajo sospecha de conocer la procedencia de sus ejemplares de estudio, llamando la atención de Robert Louis Stevenson, a quien inspiró su relato “El ladrón de cadáveres” (1884), llevado al cine en 1945; de Marcel Schowb, que les dedicó un capítulo de sus «Vidas imaginarias» (1896); del historiador George MacGregor, autor de «The History of Burke and Hare» (1884) e incluso del poeta Dylan Thomas, que por encargo de su amigo Donald Taylor escribiría el guion cinematográfico «El doctor y los demonios» en 1953, que no sería llevado a la pantalla hasta 1985.

El cine aprovecharía al máximo este macabro episodio donde ciencia y asesinato se mezclan de forma inextricable en el gótico escenario del Edimburgo georgiano. Además de los films citados: «The Greed of William Hart» (1948), protagonizada por el rey del terror inglés Tod Slaughter; «La carne y el demonio» (1960), dirigida por John Gilling, habitual de la Hammer; la sicalíptica «Burke & Hare» (1972), llena de humor negro; y más recientemente la fallida comedia Burke & Hare (2010) de un John Landis en baja forma. Como personajes legendarios del gótico británico, hacen también su aparición en la delirante producción Hammer «Dr. Jekyll y su hermana Hyde» (1971), formando parte del mismo paisaje que Drácula o Jack el Destripador.

Moraleja inmortal

El libro de Ball no solo narra las actividades de Burke y Hare, así como las menos criminales pero no menos siniestras de los “resurreccionistas”, sino que pone el dedo en la llaga cuando nos recuerda que fue gracias a los asesinatos de esta pareja homicida que se aprobó, finalmente, en 1832 el Acta de Anatomía, que abolía la costumbre de enviar condenados a muerte a la mesa de disección, autorizaba legalmente la autopsia de cadáveres en escuelas médicas y universidades, asegurando el abastecimiento legal de cuerpos destinados a su estudio anatómico. Así, desaparecieron los “resurreccionistas”.

Para llegar a ello hubo que esperar a los crímenes de Burke y Hare y convertir al Dr. Knox en chivo expiatorio, a causa de prejuicios profundamente integrados en las leyes del país. ¿Ocurre hoy algo similar en torno a la legislación sobre la investigación con células madre? ¿Se están creando debido a su prohibición en algunos países mafias dedicadas al fraude y a tratamientos “milagrosos” sin garantía sanitaria alguna? Si la prohibición de la disección frenó los avances de la cirugía en Gran Bretaña durante décadas y produjo la aparición de “resurreccionistas” y asesinos; si la prohibición del alcohol en los Estados Unidos en 1919 fomentó la aparición del crimen organizado, que vino con ella para quedarse tras su abolición… ¿Cómo sería un mundo donde las drogas o la prostitución fueran legales y reguladas por el estado? Tal vez, no serían el reino de nuevos Burke & Hare omnipotentes, como lo son hoy día.

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