Los clichés de la propaganda generada en la Guerra Civil siguen muy vigentes en el recuerdo de la contienda noventa años después. Me refiero principalmente a las imágenes estereotipadas de la absoluta adhesión de los combatientes de ambos bandos a las ideas y visiones con que cada contendiente trataba de justificar su lucha contra el enemigo.
Un tópico que se desmonta fácilmente con un hecho irrefutable: los dos Españas tuvieron que recurrir a las pocas semanas del inicio del conflicto al reclutamiento forzoso por carecer de efectivos, pese a la imagen idealizada y falsa de una enorme movilización de voluntarios, cuando en octubre de 1936 apenas sumaban en torno a 100.000 en cada bando en un país con una población de cerca de 25 millones de habitantes. De ahí que en ambas zonas madrugara la llamada a filas de los reclutas forzosos. Las cajas de recluta, divididas exactamente entre ambas zonas, 30 por cada una, comenzaron a funcionar a pleno rendimiento en agosto de 1936 en la zona sublevada y en septiembre en la gubernamental.
Entre los 18 y los 45 años
Desde entonces y hasta el final de la guerra, el bando republicano movilizaría un total de 26 reemplazos, de edades comprendidas entre los 18 y los 45 años. El bando franquista llamaría a filas a 15 reemplazos, con edades entre los 18 y los 33 años. Hablamos de 1,3 millones de efectivos en la España republicana y 1,2 millones en la franquista, lo que hace un total de 2,5 millones, cuando el potencial de reclutamiento de todas las quintas movilizadas en la contienda ascendía a 5 millones de combatientes. Esto significa que uno de cada dos españoles en edad de ser llamados a filas en la Guerra Civil se negó a empuñar el fusil, ya fuera por motivos legales o no, como huir al extranjero, pretextar falsas enfermedades, encontrar un enchufe en retaguardia o, simplemente, esconderse en su casa o en el monte para evitar el alistamiento.
La recluta obligatoria, como la pesca de arrastre, arramplaba con todo: desde combatientes que simpatizaban con la causa que les movilizaba a los que eran abiertamente contrarios, pero disimulaban. Aparte de la obligada lealtad geográfica, la inmensa mayoría de los quintos eran indiferentes política e ideológicamente o desconocían las motivaciones para la lucha del ejército que lo había reclutado, lo que constituyó una grave preocupación para ambos bandos.
El problema de los «indiferentes» sería abordado por «Octubre», periódico de la 30.ª Brigada Mixta, en marzo de 1937, señalando que eran combatientes «sin ninguna preocupación por el resultado final de la guerra. Tenemos que interesarlos por nuestra causa, no podemos consentir [que] vengan a luchar a nuestro lado sin que ansíen el triunfo total del Pueblo».
Imitación del modelo militar soviético
El Gobierno del socialista Francisco Largo Caballero afrontó ese problema mediante la implantación en octubre de 1936 de la figura del comisario político en el nuevo Ejército Popular, a imitación del modelo militar soviético. Al explicar las razones para la creación del comisariado político, un boletín de la 25.ª División republicana reconocía que una de ellas era «el arduo problema» del «ingreso en filas de los nuevos reclutas, faltos de convicciones».
Entre las funciones del comisario político, como señalaría a principios de 1937 el comisario Francisco Antón, pareja de Dolores Ibárruri, «Pasionaria», estaba la de «hacer comprender hasta el último de sus hombres el porqué de la lucha».
La labor política de los comisarios en las unidades republicanas tuvo que enfrentarse al problema del analfabetismo. Un comisario de la 18.ª Brigada Mixta reconocía en «La Voz del Combatiente», diario del Comisariado de Guerra, que un 80 por ciento de los nuevos reclutas llegados a su batallón, en su mayoría campesinos, no sabían leer ni escribir.
La falta de formación de los combatientes dificultaba el adoctrinamiento, como señalaba el comisario de la 6.ª Brigada Mixta, Luis Delage: «A los nuevos reclutas hay que exponerles el abecé político. Con ellos hay que modificar hasta el lenguaje, ya que existirán conceptos como el de Frente Popular, guerra de invasión…, cuyo verdadero significado muchos no comprenderían».
Avanzada la guerra, la falta de compromiso de los nuevos reclutas, lejos de aminorarse, se acrecentó. Un informe del auditor de guerra del Ejército de Extremadura republicano señalaba a mediados de 1938 la dificultad de sostener el ánimo combativo de una unidad ante «la falta de disciplina y preparación política en las fuerzas con que se va a constituir, acostumbrados en una existencia anterior a vida plácida y tranquila».
Ajenos a la realidad
Un comisario de la 27.ª Brigada Mixta reconocía a finales de 1938, al referirse a los novatos, que «todavía hay algunos que continúan sin darse cuenta de lo que significa la guerra que estamos sosteniendo y siguen con una moral muy baja». Algunos mandos achacaban a la incorporación de quintos la desmoralización en sus unidades. Así el jefe del V Cuerpo de Ejército republicano, teniente coronel Juan Perea, denunciaba que la moral de un batallón «no alcanza aquella altura que demanda nuestra lucha, seguramente por tratarse de fuerzas pertenecientes a los últimos llamamientos casi en su totalidad».
Santiago Álvarez, comisario de la 11.ª División comandada por Enrique Líster, reconoció antes del ataque sobre Teruel que tuvo que afrontar la llegada de «más de dos mil reclutas recientemente incorporados, en su mayoría indiferentes políticamente».
La situación no era distinta en el bando franquista. Un informe enviado al general Fidel Dávila, jefe del Ejército del Norte, constataba la llegada al frente en agosto de 1938 de una remesa de quintos de las Baleares «con moral muy deprimida, sin que en ellos se manifieste simpatía por el Glorioso Movimiento Nacional».
Estas situaciones llevaron a algunos mandos franquistas a valorar la implantación en sus filas de alguna figura parecida al comisariado establecida en el bando contrario, para que se realizara una labor política con los nuevos reclutas.
Así lo proponía en mayo de 1937 el 5.º Cuerpo de Ejército, destinado en Aragón, que achacaba las deserciones a que «gran número de soldados llamados a filas no sienten el movimiento, y no lo sienten porque no lo conocen, y no lo conocen porque no se hace propaganda cerca de ellos».
El mismo informe alababa «la enorme labor que los Comisarios Políticos Rojos hacen a la inmediación de sus combatientes, con una propaganda incesante de
sus ideas». Y concluía relatando «que cuando se pasan al campo rojo algunos de nuestros soldados, son interrogados a su llegada por los Comisarios Políticos, los cuales no salen de su asombro al comprobar que ninguno de ellos está enterado del significado del movimiento nuestro».
Problemas comunes
La falta de instrucción militar era también uno de los problemas comunes de los nuevos combatientes incorporados a primera línea en ambos bandos. Las quejas de la oficialidad por la insuficiente preparación bélica de los reclutas eran recurrentes en ambas trincheras.
Antes de la ofensiva de Belchite, Antonio Cordón, jefe del Estado Mayor del Ejército del Este republicano, denunció que «a las unidades habían sido agregados últimamente para reponer las bajas causadas por la operación de Brunete contingentes de reclutas no fogueados, con escasa instrucción militar». Pero su fórmula para preparar a los reclutas ante la batalla se limitaba a que «se hiciera una intensa preparación moral y psicológica» sobre ellos.
Después de la batalla de Teruel, un informe enviado por el Ejército de Levante a las autoridades republicanas reconoció que se habían nutrido los combates con nuevos quintos «sin siquiera haber hecho un día de prácticas de tiro y sin haber llegado a manejar el fusil reglamentario».
El cuartel general de Franco también recibía continuas quejas de los mandos por considerar «insuficiente la instrucción de los nuevos contingentes que se les envían para cubrir bajas». A principios de 1938, Franco ordenó que se respetara el tiempo de instrucción, que era de veintiún días, pero meses después se repitieron las protestas de los mandos porque los reclutas llegaban a primera línea sin conocer apenas el manejo del fusil.
Maquinaria trituradora
El responsable de movilización e instrucción, el general Luis Orgaz, fue nuevamente requerido por Burgos para que resolviera el problema, pero se limitó a contestar que era tal «la avidez de los frentes» que los centros de reclutas se vaciaban a toda prisa sin que se cumplieran los plazos y programas de instrucción.
La necesidad de alimentar la máquina trituradora del frente llevó a ambos bandos a reclutar nuevos combatientes sin ningún entusiasmo por sus causas y además sin preparación militar. Se puede decir sin ambages que en la Guerra Civil los «hunos» y los «hotros» enviaron al frente auténtica «carne de cañón».
Conviene recordar siempre esta cruda realidad, pero más en estos tiempos en que se estila una funesta idealización de la contienda en aras de un abyecto oportunismo político.
*Pedro Corral es autor de «Desertores» y «Cómicos en guerra».
Las quejas de la oficialidad de ambos bandos por la ignorancia o indiferencia de los nuevos reclutas hacia sus respectivas causas, así como su falta de instrucción militar, revelan una visión crudamente realista del conflicto
Los clichés de la propaganda generada en la Guerra Civil siguen muy vigentes en el recuerdo de la contienda noventa años después. Me refiero principalmente a las imágenes estereotipadas de la absoluta adhesión de los combatientes de ambos bandos a las ideas y visiones con que cada contendiente trataba de justificar su lucha contra el enemigo.
Un tópico que se desmonta fácilmente con un hecho irrefutable: los dos Españas tuvieron que recurrir a las pocas semanas del inicio del conflicto al reclutamiento forzoso por carecer de efectivos, pese a la imagen idealizada y falsa de una enorme movilización de voluntarios, cuando en octubre de 1936 apenas sumaban en torno a 100.000 en cada bando en un país con una población de cerca de 25 millones de habitantes. De ahí que en ambas zonas madrugara la llamada a filas de los reclutas forzosos. Las cajas de recluta, divididas exactamente entre ambas zonas, 30 por cada una, comenzaron a funcionar a pleno rendimiento en agosto de 1936 en la zona sublevada y en septiembre en la gubernamental.
Entre los 18 y los 45 años
Desde entonces y hasta el final de la guerra, el bando republicano movilizaría un total de 26 reemplazos, de edades comprendidas entre los 18 y los 45 años. El bando franquista llamaría a filas a 15 reemplazos, con edades entre los 18 y los 33 años. Hablamos de 1,3 millones de efectivos en la España republicana y 1,2 millones en la franquista, lo que hace un total de 2,5 millones, cuando el potencial de reclutamiento de todas las quintas movilizadas en la contienda ascendía a 5 millones de combatientes. Esto significa que uno de cada dos españoles en edad de ser llamados a filas en la Guerra Civil se negó a empuñar el fusil, ya fuera por motivos legales o no, como huir al extranjero, pretextar falsas enfermedades, encontrar un enchufe en retaguardia o, simplemente, esconderse en su casa o en el monte para evitar el alistamiento.
La recluta obligatoria, como la pesca de arrastre, arramplaba con todo: desde combatientes que simpatizaban con la causa que les movilizaba a los que eran abiertamente contrarios, pero disimulaban. Aparte de la obligada lealtad geográfica, la inmensa mayoría de los quintos eran indiferentes política e ideológicamente o desconocían las motivaciones para la lucha del ejército que lo había reclutado, lo que constituyó una grave preocupación para ambos bandos.
El problema de los «indiferentes» sería abordado por «Octubre», periódico de la 30.ª Brigada Mixta, en marzo de 1937, señalando que eran combatientes «sin ninguna preocupación por el resultado final de la guerra. Tenemos que interesarlos por nuestra causa, no podemos consentir [que] vengan a luchar a nuestro lado sin que ansíen el triunfo total del Pueblo».
Imitación del modelo militar soviético
El Gobierno del socialista Francisco Largo Caballero afrontó ese problema mediante la implantación en octubre de 1936 de la figura del comisario político en el nuevo Ejército Popular, a imitación del modelo militar soviético. Al explicar las razones para la creación del comisariado político, un boletín de la 25.ª División republicana reconocía que una de ellas era «el arduo problema» del «ingreso en filas de los nuevos reclutas, faltos de convicciones».
Entre las funciones del comisario político, como señalaría a principios de 1937 el comisario Francisco Antón, pareja de Dolores Ibárruri, «Pasionaria», estaba la de «hacer comprender hasta el último de sus hombres el porqué de la lucha».
La labor política de los comisarios en las unidades republicanas tuvo que enfrentarse al problema del analfabetismo. Un comisario de la 18.ª Brigada Mixta reconocía en «La Voz del Combatiente», diario del Comisariado de Guerra, que un 80 por ciento de los nuevos reclutas llegados a su batallón, en su mayoría campesinos, no sabían leer ni escribir.
La falta de formación de los combatientes dificultaba el adoctrinamiento, como señalaba el comisario de la 6.ª Brigada Mixta, Luis Delage: «A los nuevos reclutas hay que exponerles el abecé político. Con ellos hay que modificar hasta el lenguaje, ya que existirán conceptos como el de Frente Popular, guerra de invasión…, cuyo verdadero significado muchos no comprenderían».
Avanzada la guerra, la falta de compromiso de los nuevos reclutas, lejos de aminorarse, se acrecentó. Un informe del auditor de guerra del Ejército de Extremadura republicano señalaba a mediados de 1938 la dificultad de sostener el ánimo combativo de una unidad ante «la falta de disciplina y preparación política en las fuerzas con que se va a constituir, acostumbrados en una existencia anterior a vida plácida y tranquila».
Ajenos a la realidad
Un comisario de la 27.ª Brigada Mixta reconocía a finales de 1938, al referirse a los novatos, que «todavía hay algunos que continúan sin darse cuenta de lo que significa la guerra que estamos sosteniendo y siguen con una moral muy baja». Algunos mandos achacaban a la incorporación de quintos la desmoralización en sus unidades. Así el jefe del V Cuerpo de Ejército republicano, teniente coronel Juan Perea, denunciaba que la moral de un batallón «no alcanza aquella altura que demanda nuestra lucha, seguramente por tratarse de fuerzas pertenecientes a los últimos llamamientos casi en su totalidad».
Santiago Álvarez, comisario de la 11.ª División comandada por Enrique Líster, reconoció antes del ataque sobre Teruel que tuvo que afrontar la llegada de «más de dos mil reclutas recientemente incorporados, en su mayoría indiferentes políticamente».
La situación no era distinta en el bando franquista. Un informe enviado al general Fidel Dávila, jefe del Ejército del Norte, constataba la llegada al frente en agosto de 1938 de una remesa de quintos de las Baleares «con moral muy deprimida, sin que en ellos se manifieste simpatía por el Glorioso Movimiento Nacional».
Estas situaciones llevaron a algunos mandos franquistas a valorar la implantación en sus filas de alguna figura parecida al comisariado establecida en el bando contrario, para que se realizara una labor política con los nuevos reclutas.
Así lo proponía en mayo de 1937 el 5.º Cuerpo de Ejército, destinado en Aragón, que achacaba las deserciones a que «gran número de soldados llamados a filas no sienten el movimiento, y no lo sienten porque no lo conocen, y no lo conocen porque no se hace propaganda cerca de ellos».
El mismo informe alababa «la enorme labor que los Comisarios Políticos Rojos hacen a la inmediación de sus combatientes, con una propaganda incesante de
sus ideas». Y concluía relatando «que cuando se pasan al campo rojo algunos de nuestros soldados, son interrogados a su llegada por los Comisarios Políticos, los cuales no salen de su asombro al comprobar que ninguno de ellos está enterado del significado del movimiento nuestro».
Problemas comunes
La falta de instrucción militar era también uno de los problemas comunes de los nuevos combatientes incorporados a primera línea en ambos bandos. Las quejas de la oficialidad por la insuficiente preparación bélica de los reclutas eran recurrentes en ambas trincheras.
Antes de la ofensiva de Belchite, Antonio Cordón, jefe del Estado Mayor del Ejército del Este republicano, denunció que «a las unidades habían sido agregados últimamente para reponer las bajas causadas por la operación de Brunete contingentes de reclutas no fogueados, con escasa instrucción militar». Pero su fórmula para preparar a los reclutas ante la batalla se limitaba a que «se hiciera una intensa preparación moral y psicológica» sobre ellos.
Después de la batalla de Teruel, un informe enviado por el Ejército de Levante a las autoridades republicanas reconoció que se habían nutrido los combates con nuevos quintos «sin siquiera haber hecho un día de prácticas de tiro y sin haber llegado a manejar el fusil reglamentario».
El cuartel general de Franco también recibía continuas quejas de los mandos por considerar «insuficiente la instrucción de los nuevos contingentes que se les envían para cubrir bajas». A principios de 1938, Franco ordenó que se respetara el tiempo de instrucción, que era de veintiún días, pero meses después se repitieron las protestas de los mandos porque los reclutas llegaban a primera línea sin conocer apenas el manejo del fusil.
Maquinaria trituradora
El responsable de movilización e instrucción, el general Luis Orgaz, fue nuevamente requerido por Burgos para que resolviera el problema, pero se limitó a contestar que era tal «la avidez de los frentes» que los centros de reclutas se vaciaban a toda prisa sin que se cumplieran los plazos y programas de instrucción.
La necesidad de alimentar la máquina trituradora del frente llevó a ambos bandos a reclutar nuevos combatientes sin ningún entusiasmo por sus causas y además sin preparación militar. Se puede decir sin ambages que en la Guerra Civil los «hunos» y los «hotros» enviaron al frente auténtica «carne de cañón».
Conviene recordar siempre esta cruda realidad, pero más en estos tiempos en que se estila una funesta idealización de la contienda en aras de un abyecto oportunismo político.
*Pedro Corral es autor de «Desertores» y «Cómicos en guerra».
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