Cómo poner de acuerdo a los españoles 90 años después

En 2026, la Guerra Civil española se ha convertido en un debate navideño entre «cuñaos». En los bares, por supuesto, pero incluso en las academias se apuntan al «fenómeno». Noventa años después de aquel 18 de julio del 36, las camisetas de uno u otro bando y el bufandeo parecen la norma no escrita a la hora de abordar una charla más o menos airada sobre el tema. Sin matices. Sin grises. O blanco o negro. Y esa es precisamente la cruzada que asegura llevar a cabo Miguel Ángel Santamarina en su nuevo libro, «La guerra que cambió España» (Ediciones B).

Un volumen en el que aparece el clarividente «faro» de Manuel Chaves Nogales en busca de esa equidad. «Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España». De su «pequeña experiencia personal», continuaba el autor en «A sangre y fuego», «puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros». Es la primera sentencia a la que se acoge Santamarina para demostrar que esto, la guerra de 1936, no es una cuestión de unos u otros, sino, en su caso, de Historia con mayúscula: «El conflicto no debe estar instrumentalizado y por eso aquí solo se aportan hechos de los dos bandos que permiten al lector reconstruir su propia historia de un hecho trágico al que tenemos que empezar a dar otros enfoques», presume el periodista. Afirma que él mismo podría haber tomado «una posición más cómoda», como la de llevar su propia visión a las páginas, para llegar a un público «más fiel»; pero optó por la efeméride pura y dura para «desorientar» a ambos lados: «Me viene gente que idealizaba la Segunda República y que ahora tiene otra percepción; y me ocurre lo mismo al revés».

Dudar o no dudar, esa es la cuestión

Santamarina quiere hacer dudar. Apela al espíritu de un momento muy breve de la serie «Ena» (TVE), sobre la reina Victoria Eugenia, en el que Lorca, siendo un personaje pequeño de la trama, da la mano a Pedro Muñoz Seca en un café durante el momento en el que va a dejar Madrid por Granada. Un viaje sin retorno.

En las páginas hay espacio para Miguel Hernández: «La cebolla es escarcha/ cerrada y pobre:/ escarcha de tus días/ y de mis noches./ Hambre y cebolla:/ hielo negro y escarcha/ grande y redonda». Y también para el citado Muñoz Seca: «Podéis quitarme mi hacienda, mi patria, mi fortuna e incluso mi vida; pero hay una cosa que no podéis quitarme: ¡el miedo que tengo ahora mismo!»

Hambre, frío y pena

«Todas las personas y personajes estuvieron influidos por la barbarie. Incluso Ortega y Gasset, que se libró por los pelos», recuerda el autor: «Miguel Hernández no es asesinado como Federico [García Lorca], pero al pobre lo matan de hambre, de frío y de pena. Y luego, a Muñoz Seca lo matan por ser un tío que se reía de la República en sus comedias; por ser humorista. Algo completamente legal en una democracia. Y sin ser republicano, sí era afín a muchas de sus ideas», explica el autor.

Es con ese espíritu de centralidad con el que este ensayo reclama cerrar debates abiertos «como el de la memoria» y «las miles de personas que siguen en fosas comunes, pero ojo, ¡de los dos bandos! Porque no solo hay republicanos bajo tierra –advierte–. Eso hay que tenerlo en cuenta. Paracuellos también es una fosa sin resolver».

De este modo, el libro se divide en cuatro episodios, uno correspondiente a cada año natural de una contienda que, para Santamarina, «es un ser vivo»: «Se transforma al tiempo que lo hacen sus protagonistas y los diferentes bandos». Por delante, «un prólogo», dice en referencia al final violento de la Segunda República; y por detrás, «un epílogo» que corresponde con la «bárbara y sangrienta posguerra que ejecuta Franco».

Y en el medio, esa guerra variable: «El gobierno de la República que empieza la guerra no tiene nada que ver a lo que va a ser a los pocos meses. Aquel Frente Popular era casi de centro derecha, diría yo. Por mucho que nos vendan otra cosa, ahí no hubo ni comunistas ni socialistas. Hasta septiembre no se empiezan a ver a figuras como Indalecio Prieto, socialista, u otras figuras del Partido Comunista. Y ya luego el control estaría en manos de los comisarios soviéticos, que son los que van a llevar a cabo la terrible represión en Madrid». Enfrente, Santamarina señala a una mezcla de «azar y audacia» para que Franco evolucione de personaje secundario a protagonista: «De repente, pasa a ser casi el único gracias a que un empresario alemán convence a Hitler de llevar a cabo la mayor operación transportada y la única operación aerotransportada que se había hecho entre dos continentes. Llevan el grueso del ejército africanista, que ha luchado en la guerra y que tiene experiencia, a la península; y a partir de ahí, Hitler y Mussolini dicen que solo van a negociar con un Franco que en octubre va a convertirse en Generalísimo».

Pinceladas de un conflicto

Son apenas pinceladas de un conflicto que se produce «por el fracaso del golpe de Estado», señala: «Apenas es el 20% de los militares el que se suma. Cuatro de los 24 generales con poder; y ciento y pico de los 500 militares de graduación importante. Hay que entender que es un golpe contra la democracia, contra un gobierno legítimo. Por eso no tiene todos los apoyos, lo que hace que Mola no consiga entrar en Madrid. Es ahí donde empieza la Guerra Civil. Con todo el Ejército de su parte, la lucha no hubiera existido. Y aunque el libro no va de suposiciones, aquí aprovecho para opinar que si Franco no hubiera conseguido esa operación, el golpe hubiera sido sofocado».

Pero los disparos continuaron y España cambió. Ya nada volvería a ser como antes. El primer cambio evidente, en palabras del periodista, fue el final del «intento de ser democráticos después de una dictadura como la de Primo de Rivera y de un régimen monárquico en el que no estaban todas las libertades y en el que todavía los obreros se morían de hambre, trabajaban un montón de horas con muy poco y por muy poco dinero y encima no tenían derechos. El campesino era casi un esclavo del terrateniente».

Un nuevo modelo personificado en Franco

Arranca así una dictadura que en esos primeros años comienza con el propósito de «derruir España desde los cimientos», explica. «Acabar con la institución democrática e imponer un nuevo modelo totalmente personificado en Franco y asentado sobre las bases del tradicionalismo. En contra de la modernización y en contra de cualquier tipo de democracia. Un cambio terrible que se va a mantener prácticamente hasta su muerte. El cambio es fundamental si hacemos una ucronía en la que la República consigue acabar con el golpe y el cambio hubiera sido hacia el otro lado: una España introducida en la comunidad europea en los años 50 con una democracia».

Miguel Ángel Santamarina recorre las páginas de hito en hito hasta reafirmarse en la idea de que «no podemos seguir pensando que todo es blanco o negro, que tú eres azul y yo rojo. Conmigo o contra mí». Noventa años después, el periodista acude una y otra vez al «maestro» Chaves Nogales, aunque, en ocasiones, como en esta, sea para ir a contracorriente de sentencias como la que escribió a principios de 1937: «Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España». «Quizá ha llegado ya el momento de llevarle la contraria. Su tiempo nos está costando», sentencia quien alude al «espíritu de la Transición» para lograr una Ley de la Memoria consensuada. «Es un error no tenerla»: «Cuando Zapatero saca el tema no hay unión ni voluntad de diálogo, aunque el Gobierno de Aznar ya había hecho cosas en ese tema. Pero es con Zapatero cuando se empieza a polarizar todo; y mucho más con la llegada de los populismos de Podemos y Vox».

Se empeña el autor en «ampliar» el discurso. «Abrir el campo de visión para que se conozca todo. Que un joven se acerque y no piense que hay buenos y malos. Ese es un concepto ridículo a la hora de interpretar la Historia. Pero lo hemos hecho hasta llevarlo al Parlamento y eso causa mucho daño, como que los jóvenes puedan llegar a idealizar a personajes tan siniestros como Franco o momentos tan negros de nuestra historia como una dictadura».

El miedo de enseñar la guerra en los institutos

Y es precisamente en las nuevas generaciones donde pone el dedo Santamarina para advertir de que la Guerra Civil no se enseña en los institutos «por miedo» a las interpretaciones que se hacen «desde el punto de vista actual». Asegura que las encuestas que muestran a un alto porcentaje de jóvenes que no entienden como un peligro vivir en una dictadura es más anecdótico que preocupante; sin embargo, sí le inquieta «que lleguen hasta esa postura. Es ahí donde tenemos que darnos cuenta de que los que nos hemos equivocado somos nosotros. Hemos contado mal la guerra y la dictadura. Y ¿por qué? Porque les estamos obligando a que elijan un discurso: o este o el otro».

Por cierto, ¿todos perdieron en esta guerra? Responde: «En una guerra no gana nadie; y en una guerra civil, menos. Pero también es cierto que los que se imponen militarmente consiguen unas ventajas», sentencia.

 Es hora de cerrar debates abiertos como el de la memoria y las miles de personas de los dos bandos que siguen en fosas comunes   

En 2026, la Guerra Civil española se ha convertido en un debate navideño entre «cuñaos». En los bares, por supuesto, pero incluso en las academias se apuntan al «fenómeno». Noventa años después de aquel 18 de julio del 36, las camisetas de uno u otro bando y el bufandeo parecen la norma no escrita a la hora de abordar una charla más o menos airada sobre el tema. Sin matices. Sin grises. O blanco o negro. Y esa es precisamente la cruzada que asegura llevar a cabo Miguel Ángel Santamarina en su nuevo libro, «La guerra que cambió España» (Ediciones B).

Un volumen en el que aparece el clarividente «faro» de Manuel Chaves Nogales en busca de esa equidad. «Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España». De su «pequeña experiencia personal», continuaba el autor en «A sangre y fuego», «puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros». Es la primera sentencia a la que se acoge Santamarina para demostrar que esto, la guerra de 1936, no es una cuestión de unos u otros, sino, en su caso, de Historia con mayúscula: «El conflicto no debe estar instrumentalizado y por eso aquí solo se aportan hechos de los dos bandos que permiten al lector reconstruir su propia historia de un hecho trágico al que tenemos que empezar a dar otros enfoques», presume el periodista. Afirma que él mismo podría haber tomado «una posición más cómoda», como la de llevar su propia visión a las páginas, para llegar a un público «más fiel»; pero optó por la efeméride pura y dura para «desorientar» a ambos lados: «Me viene gente que idealizaba la Segunda República y que ahora tiene otra percepción; y me ocurre lo mismo al revés».

Dudar o no dudar, esa es la cuestión

Santamarina quiere hacer dudar. Apela al espíritu de un momento muy breve de la serie «Ena» (TVE), sobre la reina Victoria Eugenia, en el que Lorca, siendo un personaje pequeño de la trama, da la mano a Pedro Muñoz Seca en un café durante el momento en el que va a dejar Madrid por Granada. Un viaje sin retorno.

En las páginas hay espacio para Miguel Hernández: «La cebolla es escarcha/ cerrada y pobre:/ escarcha de tus días/ y de mis noches./ Hambre y cebolla:/ hielo negro y escarcha/ grande y redonda». Y también para el citado Muñoz Seca: «Podéis quitarme mi hacienda, mi patria, mi fortuna e incluso mi vida; pero hay una cosa que no podéis quitarme: ¡el miedo que tengo ahora mismo!»

Hambre, frío y pena

«Todas las personas y personajes estuvieron influidos por la barbarie. Incluso Ortega y Gasset, que se libró por los pelos», recuerda el autor: «Miguel Hernández no es asesinado como Federico [García Lorca], pero al pobre lo matan de hambre, de frío y de pena. Y luego, a Muñoz Seca lo matan por ser un tío que se reía de la República en sus comedias; por ser humorista. Algo completamente legal en una democracia. Y sin ser republicano, sí era afín a muchas de sus ideas», explica el autor.

Es con ese espíritu de centralidad con el que este ensayo reclama cerrar debates abiertos «como el de la memoria» y «las miles de personas que siguen en fosas comunes, pero ojo, ¡de los dos bandos! Porque no solo hay republicanos bajo tierra –advierte–. Eso hay que tenerlo en cuenta. Paracuellos también es una fosa sin resolver».

De este modo, el libro se divide en cuatro episodios, uno correspondiente a cada año natural de una contienda que, para Santamarina, «es un ser vivo»: «Se transforma al tiempo que lo hacen sus protagonistas y los diferentes bandos». Por delante, «un prólogo», dice en referencia al final violento de la Segunda República; y por detrás, «un epílogo» que corresponde con la «bárbara y sangrienta posguerra que ejecuta Franco».

Y en el medio, esa guerra variable: «El gobierno de la República que empieza la guerra no tiene nada que ver a lo que va a ser a los pocos meses. Aquel Frente Popular era casi de centro derecha, diría yo. Por mucho que nos vendan otra cosa, ahí no hubo ni comunistas ni socialistas. Hasta septiembre no se empiezan a ver a figuras como Indalecio Prieto, socialista, u otras figuras del Partido Comunista. Y ya luego el control estaría en manos de los comisarios soviéticos, que son los que van a llevar a cabo la terrible represión en Madrid». Enfrente, Santamarina señala a una mezcla de «azar y audacia» para que Franco evolucione de personaje secundario a protagonista: «De repente, pasa a ser casi el único gracias a que un empresario alemán convence a Hitler de llevar a cabo la mayor operación transportada y la única operación aerotransportada que se había hecho entre dos continentes. Llevan el grueso del ejército africanista, que ha luchado en la guerra y que tiene experiencia, a la península; y a partir de ahí, Hitler y Mussolini dicen que solo van a negociar con un Franco que en octubre va a convertirse en Generalísimo».

Pinceladas de un conflicto

Son apenas pinceladas de un conflicto que se produce «por el fracaso del golpe de Estado», señala: «Apenas es el 20% de los militares el que se suma. Cuatro de los 24 generales con poder; y ciento y pico de los 500 militares de graduación importante. Hay que entender que es un golpe contra la democracia, contra un gobierno legítimo. Por eso no tiene todos los apoyos, lo que hace que Mola no consiga entrar en Madrid. Es ahí donde empieza la Guerra Civil. Con todo el Ejército de su parte, la lucha no hubiera existido. Y aunque el libro no va de suposiciones, aquí aprovecho para opinar que si Franco no hubiera conseguido esa operación, el golpe hubiera sido sofocado».

Pero los disparos continuaron y España cambió. Ya nada volvería a ser como antes. El primer cambio evidente, en palabras del periodista, fue el final del «intento de ser democráticos después de una dictadura como la de Primo de Rivera y de un régimen monárquico en el que no estaban todas las libertades y en el que todavía los obreros se morían de hambre, trabajaban un montón de horas con muy poco y por muy poco dinero y encima no tenían derechos. El campesino era casi un esclavo del terrateniente».

Un nuevo modelo personificado en Franco

Arranca así una dictadura que en esos primeros años comienza con el propósito de «derruir España desde los cimientos», explica. «Acabar con la institución democrática e imponer un nuevo modelo totalmente personificado en Franco y asentado sobre las bases del tradicionalismo. En contra de la modernización y en contra de cualquier tipo de democracia. Un cambio terrible que se va a mantener prácticamente hasta su muerte. El cambio es fundamental si hacemos una ucronía en la que la República consigue acabar con el golpe y el cambio hubiera sido hacia el otro lado: una España introducida en la comunidad europea en los años 50 con una democracia».

Miguel Ángel Santamarina recorre las páginas de hito en hito hasta reafirmarse en la idea de que «no podemos seguir pensando que todo es blanco o negro, que tú eres azul y yo rojo. Conmigo o contra mí». Noventa años después, el periodista acude una y otra vez al «maestro» Chaves Nogales, aunque, en ocasiones, como en esta, sea para ir a contracorriente de sentencias como la que escribió a principios de 1937: «Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España». «Quizá ha llegado ya el momento de llevarle la contraria. Su tiempo nos está costando», sentencia quien alude al «espíritu de la Transición» para lograr una Ley de la Memoria consensuada. «Es un error no tenerla»: «Cuando Zapatero saca el tema no hay unión ni voluntad de diálogo, aunque el Gobierno de Aznar ya había hecho cosas en ese tema. Pero es con Zapatero cuando se empieza a polarizar todo; y mucho más con la llegada de los populismos de Podemos y Vox».

Se empeña el autor en «ampliar» el discurso. «Abrir el campo de visión para que se conozca todo. Que un joven se acerque y no piense que hay buenos y malos. Ese es un concepto ridículo a la hora de interpretar la Historia. Pero lo hemos hecho hasta llevarlo al Parlamento y eso causa mucho daño, como que los jóvenes puedan llegar a idealizar a personajes tan siniestros como Franco o momentos tan negros de nuestra historia como una dictadura».

El miedo de enseñar la guerra en los institutos

Y es precisamente en las nuevas generaciones donde pone el dedo Santamarina para advertir de que la Guerra Civil no se enseña en los institutos «por miedo» a las interpretaciones que se hacen «desde el punto de vista actual». Asegura que las encuestas que muestran a un alto porcentaje de jóvenes que no entienden como un peligro vivir en una dictadura es más anecdótico que preocupante; sin embargo, sí le inquieta «que lleguen hasta esa postura. Es ahí donde tenemos que darnos cuenta de que los que nos hemos equivocado somos nosotros. Hemos contado mal la guerra y la dictadura. Y ¿por qué? Porque les estamos obligando a que elijan un discurso: o este o el otro».

Por cierto, ¿todos perdieron en esta guerra? Responde: «En una guerra no gana nadie; y en una guerra civil, menos. Pero también es cierto que los que se imponen militarmente consiguen unas ventajas», sentencia.

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