En la diana

A Sánchez la fama de personaje de personaje odiado se le extiende por el mundo. Ayer en Nápoles, mientras soportaba una cortina de calor húmedo que se podía mascar paseando por las callejas llenas de puestos de lo más variopinto, con las motos serpenteando por aquí y por allá y los limones ornamentando cada objeto o gadjet o prenda para turistas, podíamos observar también que el rostro del presidente español decora rollos de papel higiénico, con un gesto demacrado por el horror que le produce hallarse en la diana del juez: él protagoniza, como ya avanzó en titulares este periódico, el siguiente escalón en la investigación del caso Plus Ultra.

Y es que el tal Julio Martínez, defendido en estos momentos por la grandísima María Dolores Márquez de Prado, mujer extraordinariamente talentosa, bregada y hartamente curtida en las causas más complicadas, ex fiscal y esposa del que fuera juez Javier Gómez de Liaño, víctima inocente de una justicia dirigida por Jesús de Polanco (ese sí que fue un puto amo, eterno fiel servidor del felipismo) y ejecutada por el recientemente fallecido Enrique Bacigalupo (lagarto, lagarto, porque era gafe), reconocido lameculos de la época tipo Patxi López o Conde Pumpido, en que el socialismo, como ahora, hacía y deshacía a su antojo y conveniencia. Pero continuemos. Julito, decía, seguirá los sabios pasos de Aldama quien tan ricamente viaja a Paraguay esta semana toda vez que el Tribunal Supremo ha levantado sus medidas cautelares y puede moverse libremente por el mundo adelante merced a su colaboración con la justicia. Tipo sabio y consecuente.

Pero, miren, todos estos son unos pobres pringaos a quienes no se les puede calificar de tecnoligarcas, y hoy día, si no lo eres, estás a la altura de la porquería. Prestemos atención, por ejemplo a los millonarios británicos lo que están pidiendo al nuevo primer ministro (¡ojo!, el séptimo en 10 años). En un giro argumental que haría sospechar incluso al más crédulo de los inspectores de Hacienda, un grupo de ricachones británicos ha solicitado a Andy Burnham que les suba los impuestos. Sí, han leído bien: algunos de los ciudadanos con mayor patrimonio del Reino Unido creen que ya va siendo hora de que su cuenta corriente haga un pequeño sacrificio por el bien común. Empresarios, inversores y herederos sostienen que el sistema fiscal lleva demasiado tiempo tratando con excesiva delicadeza a las grandes fortunas. Según afirman, una mayor contribución de quienes más tienen permitiría reforzar la sanidad, la educación y unos servicios públicos que llevan años haciendo malabarismos con presupuestos cada vez más ajustados. La petición llega en un momento en el que el Gobierno busca cuadrar unas cuentas públicas tan maltrechas como la paciencia de los contribuyentes. Falta por ver si el primer ministro aceptará el ofrecimiento o si, como suele ocurrir con las invitaciones a pagar más impuestos, terminará perdiéndose en algún cajón de Whitehall. Porque una cosa es que los millonarios pidan tributar más y otra muy distinta que la política se atreva a estropear un privilegio que lleva décadas funcionando con puntualidad británica.

CODA. Llego a la costa y tengo que dejar el ordenador. En mi cuaderno de bitácora anoto poca cosa salvo que la pinza del pelo se me ha roto y está desdentada. También que me preocupa que cada año tengamos más calor. ¿Seremos capaces de aclimatarnos o de repente todo dará un giro y volverá a la normalidad? La emoción de la Copa del Mundo que hemos ganado me impide todavía mirar hacia adelante. Lo que sea, será.

 Él protagoniza, como ya avanzó en titulares este periódico, el siguiente escalón en la investigación del caso Plus Ultra.   

A Sánchez la fama de personaje de personaje odiado se le extiende por el mundo. Ayer en Nápoles, mientras soportaba una cortina de calor húmedo que se podía mascar paseando por las callejas llenas de puestos de lo más variopinto, con las motos serpenteando por aquí y por allá y los limones ornamentando cada objeto o gadjet o prenda para turistas, podíamos observar también que el rostro del presidente español decora rollos de papel higiénico, con un gesto demacrado por el horror que le produce hallarse en la diana del juez: él protagoniza, como ya avanzó en titulares este periódico, el siguiente escalón en la investigación del caso Plus Ultra.

Y es que el tal Julio Martínez, defendido en estos momentos por la grandísima María Dolores Márquez de Prado, mujer extraordinariamente talentosa, bregada y hartamente curtida en las causas más complicadas, ex fiscal y esposa del que fuera juez Javier Gómez de Liaño, víctima inocente de una justicia dirigida por Jesús de Polanco (ese sí que fue un puto amo, eterno fiel servidor del felipismo) y ejecutada por el recientemente fallecido Enrique Bacigalupo (lagarto, lagarto, porque era gafe), reconocido lameculos de la época tipo Patxi López o Conde Pumpido, en que el socialismo, como ahora, hacía y deshacía a su antojo y conveniencia. Pero continuemos. Julito, decía, seguirá los sabios pasos de Aldama quien tan ricamente viaja a Paraguay esta semana toda vez que el Tribunal Supremo ha levantado sus medidas cautelares y puede moverse libremente por el mundo adelante merced a su colaboración con la justicia. Tipo sabio y consecuente.

Pero, miren, todos estos son unos pobres pringaos a quienes no se les puede calificar de tecnoligarcas, y hoy día, si no lo eres, estás a la altura de la porquería. Prestemos atención, por ejemplo a los millonarios británicos lo que están pidiendo al nuevo primer ministro (¡ojo!, el séptimo en 10 años). En un giro argumental que haría sospechar incluso al más crédulo de los inspectores de Hacienda, un grupo de ricachones británicos ha solicitado a Andy Burnham que les suba los impuestos. Sí, han leído bien: algunos de los ciudadanos con mayor patrimonio del Reino Unido creen que ya va siendo hora de que su cuenta corriente haga un pequeño sacrificio por el bien común. Empresarios, inversores y herederos sostienen que el sistema fiscal lleva demasiado tiempo tratando con excesiva delicadeza a las grandes fortunas. Según afirman, una mayor contribución de quienes más tienen permitiría reforzar la sanidad, la educación y unos servicios públicos que llevan años haciendo malabarismos con presupuestos cada vez más ajustados. La petición llega en un momento en el que el Gobierno busca cuadrar unas cuentas públicas tan maltrechas como la paciencia de los contribuyentes. Falta por ver si el primer ministro aceptará el ofrecimiento o si, como suele ocurrir con las invitaciones a pagar más impuestos, terminará perdiéndose en algún cajón de Whitehall. Porque una cosa es que los millonarios pidan tributar más y otra muy distinta que la política se atreva a estropear un privilegio que lleva décadas funcionando con puntualidad británica.

CODA. Llego a la costa y tengo que dejar el ordenador. En mi cuaderno de bitácora anoto poca cosa salvo que la pinza del pelo se me ha roto y está desdentada. También que me preocupa que cada año tengamos más calor. ¿Seremos capaces de aclimatarnos o de repente todo dará un giro y volverá a la normalidad? La emoción de la Copa del Mundo que hemos ganado me impide todavía mirar hacia adelante. Lo que sea, será.

 Opinión en La Razón

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