La oscuridad tiene mala fama. Casi a nadie le gusta. Calles, plazas, viviendas, carreteras, pantallas camineras, teléfonos portátiles: todo eso lo queremos muy bien iluminado. Se observa incluso la regla de que los automóviles circulen con sus focos encendidos a plena luz del día. En algunas habitaciones se instalan anti cucos, porque es frecuente que alguien se despierte aterrado en medio de la densa noche. Únicamente los vampiros parecen disfrutar la oscuridad de sus tumbas, rehuyendo hasta el más mínimo rayo de luz que pueda herir la sensibilidad de su macabro reposo.
Tampoco es lo mismo ver una película en casa que hacerlo en una cálida y acogedora sala que ha sido puesta completamente a oscuras
La oscuridad tiene mala fama. Casi a nadie le gusta. Calles, plazas, viviendas, carreteras, pantallas camineras, teléfonos portátiles: todo eso lo queremos muy bien iluminado. Se observa incluso la regla de que los automóviles circulen con sus focos encendidos a plena luz del día. En algunas habitaciones se instalan anti cucos, porque es frecuente que alguien se despierte aterrado en medio de la densa noche. Únicamente los vampiros parecen disfrutar la oscuridad de sus tumbas, rehuyendo hasta el más mínimo rayo de luz que pueda herir la sensibilidad de su macabro reposo.
Tememos a la oscuridad, a la que suele relacionarse con el mal, y nos abruma la condena a las tinieblas eternas que anuncian las religiones si no hemos llevado una vida como es debido. En la oscuridad –se cree- habitan los demonios o cualquiera que intente hacernos daños. Despertase en medio de una pesadilla nocturna es algo que viene seguido de un gran alivio. Se afirma que las personas depresivas van apagando continuamente las luces de sus casas y hasta familias enteras acostumbran vivir, incluso de día, con las cortinas bien corridas, haciendo noche, como se dice. Ese tipo de personas ahuyentan incluso a las diminutas y pacíficas luciérnagas que pueden aparecer de pronto en el campo.
Confieso tener cierta predilección por la penumbra, especialmente en cafés, bares y restaurantes. Pero con similar deleite disfruto un día de sol al aire libre cada vez que voy hacia alguno de aquellos lugares. En tales sitios, una suave penumbra en el ambiente nos acoge y, de igual manera, nos protege y cuida mejor de nuestra intimidad. Esa muy parcial oscuridad nos predispone también a bajar el tono de nuestras conversaciones, resultando propicia para el logro de una cierta serenidad,
Otra cosa, por cierto, es la venturosa oscuridad de una sala de cine al momento de dar inicio a la proyección de un filme. Entonces nos acomodamos mejor en nuestras butacas y dejamos de conversar con nuestro vecinos de asiento. No obstante que en los multicines permanece en la sala un cierta luminosidad, a fin de orientar a los espectadores rezagados. Claro que hay que soportar la estridencia de los tráileres y avisos de publicidad que, a todo volumen, retumban en las paredes, cuando no aparecen las infaltables palomitas de maíz que se escarban ruidosamente dentro los envases y se trituran luego con la dentadura. Esos envases tienen a veces unas dimensiones colosales, casi tanto como para pasar el día masticando, y son mucho los que ingresan a la sala literalmente abrazados a los enormes envases que llevan consigo.
Pero volvamos a la bendita oscuridad de las viejas salas de cine, que nos sume casi en un estado de hipnosis, según destaca un reciente libro del español Vicente Monroy, Una defensa de la oscuridad, y cuyo subtítulo no deja dudas: “Una defensa de las salas de dice en la era del streaming”. En la oscuridad de una sala de cine –resume el autor- “siempre me he sentido seguro, libre de temores y preocupaciones”, y nos recuerda la pregunta de André Breton: “¿El cine? ¡Bravo por las salas oscuras!” Se suprime allí toda emoción que no sea la que produce la película que estemos viendo y todo lo que ocurre fuera de la pantalla se vuelve irrelevante.
Por eso es que tampoco es lo mismo ver una película en casa que hacerlo en una cálida y acogedora sala que ha sido puesta completamente a oscuras. Por lo menos, una hora y media de completa libertad y a nuestras anchas, conducidos a un mundo que súbitamente hemos cambiado por otro.
“¡Menos luz, menos luz!”, exigía el director Orson Welles. “Es hora de volver a las tinieblas, así que ¡media vuelta y a las cavernas!”, confirmaba por su parte Raúl Ruiz. En una sala de cine, “la oscuridad es condición necesaria de la verdadera luz”.
EL PAÍS
