Francisco Javier Rodríguez Valero (Stuttgart, 1969) es uno de los discjockeys más queridos por la plebe española. Como él mismo ha explicado, triunfó con su primer álbum y en la veintena se convirtió en una especie de James Dean sin control. Su caché era de un millón de pesetas por sesión y se entregó a las drogas («comíamos hamburguesas con 250 mg de éxtasis puro»), al desparrame económico (pasó de estrella pop a trabajar en un lavadero de coches) y hasta al sexo en grupo (se encerraba con chicas varios días en una habitación de hotel). Hacía honor al nombre de su programa en televisión: «¡Ponte las pilas!»
Salió cuatro años con la despampanante rubia danesa Whigfield, la que arrasó en 1994 con «Saturday night». Luego Paco se sumergió en la noche más profunda y terminó liándose –sin saberlo– con la novia de un narcotraficante internacional, un error que le obligó a ocultarse varios años. Así describe su etapa más oscura: «Tenía amigos en el cielo y en el infierno. La noche es la clave de todo. Pero no la noche de los findes, sino la noche entre semana. ¿Quién circula por la noche de lunes a jueves? ¿Quién tiene un pub musical o discoteca como ambiente de diario en vez de un bar en la esquina de casa? Pues, por regla general: camellos, prostitutas, traficantes de armas… y yo acabé mezclándome con ellos», recuerda.
Tuvo un fuerte enfrentamiento con Miguel Degá, dueño de Max Music, la empresa donde se hizo famoso, que se negó a invertir una cantidad razonable en su segundo álbum. «Lo que yo he ganado contigo me lo gasté ya en putas y puros», le soltó presuntamente el ejecutivo. Degá ingresó en prisión en 1998 por planear el secuestro y asesinato de su exsocio, Ricardo Campoy. «Era un mafioso, dormía con una pistola bajo la almohada. Nos cachondeamos cuando le metieron en la cárcel, le mandamos un CD con aquella canción de ‘‘Qué le estará pasando al probe Miguel, que hace mucho tiempo que no sale’’ y un jamón», confiesa Pil. Degá se fugó en 2005 y sigue en paradero desconocido.
Ahora Paco Pil vive su etapa más tranquila como icono del remember noventero, haciendo revivir a cuarentones y cincuentones a las noches más felices de sus vidas. Ha llegado a tener temporadas de ochenta actuaciones al año. Un vistazo a sus fechas para este verano confirma que sigue siendo querido en toda España: Torrejón, Tomelloso, Ólvega, Avilés, Orense…El país de la fiesta no olvida a uno de sus chamanes más emblemáticos. Llegado a la madurez, ni presume demasiado ni tampoco se arrepiente de su extenso paseo por el lado salvaje. «Aunque parezca mentira, ir a un sitio lleno de putas, traficantes, gente colocada, rara… tenía su magia. Cuanto peor era el ambiente, más orgulloso estabas de sobrevivir. No es romanticismo, es que echamos de menos lo auténtico», concluye.
El DJ más pasado de rosca de nuestro país puede presumir de una vida digna de película de Martin Scorsese Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
