Antonio Ballester Moreno, la buena educación de la mirada

Por escondida que suela estar, de vez en cuando revive la esperanza. Después de los 15 años de paz (y crítica anestesiada), los nuevos aires en el Reina Sofía son una señal a la que los pacientes y por lo general afligidos interesados nos agarramos como a un clavo ardiendo. Por su parte, la programación del CA2M refleja con decisión ese esfuerzo por atender a la actualidad del arte desde su diversidad real, en contra de las sistemáticas exclusiones que prefieren quienes creen que el arte —como la historia— tiene un solo lado correcto. La exposición de Antonio Ballester Moreno El cielo y la tierra, en el museo de Móstoles, es en su escala particular el mejor ejemplo de esa atención a lo diverso del mundo y del arte que debiera inspirar a todos los centros contemporáneos, mucho más que su conversión en unívocos “laboratorios de desarrollos sociales”, o monsergas parecidas.

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 Por escondida que suela estar, de vez en cuando revive la esperanza. Después de los 15 años de paz (y crítica anestesiada), los nuevos aires en el Reina Sofía son una señal a la que los pacientes y por lo general afligidos interesados nos agarramos como a un clavo ardiendo. Por su parte, la programación del CA2M refleja con decisión ese esfuerzo por atender a la actualidad del arte desde su diversidad real, en contra de las sistemáticas exclusiones que prefieren quienes creen que el arte —como la historia— tiene un solo lado correcto. La exposición de Antonio Ballester Moreno El cielo y la tierra, en el museo de Móstoles, es en su escala particular el mejor ejemplo de esa atención a lo diverso del mundo y del arte que debiera inspirar a todos los centros contemporáneos, mucho más que su conversión en unívocos “laboratorios de desarrollos sociales”, o monsergas parecidas. Seguir leyendo  

Por escondida que suela estar, de vez en cuando revive la esperanza. Después de los 15 años de paz (y crítica anestesiada), los nuevos aires en el Reina Sofía son una señal a la que los pacientes y por lo general afligidos interesados nos agarramos como a un clavo ardiendo. Por su parte, la programación del CA2M refleja con decisión ese esfuerzo por atender a la actualidad del arte desde su diversidad real, en contra de las sistemáticas exclusiones que prefieren quienes creen que el arte —como la historia— tiene un solo lado correcto. La exposición de Antonio Ballester Moreno El cielo y la tierra, en el museo de Móstoles, es en su escala particular el mejor ejemplo de esa atención a lo diverso del mundo y del arte que debiera inspirar a todos los centros contemporáneos, mucho más que su conversión en unívocos “laboratorios de desarrollos sociales”, o monsergas parecidas.

Sí, esta es una exposición de Antonio Ballester, aunque no haya ni una sola obra suya. Salvo que, por decirlo así, todas lo son, una vez que su selección y lectura las insertan en la constelación de reflexiones que han ido haciendo de él un artista verdaderamente distinto. Por tanto, aquí no ha hecho exactamente de comisario, sino plenamente de autor a través de las obras de otros. En la Fundación Cerezales, en el Patio Herreriano —un gran trabajo a partir del archivo pedagógico de Ángel Ferrant— o en Artium, Antonio Ballester ya había venido mostrando los dos ejes sobre los que pivota su diferencia como artista. Uno es el paisaje, más concretamente los caminos a través de los que el paisaje pasó, durante el siglo XX, de ser un género —tan codificado como el formato de lienzo que los pintores adquirían para ello en las tiendas especializadas— a constituirse en patrón de una mirada que convertía en una abstracción esencial —arriba y abajo, cielo y tierra— el esquema de la vieja representación.

Una vez, a una pregunta de Fernando Huici el gran Díaz-Caneja contestó: “Yo no he pintado un paisaje en mi vida”. Después de encajar nuestro estupor tras la respuesta de quien fue tantas veces confundido con un paisajista de posguerra, nos damos cuenta de que Caneja llevaba razón: él no pintaba paisajes (como los de aquellos venerables lienzos apaisados), sino pinturas; él no pintaba Castilla, ni Palencia, ni la infinita meseta facetada. Él pintaba pinturas, como Matisse, como Picasso. Caneja había adiestrado su mirada moderna con los vallecanos (Alberto, Palencia, Maruja, el propio Ferrant y hasta el tocayo por partida doble de nuestro Antonio Ballester…). A veces, se agachaban para dirigir a los lívidos desmontes del sur madrileño su mirada entre las piernas. Cabeza abajo, el cielo y la tierra aparecían invertidos —como en la fotografía de uno de los convocados ahora en el CA2M, el canadiense Rodney Graham— despojando así al esquema visual de su deuda referencial y su condición genérica.

Los vallecanos son permanentes piedras de toque en la reflexión de Ballester; hace unos años mostró sus trabajos d’après Palencia en las galerías Leandro Navarro y Maisterra Valbuena, de Madrid, y en su exposición de ahora está Alberto, siquiera representado con la reedición de un bronce. Pero el espacio y el tiempo se expanden para cruzarse con el otro eje de su trabajo: la pedagogía artística. Las vanguardias históricas retuvieron —y amplificaron— la idea romántica de la “educación estética del Hombre” como una de sus banderas en el camino hacia el Mundo Nuevo. Para los románticos no se trataba, entiéndase bien, de una “asignatura” más del currículo, sino de que la estética —o sea, el cultivo de una sensibilidad reflexiva— guiara la formación total del espíritu. Por lo que cuenta a España, a esa tarea se aprestaron desde los institucionistas (a quienes Ballester dedicó parte de su trabajo en la Fundación Cerezales) a los vallecanos, Ferrant de manera explícita, pero sin esa música del tiempo tampoco se entenderían ni la Bauhaus ni el Black Mountain College.

A uno de los artistas presentes aquí, Mike Kelley, se le ocurrió volcar dibujos infantiles sobre imágenes fotográficas que resultaron entre brutalistas y twomblyanas. Esa operación produjo una extraña homogeneidad (como obras de un mismo artista) y un extrañamiento tan efectivo como la inversión de los dos planos del paisaje. Pero hay mucho más: un lienzo extremadamente “tranquilo”, como él decía —y muy Ballester— de James Bishop, estudiante por cierto en el Black Mountain; una foto—muy Brassaï— de Ana Mendieta; un ancho panorama pirenaico de Ibón Aramberri; un pertinente gouache de Sol Lewitt; un rotundo Karel Appel; un Teixidor particularmente esencial… Los amantes de lo normalmente excluido tenemos, además, otras alegrías: un estupendo Ortega Muñoz, un precioso dibujo de Mari Puri Herrero (a quien estará dedicada una de esas próximas exposiciones), acompañado de una cartela de su cosecha que raya con la literatura fantástica…

Del alto techo cuelgan figuras de cartón que evocan a Calder a través de un firmamento de estrellas que se mueven (el cielo), o plantadas como árboles en la tierra. Han sido hechas por niños y por sus padres en talleres orientados por Ballester como corolario de aquella trabazón entre la experiencia estética y la abolición de los distingos entre lo alto y lo bajo, lo culto y lo popular.

En lo profundo del corazón vanguardista, todo eso latía para lanzar al tiempo hacia un único y resplandeciente futuro. Cada propuesta, no obstante, debía por fuerza excluir a las otras: sólo había un camino hacia la utopía. Hace mucho que aquel régimen del tiempo fue derogado. A pesar de los eslóganes de los políticos, que no saben lo que dicen (aunque sepan para qué lo dicen), ni el arte ni la historia tienen una dirección única. Eso ha hecho mucho más difícil la selección de Ballester —reducido a una unidad, todo es más sencillo—, pero de ahí estriba su exigencia y su mayor riqueza.

‘Antonio Ballester Moreno. El cielo y la tierra’. CA2M. Móstoles (Madrid). Hasta el 27 de septiembre.

 EL PAÍS 

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