¿Por qué tenemos tanto miedo a la edad de las mujeres?

Una mujer recibe un tratamiento estético.

Ahora que me acerco a cierta edad escucho a mi alrededor la frase: “Pareces más joven”. Confieso que yo también la he dicho. Nos parece un cumplido. Vemos a una mujer con arrugas y las palabras salen de nuestra boca de manera descontrolada. ¿Por qué tenemos tanto miedo a la edad de las mujeres? Aparte del culto a la juventud que sufrimos todos los géneros y que encierra un natural miedo a la muerte, me pregunto si detrás de este “pareces más joven” no se esconde otro sentimiento, el terror a la bruja.

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 En un mundo en donde la creación de la riqueza se ha desligado de la producción de bienes necesitamos nuevos pactos sociales y un nuevo contrato sexual  

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En un mundo en donde la creación de la riqueza se ha desligado de la producción de bienes necesitamos nuevos pactos sociales y un nuevo contrato sexual

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Una mujer recibe un tratamiento estético.Ricardo Mendoza Garbayo (Getty Images)
Mar Gómez Glez

Ahora que me acerco a cierta edad escucho a mi alrededor la frase: “Pareces más joven”. Confieso que yo también la he dicho. Nos parece un cumplido. Vemos a una mujer con arrugas y las palabras salen de nuestra boca de manera descontrolada. ¿Por qué tenemos tanto miedo a la edad de las mujeres? Aparte del culto a la juventud que sufrimos todos los géneros y que encierra un natural miedo a la muerte, me pregunto si detrás de este “pareces más joven” no se esconde otro sentimiento, el terror a la bruja.

Este terror se impuso, tal y como demostró Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, como una política de Estado durante la temprana modernidad para poder llevar a cabo la transición del feudalismo al capitalismo. “La caza de brujas ahondó las divisiones entre mujeres y hombres, inculcó a los hombres el miedo al poder de las mujeres y destruyó un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales cuya existencia era incompatible con la disciplina del trabajo capitalista”, afirma Federici. La nueva forma de producción requería de un nuevo contrato sexual. Hubo que arrebatar a las mujeres los espacios de poder que habían conseguido en el medievo a través de sus conocimientos sobre la salud y, muy especialmente, sobre el control de la reproducción.

Una mujer mayor es una mujer incontrolable. Hay que rebajar su agencia; drogarla, como en el caso Pelicot. Si está sola, se convierte en una amenaza. Cada vez hay más mujeres que optan por la soltería como opción vital. Las estadísticas demuestran que somos menos proclives a casarnos después del divorcio o la viudedad que los hombres. En nuestra tradición literaria, contamos con el personaje de la Celestina, a quien reconocemos como alguien peligroso. Se trata de una mujer independiente que se gana la vida como alcahueta y hechicera. Sabe entrar y salir de las casas de los nobles igual que entra y sale de sus mentes y voluntades, lo que también la convierte en una amenaza al orden social. En el 1500, un personaje así solo podía encontrar un destino; a la Celestina había que matarla. Gracias a ello podía nacer en Europa otro modelo de feminidad, el ángel de la casa, cuanto más joven, mejor, como las víctimas de Epstein.

Desde finales del siglo XVII, la mujer ha sido retratada como un ser pasivo, obediente y moralmente mejor que los hombres, pero siempre a su sombra. Se trata de un modelo de feminidad que las sucesivas olas del movimiento feminista han ido cambiando, pero que vuelve tercamente de diferentes formas, como la última moda de las tradwives. Me pregunto si con ese inocente “pareces más joven” no estamos también perpetuándolo, como si de alguna manera, al imponer una falsa y eterna juventud a nuestra interlocutora la colocáramos en una posición más controlable. Una mujer joven puede cambiar. Le ocurrió a la incasable Catalina, díscolo personaje de Shakespeare, que al final de la comedia La fierecilla domada, termina convirtiéndose en la más obediente de las esposas. La Celestina es demasiado vieja para redimirse, pero Catalina no. Parecerse más a Catalina que a la alcahueta rebaja la amenaza. La hace susceptible de convertirse en madre, lo que en nuestro país supone una pérdida de poder adquisitivo, por lo tanto, de autonomía. Durante el primer año de vida del primer hijo las mujeres pierden un 11% de los ingresos laborales, según una encuesta del Banco de España de 2024. Los cambios sociales nunca son fáciles. La mayoría de las veces implican violencia. Los estereotipos se instalan en nuestras mentes y el privilegio nunca se cede voluntariamente.

En este momento tumultuoso, en donde también están cambiando las formas de producción, hay motivo para la esperanza. En un mundo en donde la creación de la riqueza se ha desligado de la producción de bienes necesitamos nuevos pactos sociales y un nuevo contrato sexual. También cuando dejamos de ser nómadas y empezamos a formar asentamientos cambiamos nuestros acuerdos. Nadie estuvo allí, nadie puede decir con certeza lo que significan las figurillas encontradas en la ciudad más antigua de la historia, Çatal Hüyük, en la actual Turquía. Representan a mujeres de cierta edad, con los pechos y el estómago caídos, sentadas en una especie de trono franqueadas por dos leonas. ¿Personifican a una diosa? ¿Hasta qué punto estas estatuillas nos hablan de una sociedad matriarcal? Algunas se encontraron en almacenes de grano y se especula con que fueran amuletos protectores. Sabemos con certeza, por los análisis de los cadáveres, que había muy pocas diferencias por género entre los habitantes. Tampoco se aprecia una gran diferencia social ni de estatus. Estamos hablando de un lugar que en el momento más álgido llegó a albergar a unas 10.000 personas y que se mantuvo activo durante unos 2.000 años. Es difícil ponerse en la mente de quienes vivieron hace 7.000 años, pero si aquellos seres humanos pudieron sentir que estas mujeres mayores les protegían, quienes estamos aquí hoy deberíamos dejar de tenernos miedo.

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