‘Los Hardacre’ y lo difícil de encajar entre tanto lujo

Si al pensar en un drama de época británico la mente nos traslada de inmediato a la elegancia encorsetada y palaciega de ‘Los Bridgerton’, la serie ‘Los Hardacre’ llega nuevamente para desmontar el cliché por completo. La posición acomodada de esta familia en la suntuosa residencia de Hardacre Hall, cuyas puertas se nos abren desde el primer minuto de la segunda temporada, no proviene de ningún título nobiliario ni de rentas ancestrales. Es el fruto del sudor, del sacrificio, de la brega en los muelles y de una inversión de alto riesgo que rescató a sus carismáticos protagonistas de la miseria.

Creada por Amy Roberts y Loren McLaughlan, dos guionistas de origen obrero, un sello de autenticidad poco habitual en la ficción británica, la producción basada en la saga de novelas escrita por C. L. Skelton regresa a Movistar Plus con seis nuevos capítulos que demuestran que pasar de la pobreza a la riqueza sigue siendo un motor narrativo inagotable si se cuenta con el corazón adecuado.

Esta nueva tanda de episodios arranca con una declaración de intenciones puramente visual al ejecutar un soberbio plano secuencia que recorre los pasillos del hogar familiar. La cámara fluye con soltura integrando desde el servicio hasta a los propios miembros del clan, congregados en torno a la expectativa de que el patriarca consiga hacer funcionar la maquinaria que dotará de luz eléctrica a toda la casa para poder cenar.

La escena, tan divertida como reveladora, sumerge al espectador en un ambiente sano y fresco, demostrando de un plumazo que esta no es una familia adinerada al uso y sirviendo de presentación perfecta para todo el reparto principal de un solo vistazo.

A partir de esa atmósfera casi coral, el capítulo inicial despliega un cuadro donde la historia y la modernidad se filtran de forma orgánica. Así, asistimos a los primeros retazos de la recesión económica cuando los empleados del negocio pesquero exigen a Sam Hardacre (Liam McMahon) un aumento para afrontar la subida del coste de la vida, un eco que desgraciadamente sigue conviviendo en nuestros días, obligándole, con la amenaza de trasladarse a América, a sopesar un movimiento financiero casi suicida. Pero ya se sabe, «los que perseveran tienen su recompensa». Paralelamente, la matriarca Mary (Claire Cooper) encarna el progreso y protagoniza una de las escenas más alegres con su fervor por montar en bicicleta. Aunque su misión más importante será la de abrir una escuela para alfabetizar al servicio tras un desternillante malentendido con un pedido de comida que acaba con la familia a base de una dieta de jamón. Es precisamente esa facilidad para conectar con los dilemas humanos lo que hace que empatizar con los personajes sea inmediato.

Todos buscan su lugar en un mundo que aún los observa como recién llegados y sin el linaje necesario para pertenecer a él. Por un lado, el primogénito Joe (Adam Little) intenta demostrar su capacidad de liderazgo a la par que gestiona las tensiones de la paternidad junto a Betsy, mientras que Liza (Shannon Lavelle) anhela un amor verdadero alejado de los matrimonios de conveniencia. Por otro lado, el joven Harry (Zak Ford-Williams) explora nuevos horizontes lejos de los libros y la abuela Ma (Julie Graham) sigue aportando esa rotundidad ruda y cómplice que sostiene el espíritu de la casa.

Sin embargo, hacerse ricos solo era la primera parte del viaje. Si la primera temporada versó sobre el ascenso, esta segunda aborda la conservación del terreno conquistado frente a las viejas jerarquías. La llegada de la aristócrata Lady Imelda Hansen (Michele Dotrice) promete dinamitar la frágil paz de la zona. Madre de la encorsetada vecina Emma Fitzherbert y emparentada con la realeza, Imelda entra en escena camuflada bajo la falsa cordialidad de una fiesta de té para, en secreto, intentar destruir a unos vecinos a los que considera unos osados por haber «ascendido por encima de su posición».

En su conjunto, la segunda temporada de ‘Los Hardacre’ firma un regreso sumamente disfrutable con actores que le han tomado la medida a sus personajes. Asimismo, equilibra el conflicto social con un apartado técnico encomiable, donde vuelve a destacar un vestuario deslumbrante que marca a la perfección el salto de clase de sus protagonistas, demostrando que esta familia aún tiene mucho que ofrecer en una televisión donde las historias con alma y elegancia nunca están de más.

 

 Movistar Plus acaba de estrenar los seis episodios de la segunda temporada sobre la cautivadora familia que deja atrás la pobreza  

Si al pensar en un drama de época británico la mente nos traslada de inmediato a la elegancia encorsetada y palaciega de ‘Los Bridgerton’, la serie ‘Los Hardacre’ llega nuevamente para desmontar el cliché por completo. La posición acomodada de esta familia en la suntuosa residencia de Hardacre Hall, cuyas puertas se nos abren desde el primer minuto de la segunda temporada, no proviene de ningún título nobiliario ni de rentas ancestrales. Es el fruto del sudor, del sacrificio, de la brega en los muelles y de una inversión de alto riesgo que rescató a sus carismáticos protagonistas de la miseria.

Creada por Amy Roberts y Loren McLaughlan, dos guionistas de origen obrero, un sello de autenticidad poco habitual en la ficción británica, la producción basada en la saga de novelas escrita por C. L. Skelton regresa a Movistar Plus con seis nuevos capítulos que demuestran que pasar de la pobreza a la riqueza sigue siendo un motor narrativo inagotable si se cuenta con el corazón adecuado.

Esta nueva tanda de episodios arranca con una declaración de intenciones puramente visual al ejecutar un soberbio plano secuencia que recorre los pasillos del hogar familiar. La cámara fluye con soltura integrando desde el servicio hasta a los propios miembros del clan, congregados en torno a la expectativa de que el patriarca consiga hacer funcionar la maquinaria que dotará de luz eléctrica a toda la casa para poder cenar.

La escena, tan divertida como reveladora, sumerge al espectador en un ambiente sano y fresco, demostrando de un plumazo que esta no es una familia adinerada al uso y sirviendo de presentación perfecta para todo el reparto principal de un solo vistazo.

A partir de esa atmósfera casi coral, el capítulo inicial despliega un cuadro donde la historia y la modernidad se filtran de forma orgánica. Así, asistimos a los primeros retazos de la recesión económica cuando los empleados del negocio pesquero exigen a Sam Hardacre (Liam McMahon) un aumento para afrontar la subida del coste de la vida, un eco que desgraciadamente sigue conviviendo en nuestros días, obligándole, con la amenaza de trasladarse a América, a sopesar un movimiento financiero casi suicida. Pero ya se sabe, «los que perseveran tienen su recompensa». Paralelamente, la matriarca Mary (Claire Cooper) encarna el progreso y protagoniza una de las escenas más alegres con su fervor por montar en bicicleta. Aunque su misión más importante será la de abrir una escuela para alfabetizar al servicio tras un desternillante malentendido con un pedido de comida que acaba con la familia a base de una dieta de jamón. Es precisamente esa facilidad para conectar con los dilemas humanos lo que hace que empatizar con los personajes sea inmediato.

Todos buscan su lugar en un mundo que aún los observa como recién llegados y sin el linaje necesario para pertenecer a él. Por un lado, el primogénito Joe (Adam Little) intenta demostrar su capacidad de liderazgo a la par que gestiona las tensiones de la paternidad junto a Betsy, mientras que Liza (Shannon Lavelle) anhela un amor verdadero alejado de los matrimonios de conveniencia. Por otro lado, el joven Harry (Zak Ford-Williams) explora nuevos horizontes lejos de los libros y la abuela Ma (Julie Graham) sigue aportando esa rotundidad ruda y cómplice que sostiene el espíritu de la casa.

Sin embargo, hacerse ricos solo era la primera parte del viaje. Si la primera temporada versó sobre el ascenso, esta segunda aborda la conservación del terreno conquistado frente a las viejas jerarquías. La llegada de la aristócrata Lady Imelda Hansen (Michele Dotrice) promete dinamitar la frágil paz de la zona. Madre de la encorsetada vecina Emma Fitzherbert y emparentada con la realeza, Imelda entra en escena camuflada bajo la falsa cordialidad de una fiesta de té para, en secreto, intentar destruir a unos vecinos a los que considera unos osados por haber «ascendido por encima de su posición».

En su conjunto, la segunda temporada de ‘Los Hardacre’ firma un regreso sumamente disfrutable con actores que le han tomado la medida a sus personajes. Asimismo, equilibra el conflicto social con un apartado técnico encomiable, donde vuelve a destacar un vestuario deslumbrante que marca a la perfección el salto de clase de sus protagonistas, demostrando que esta familia aún tiene mucho que ofrecer en una televisión donde las historias con alma y elegancia nunca están de más.

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