Qué es el ‘sophomore slump’, la temida caída de las series en su segunda temporada

Triunfar con una primera temporada no garantiza nada. En televisión existe incluso una expresión para describir lo que sucede cuando una serie que había irrumpido con fuerza pierde audiencia, impacto cultural o respaldo de la crítica en su segunda entrega: el ‘sophomore slump’, algo así como la maldición o bajón del segundo año. Y aunque el término lleva décadas circulando por la industria, en los últimos tiempos ha vuelto con fuerza al debate por los importantes descensos registrados por varias producciones de streaming.

La palabra ‘sophomore’ se utiliza en Estados Unidos para referirse a un estudiante de segundo año y también, de manera más amplia, a la segunda entrega de una obra o proyecto. Unido a ‘slump’, caída o bajón, la expresión acabó trasladándose a la música, el deporte, el cine y, por supuesto, las series.

No se trata de una métrica oficial ni de una regla matemática. Una serie puede sufrir un ‘sophomore slump’ porque pierde espectadores, porque su segunda temporada recibe críticas sensiblemente peores o porque, aun conservando buenos datos, deja de producir la conversación y el entusiasmo que acompañaron a su estreno.

Y tiene cierta lógica narrativa. Una primera temporada cuenta con la ventaja de la novedad: presenta un universo, unos personajes y una premisa que el espectador todavía no conoce. La segunda tiene que conseguir algo bastante más complicado: mantener aquello que funcionó sin limitarse a repetirlo y, al mismo tiempo, hacer evolucionar la historia sin desfigurarla.

El fenómeno lleva años siendo objeto de análisis. Al abordar el difícil segundo año de ‘Barry’, ‘The New Yorker’ recordaba casos de continuaciones problemáticas como ‘Bloodline’, ‘El hombre en el castillo’, ‘Por trece razones’, ‘Mr. Robot’, ‘Westworld’ o ‘True Detective’. Incluso Matt Stone, cocreador de ‘South Park’, llegó a considerar que la segunda temporada de su propia serie había sido la peor.

El fenómeno ha adquirido ahora otra dimensión porque el streaming permite comprobar en cifras cuántos espectadores regresan realmente después de una primera temporada. Y Netflix se ha encontrado especialmente en el centro de esa conversación.

Uno de los ejemplos más claros es ‘Las cuatro estaciones’. Su primera temporada debutó con 11,9 millones de visualizaciones y alcanzó el número uno entre las series en inglés de Netflix. Su segunda entrega comenzó con 4,4 millones, lo que supone aproximadamente un 63% menos.

Algo similar ocurrió con ‘Asesinato para principiantes’. La primera temporada reunió alrededor de 7,4 millones de visualizaciones durante su semana inicial, mientras que la segunda comenzó con aproximadamente 1,8 millones, una caída cercana al 76%. Aunque posteriormente mejoró ligeramente, la distancia con el lanzamiento original seguía siendo considerable.

‘Avatar: La leyenda de Aang’ también alimentó el debate. Su segunda temporada arrancó con 8,7 millones de visualizaciones en su primera medición, muy por debajo del impacto conseguido por los primeros episodios de la adaptación.

Otro caso particular es ‘Bronca’. Su segunda entrega debutó con 2,4 millones de visualizaciones, aunque aquí la comparación requiere más cautela. La serie funciona como una antología y regresó con personajes, reparto y argumento diferentes, por lo que en buena medida tenía que conquistar de nuevo a su público.

Incluso una producción de gran tamaño como ‘One Piece’ regresó con algo menos de fuerza inicial. Su segunda temporada debutó como número uno mundial con 16,8 millones de visualizaciones, frente a los 18,5 millones aproximados que había conseguido la primera en sus primeros días. La comparación no es completamente directa porque las ventanas de estreno fueron distintas, pero volvió a poner sobre la mesa lo difícil que resulta reproducir el impacto de una primera temporada convertida en acontecimiento.

Hay, además, una cuestión importante detrás de todos esos números. Netflix define una visualización dividiendo el total de horas vistas entre la duración del título, un sistema que busca facilitar las comparaciones entre contenidos con metrajes distintos. Aun así, comparar temporadas exige tener en cuenta cuántos días estuvieron disponibles dentro de la semana analizada, si los capítulos llegaron todos juntos o divididos en partes y si cambió la duración total.

Por eso, hablar de una auténtica «maldición» requiere matices. Perder espectadores respecto a una primera temporada no significa necesariamente fracasar.

‘Miércoles’ ofrece un buen ejemplo. Su primera temporada permanece entre las producciones en inglés más vistas de la historia de Netflix. La segunda quedó claramente por debajo, pero aun así mantuvo cifras que muchas otras ficciones considerarían extraordinarias. Una caída relativa puede seguir dejando un éxito absoluto.

Y existen series que directamente rompen la supuesta maldición. ‘El juego del calamar’ consiguió con su segunda temporada uno de los mayores estrenos de una serie en la historia de Netflix y demostró que una continuación puede mantener —e incluso disparar— la expectación si el interés del público sigue intacto.

Fuera de Netflix también hay ejemplos de crecimiento. ‘The White Lotus’ amplió considerablemente su audiencia entre sus primeras temporadas, mientras que ‘Separación’ consiguió aumentar su seguimiento en su segundo año. Es decir, la segunda temporada no está condenada a funcionar peor: depende del tipo de serie, el modelo de estreno, la conversación generada y la capacidad de mantener el interés durante la espera.

La maldición tampoco tiene que medirse únicamente en espectadores. ‘True Detective’ es uno de los ejemplos históricos más utilizados desde el punto de vista crítico. Su primera temporada, protagonizada por Matthew McConaughey y Woody Harrelson, conserva una valoración muy superior a la segunda, que cambió completamente de reparto, escenario e historia.

Todavía más pronunciado fue el caso de ‘Por trece razones’. Su primera temporada recibió una acogida crítica considerablemente mejor que la segunda. Buena parte de las críticas apuntaron precisamente a que la continuación había perdido parte de aquello que hacía especialmente efectiva a la historia original.

¿Por qué ocurre? No existe una única explicación. La pérdida del factor sorpresa es probablemente la más evidente. Una serie nueva puede convertirse en fenómeno porque nadie sabe exactamente qué esperar; cuando regresa, ya compite contra el recuerdo de su mejor versión.

A ello se suman las largas esperas entre temporadas. En la televisión tradicional era habitual que una serie regresara unos nueve meses después. En el streaming pueden transcurrir dos, tres o incluso más años. Durante ese intervalo llegan decenas de nuevas producciones y una parte del público simplemente pierde el vínculo con los personajes o la historia.

También está el efecto del estreno completo de una temporada de golpe. Una producción puede concentrar prácticamente toda su conversación en unos pocos días y después desaparecer durante años, mientras que un estreno semanal permanece más tiempo en medios, redes sociales y conversaciones entre espectadores.

Y después está el problema puramente creativo: algunas historias estaban concebidas, consciente o inconscientemente, para funcionar una sola vez. La primera temporada resuelve el gran misterio, completa el principal arco dramático o agota la idea que hacía diferente a la serie. Renovarla obliga entonces a encontrar otro motivo para seguir existiendo.

‘Por trece razones’ suele aparecer precisamente como ejemplo de esa dificultad. Su primera entrega estaba construida alrededor de una estructura narrativa muy concreta que quedaba prácticamente completada al final de los episodios iniciales. Continuarla obligó a prolongar una historia cuyo gran motor dramático ya había sido utilizado.

Por eso el ‘sophomore slump’ tiene más de prueba de resistencia que de maldición real. El estreno demuestra que una serie puede despertar curiosidad. La segunda temporada responde a una pregunta bastante más complicada: si aquella curiosidad inicial se convirtió realmente en fidelidad.

Los datos del streaming permiten observar esta diferencia mejor que nunca. Una primera temporada puede sumar millones de espectadores atraídos por la novedad, una campaña de promoción muy potente o el boca a boca y descubrir después que solo una parte estaba lo suficientemente implicada como para regresar uno o dos años más tarde.

La auténtica prueba para una serie no siempre consiste en conseguir que millones de personas pulsen el play por primera vez. En muchas ocasiones, lo realmente difícil es lograr que quieran volver a hacerlo.

 El término describe el bajón de audiencia, impacto o recepción crítica que algunas ficciones sufren después de un primer año exitoso  

Triunfar con una primera temporada no garantiza nada. En televisión existe incluso una expresión para describir lo que sucede cuando una serie que había irrumpido con fuerza pierde audiencia, impacto cultural o respaldo de la crítica en su segunda entrega: el ‘sophomore slump’, algo así como la maldición o bajón del segundo año. Y aunque el término lleva décadas circulando por la industria, en los últimos tiempos ha vuelto con fuerza al debate por los importantes descensos registrados por varias producciones de streaming.

La palabra ‘sophomore’ se utiliza en Estados Unidos para referirse a un estudiante de segundo año y también, de manera más amplia, a la segunda entrega de una obra o proyecto. Unido a ‘slump’, caída o bajón, la expresión acabó trasladándose a la música, el deporte, el cine y, por supuesto, las series.

No se trata de una métrica oficial ni de una regla matemática. Una serie puede sufrir un ‘sophomore slump’ porque pierde espectadores, porque su segunda temporada recibe críticas sensiblemente peores o porque, aun conservando buenos datos, deja de producir la conversación y el entusiasmo que acompañaron a su estreno.

Y tiene cierta lógica narrativa. Una primera temporada cuenta con la ventaja de la novedad: presenta un universo, unos personajes y una premisa que el espectador todavía no conoce. La segunda tiene que conseguir algo bastante más complicado: mantener aquello que funcionó sin limitarse a repetirlo y, al mismo tiempo, hacer evolucionar la historia sin desfigurarla.

El fenómeno lleva años siendo objeto de análisis. Al abordar el difícil segundo año de ‘Barry’, ‘The New Yorker’ recordaba casos de continuaciones problemáticas como ‘Bloodline’, ‘El hombre en el castillo’, ‘Por trece razones’, ‘Mr. Robot’, ‘Westworld’ o ‘True Detective’. Incluso Matt Stone, cocreador de ‘South Park’, llegó a considerar que la segunda temporada de su propia serie había sido la peor.

El fenómeno ha adquirido ahora otra dimensión porque el streaming permite comprobar en cifras cuántos espectadores regresan realmente después de una primera temporada. Y Netflix se ha encontrado especialmente en el centro de esa conversación.

Uno de los ejemplos más claros es ‘Las cuatro estaciones’. Su primera temporada debutó con 11,9 millones de visualizaciones y alcanzó el número uno entre las series en inglés de Netflix. Su segunda entrega comenzó con 4,4 millones, lo que supone aproximadamente un 63% menos.

Algo similar ocurrió con ‘Asesinato para principiantes’. La primera temporada reunió alrededor de 7,4 millones de visualizaciones durante su semana inicial, mientras que la segunda comenzó con aproximadamente 1,8 millones, una caída cercana al 76%. Aunque posteriormente mejoró ligeramente, la distancia con el lanzamiento original seguía siendo considerable.

‘Avatar: La leyenda de Aang’ también alimentó el debate. Su segunda temporada arrancó con 8,7 millones de visualizaciones en su primera medición, muy por debajo del impacto conseguido por los primeros episodios de la adaptación.

Otro caso particular es ‘Bronca’. Su segunda entrega debutó con 2,4 millones de visualizaciones, aunque aquí la comparación requiere más cautela. La serie funciona como una antología y regresó con personajes, reparto y argumento diferentes, por lo que en buena medida tenía que conquistar de nuevo a su público.

Incluso una producción de gran tamaño como ‘One Piece’ regresó con algo menos de fuerza inicial. Su segunda temporada debutó como número uno mundial con 16,8 millones de visualizaciones, frente a los 18,5 millones aproximados que había conseguido la primera en sus primeros días. La comparación no es completamente directa porque las ventanas de estreno fueron distintas, pero volvió a poner sobre la mesa lo difícil que resulta reproducir el impacto de una primera temporada convertida en acontecimiento.

Hay, además, una cuestión importante detrás de todos esos números. Netflix define una visualización dividiendo el total de horas vistas entre la duración del título, un sistema que busca facilitar las comparaciones entre contenidos con metrajes distintos. Aun así, comparar temporadas exige tener en cuenta cuántos días estuvieron disponibles dentro de la semana analizada, si los capítulos llegaron todos juntos o divididos en partes y si cambió la duración total.

Por eso, hablar de una auténtica «maldición» requiere matices. Perder espectadores respecto a una primera temporada no significa necesariamente fracasar.

‘Miércoles’ ofrece un buen ejemplo. Su primera temporada permanece entre las producciones en inglés más vistas de la historia de Netflix. La segunda quedó claramente por debajo, pero aun así mantuvo cifras que muchas otras ficciones considerarían extraordinarias. Una caída relativa puede seguir dejando un éxito absoluto.

Y existen series que directamente rompen la supuesta maldición. ‘El juego del calamar’ consiguió con su segunda temporada uno de los mayores estrenos de una serie en la historia de Netflix y demostró que una continuación puede mantener —e incluso disparar— la expectación si el interés del público sigue intacto.

Fuera de Netflix también hay ejemplos de crecimiento. ‘The White Lotus’ amplió considerablemente su audiencia entre sus primeras temporadas, mientras que ‘Separación’ consiguió aumentar su seguimiento en su segundo año. Es decir, la segunda temporada no está condenada a funcionar peor: depende del tipo de serie, el modelo de estreno, la conversación generada y la capacidad de mantener el interés durante la espera.

La maldición tampoco tiene que medirse únicamente en espectadores. ‘True Detective’ es uno de los ejemplos históricos más utilizados desde el punto de vista crítico. Su primera temporada, protagonizada por Matthew McConaughey y Woody Harrelson, conserva una valoración muy superior a la segunda, que cambió completamente de reparto, escenario e historia.

Todavía más pronunciado fue el caso de ‘Por trece razones’. Su primera temporada recibió una acogida crítica considerablemente mejor que la segunda. Buena parte de las críticas apuntaron precisamente a que la continuación había perdido parte de aquello que hacía especialmente efectiva a la historia original.

¿Por qué ocurre? No existe una única explicación. La pérdida del factor sorpresa es probablemente la más evidente. Una serie nueva puede convertirse en fenómeno porque nadie sabe exactamente qué esperar; cuando regresa, ya compite contra el recuerdo de su mejor versión.

A ello se suman las largas esperas entre temporadas. En la televisión tradicional era habitual que una serie regresara unos nueve meses después. En el streaming pueden transcurrir dos, tres o incluso más años. Durante ese intervalo llegan decenas de nuevas producciones y una parte del público simplemente pierde el vínculo con los personajes o la historia.

También está el efecto del estreno completo de una temporada de golpe. Una producción puede concentrar prácticamente toda su conversación en unos pocos días y después desaparecer durante años, mientras que un estreno semanal permanece más tiempo en medios, redes sociales y conversaciones entre espectadores.

Y después está el problema puramente creativo: algunas historias estaban concebidas, consciente o inconscientemente, para funcionar una sola vez. La primera temporada resuelve el gran misterio, completa el principal arco dramático o agota la idea que hacía diferente a la serie. Renovarla obliga entonces a encontrar otro motivo para seguir existiendo.

‘Por trece razones’ suele aparecer precisamente como ejemplo de esa dificultad. Su primera entrega estaba construida alrededor de una estructura narrativa muy concreta que quedaba prácticamente completada al final de los episodios iniciales. Continuarla obligó a prolongar una historia cuyo gran motor dramático ya había sido utilizado.

Por eso el ‘sophomore slump’ tiene más de prueba de resistencia que de maldición real. El estreno demuestra que una serie puede despertar curiosidad. La segunda temporada responde a una pregunta bastante más complicada: si aquella curiosidad inicial se convirtió realmente en fidelidad.

Los datos del streaming permiten observar esta diferencia mejor que nunca. Una primera temporada puede sumar millones de espectadores atraídos por la novedad, una campaña de promoción muy potente o el boca a boca y descubrir después que solo una parte estaba lo suficientemente implicada como para regresar uno o dos años más tarde.

La auténtica prueba para una serie no siempre consiste en conseguir que millones de personas pulsen el play por primera vez. En muchas ocasiones, lo realmente difícil es lograr que quieran volver a hacerlo.

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