
Hace muchos años, cuando éramos muy jóvenes y vivíamos en El Cairo, mi amigo Mahmud Fathi, un narrador salvaje y un poeta inesperado, me sorprendió un día con este haiku de centelleante profundidad: “¿Por qué los humanos descubrimos el fuego? Porque lo llevábamos dentro”. Entonces la ocurrencia no sólo me pareció bella y verdadera sino animosa; definía a los humanos por un puñado de pasiones (el amor, la juventud, el deseo) que a veces, es cierto, lo chamuscan todo a su alrededor, pero sin las cuales no se puede imaginar una vida digna de ser vivida. Hay fuegos que hay que mantener siempre encendidos y en los que hay que quemarse al menos los dedos. Llevábamos tanta intensidad en nuestro interior que un rayo cayó del cielo para encender la hoguera en la que nos calentamos las manos, cocinamos nuestros alimentos y narramos nuestras historias. Ese era un mundo difícil (siempre lo ha sido) pero todavía manejable.
Tendemos a pensar que la naturaleza se está rebelando, e igual la pregunta es si únicamente trata de emularnos 
Hace muchos años, cuando éramos muy jóvenes y vivíamos en El Cairo, mi amigo Mahmud Fathi, un narrador salvaje y un poeta inesperado, me sorprendió un día con este haiku de centelleante profundidad: “¿Por qué los humanos descubrimos el fuego? Porque lo llevábamos dentro”. Entonces la ocurrencia no sólo me pareció bella y verdadera sino animosa; definía a los humanos por un puñado de pasiones (el amor, la juventud, el deseo) que a veces, es cierto, lo chamuscan todo a su alrededor, pero sin las cuales no se puede imaginar una vida digna de ser vivida. Hay fuegos que hay que mantener siempre encendidos y en los que hay que quemarse al menos los dedos. Llevábamos tanta intensidad en nuestro interior que un rayo cayó del cielo para encender la hoguera en la que nos calentamos las manos, cocinamos nuestros alimentos y narramos nuestras historias. Ese era un mundo difícil (siempre lo ha sido) pero todavía manejable.
Opinión en EL PAÍS
