Fronteras y soberanía bajo asedio

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Lo que ha sucedido este verano en Ceuta, donde cerca de 80.000 personas cruzaron irregularmente a la ciudad autónoma, es un hecho extraordinario por el número de inmigrantes, porque más de un mes después miles de ellos siguen en una inaceptable situación de precariedad en las calles y playas ceutíes, y por el efecto para la tranquilidad y la convivencia en este territorio que Marruecos reivindica como suyo. Pero este episodio en nada resulta una anomalía en el contexto internacional actual. La Unión Europea se ha acostumbrado a sufrir con intensidad creciente el asedio de otros países y a ver su soberanía cuestionada. Mediante la coacción, la amenaza o directamente el ataque armado, estos países —algunos de ellos, supuestos aliados; otros, amigos; y otros, enemigos declarados— pretenden romper algo esencial en el orden internacional, como son las fronteras, y en última instancia quebrar el funcionamiento de nuestras democracias.

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 En el norte, en el este y en el sur, injerencias y ataques híbridos buscan dividir a los países de la UE. La respuesta exige unidad y solidaridad  

EDITORIAL

Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

En el norte, en el este y en el sur, injerencias y ataques híbridos buscan dividir a los países de la UE. La respuesta exige unidad y solidaridad

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sr. García
El País

Lo que ha sucedido este verano en Ceuta, donde cerca de 80.000 personas cruzaron irregularmente a la ciudad autónoma, es un hecho extraordinario por el número de inmigrantes, porque más de un mes después miles de ellos siguen en una inaceptable situación de precariedad en las calles y playas ceutíes, y por el efecto para la tranquilidad y la convivencia en este territorio que Marruecos reivindica como suyo. Pero este episodio en nada resulta una anomalía en el contexto internacional actual. La Unión Europea se ha acostumbrado a sufrir con intensidad creciente el asedio de otros países y a ver su soberanía cuestionada. Mediante la coacción, la amenaza o directamente el ataque armado, estos países —algunos de ellos, supuestos aliados; otros, amigos; y otros, enemigos declarados— pretenden romper algo esencial en el orden internacional, como son las fronteras, y en última instancia quebrar el funcionamiento de nuestras democracias.

Lo hemos visto recientemente en un intervalo de pocos días: el 30 de julio en Ceuta, y el 4 de agosto en el aeropuerto de la ciudad alemana de Leipzig, escenario de un atentado fallido con drones del que Alemania ha acusado a Rusia. Los países bálticos conocen desde hace tiempo lo que representa tener frontera con una potencia nuclear dispuesta a violarla, como lo sabe desde hace unos meses el Reino de Dinamarca, que se enfrenta al intento de Donald Trump de hacerse con Groenlandia. Quienes promueven estas acciones buscan debilitar a Europa como espacio de libertades y además cuentan con eficaces arietes en su labor de demolición. Son partidos como AfD, previsible vencedor en las elecciones este domingo en el Estado federado alemán de Sajonia-Anhalt, o el Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen, favorito para ganar las elecciones presidenciales francesas de la próxima primavera. Ambos, como otras formaciones y líderes de la extrema derecha, cuentan con el apoyo del trumpismo y el putinismo y, pese a su retórica patriotera, actúan en su favor.

Demasiadas veces los europeos han respondido a estos desafíos con titubeos y divisiones. Cuando Rusia decide escalar su guerra híbrida en Europa con actos como el de Leipzig, que la Comisión Europea ha calificado de “terrorismo patrocinado por un Estado”, está poniendo a prueba la cohesión y la solidaridad europeas. Y nadie puede dar ya por seguro que, si Vladímir Putin intentase una operación militar en una ciudad báltica, Estados Unidos cumpliría sus obligaciones como principal miembro de la OTAN y acudiría en su defensa. Si en algún momento hubo dudas sobre el desinterés de Trump por el flanco oriental europeo, en el otro extremo geográfico las disipó a principios de año con sus planes para anexionarse Groenlandia. Y en el sur, lo que en aquel momento se describió como una “violación de la integridad territorial” de Ceuta dividió a la UE en vez de unirla. Los enemigos de Europa habrán tomado nota.

No son lo mismo las bravuconadas de Trump con Groenlandia (o con Canadá) que la guerra bien real de Putin en Ucrania, ni los ataques con drones a aeropuertos o infraestructuras de la UE que las injerencias en procesos electorales o el uso de la inmigración como palanca diplomática. Pero en todo ello hay un trasfondo común, y es la voluntad de desdibujar las fronteras por la fuerza o bajo coerción. Cuando en la última década se hablaba de “autonomía estratégica” o “soberanía europea”, no eran palabras huecas. Hoy queda claro que no hay tiempo que perder, porque si existe una certeza es que estos episodios se repetirán. Y la respuesta tampoco pasa por encerrarse ni elevar muros, sino por la diplomacia y la resolución pacífica de los conflictos, y siempre la defensa de los derechos universales. Es una ambición que, a la vez, exige unidad y firmeza ante quienes cuestionan estos principios, y no adulación ni eufemismos. Solo así se les disuadirá.

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