El ajedrez está a punto de quedar obsoleto, igual que el fax, la locomotora de vapor y los pantalones ajustados. Eso es lo que piensa Elon Musk, que la semana pasada insistía en X en que este juego quedará “resuelto del todo” en unos años. El ajedrez es difícil para los humanos, dice, pero no para los ordenadores: “El número real de movimientos que no son totalmente estúpidos es pequeño”, lo que quiere decir que es un problema abarcable para la inteligencia artificial (IA) en no muchos años: “Entre ahora y entonces, incluso después, divertíos. La gente disfruta de muchos juegos y deportes en los que las máquinas son mucho mejores”.
Algunos tecnomagnates creen que la cultura y el juego son solo problemas técnicos pendientes de resolución
El ajedrez está a punto de quedar obsoleto, igual que el fax, la locomotora de vapor y los pantalones ajustados. Eso es lo que piensa Elon Musk, que la semana pasada insistía en X en que este juego quedará “resuelto del todo” en unos años. El ajedrez es difícil para los humanos, dice, pero no para los ordenadores: “El número real de movimientos que no son totalmente estúpidos es pequeño”, lo que quiere decir que es un problema abarcable para la inteligencia artificial (IA) en no muchos años: “Entre ahora y entonces, incluso después, divertíos. La gente disfruta de muchos juegos y deportes en los que las máquinas son mucho mejores”.
Los mensajes de Musk muestran varios de los desaciertos de esta tecnoligarquía que amenaza con convertir el mundo no solo en una dictadura algorítimica sino también en un lugar aburridísimo. Está muy bien que la IA nos ayude a resolver problemas —el cáncer, la degeneración macular, el alzhéimer—, pero, como señalan muchos comentarios a sus tuits, el ajedrez no es un problema, sino un juego. Los millones de personas que lo practican cada día no están intentando resolver nada; solo quieren divertirse. No es como si alguien se apunta a un club con el objetivo de decir: “Ya está, así es como se hace”, y que le den el Nobel de Ajedrez por haber encontrado la cura.
Jugar es una de las cosas que nos hace humanos. Como escribe el filósofo e historiador Johan Huizinga en Homo ludens, es una forma de explorar el mundo, de conocernos a nosotros mismos, de relacionarnos con los demás, de aprender a perder (y a ganar). Y, sobre todo, es divertido. “Una cultura auténtica no puede subsistir sin cierto contenido lúdico”, señala.
Además de eso, hace años que las máquinas juegan mejor que nosotros. Ante cualquier posición, un programa como Stockfish ya propone la mejor jugada posible. Y eso está muy bien, porque ayuda a aprender y a entender qué ha pasado en una partida. Pero pocos creen que el ajedrez haya perdido interés por ello. Nadie seguiría un campeonato entre máquinas, salvo como curiosidad: seguimos las partidas entre humanos no solo “aunque se equivoquen”, sino también, incluso sobre todo, porque se equivocan. Lo ha escrito alguna vez el periodista Leontxo García en estas páginas: en el ajedrez, la belleza suele ser hija del error. Como en multitud de deportes, lo importante no es solo jugar bien, sino también identificar y aprovechar las equivocaciones ajenas.
La promesa de Musk recuerda a lo que se dice en ocasiones sobre el futuro de la escritura y del arte, que no se entienden como expresiones culturales, sino como problemas técnicos. Hay un empeño en que la IA sustituya a escritores, ilustradores y cineastas, pero se olvida que ocurre lo mismo que con el juego: es verdad que hay gente que solo quiere publicar, igual que hay gente que solo quiere ganar, pero a la mayoría nos gusta escribir, incluso aunque lo hagamos tan mal como jugar al ajedrez. Si una IA lograra resolver la escritura o el dibujo y escupir novelas, películas y cuadros bien construidos, seguiríamos escribiendo y leyendo a humanos. Porque queremos compartir o conocer una experiencia, un punto de vista, una idea. E igual que ocurre con el ajedrez, también aquí la belleza puede nacer del error, porque del error surge lo inesperado, lo cómico, lo nuevo, lo raro. No seguiremos leyendo a otros humanos aunque se equivoquen, sino porque se equivocan.
Es curioso comprobar en qué quedan muchas de las promesas de los tecnoprofetas: nos venden una utopía futura en un discurso puramente comercial que aspira, entre otras cosas, a ocultar los problemas actuales de la IA, como el consumo de energía y agua, o el robo de material con derechos de autor para entrenar a sus máquinas. Pero en este caso, Musk ni siquiera nos ofrece un porvenir maravilloso en el que la tecnología curará el cáncer, sino que amenaza (inútilmente) con volver irrelevante un juego. No es solo que una máquina nos vaya a robar el trabajo; es que nos quiere robar la diversión.
EL PAÍS
