Elogio del error

Dice Daniel Samoilovich en un texto en el que se ocupa de su poética que escribe para escuchar él mismo “cómo suena un asunto”. No como se lo cuentan los demás, ni como se lo encuentra en la vida o entre los libros y los periódicos, sino cómo le suena precisamente a él al escribirlo, al procurar entenderlo, al intentar asirlo. Un poco antes explica que “el poeta nunca sabe del todo lo que quiere, para averiguarlo es que escribe, y para averiguarlo mejor es que sigue escribiendo”. Samoilovich está tratando de su oficio de poeta, pero cuanto apunta bien podría servir también para cualquier literato, incluso para cualquier plumilla que está redactando una crónica o afanándose con una columna. Cómo suena un asunto, he ahí la cuestión. En otro momento se refiere a su trabajo en estos términos: “un poema debe empezar in media res, debe arrancar, no comenzar, arrancarse a sí mismo de la nada convencido de que quiere existir, y aun de que es necesario que exista; esto último es evidentemente una barbaridad, un error, un pecado originario, en el sentido de que sin esa petulancia original el poema no podría existir”.

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 En su último libro, Daniel Samoilovich reunió sus apuntes sobre arte y poesía, un esfuerzo casi siempre vano que no tendría sentido sin la petulancia  

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En su último libro, Daniel Samoilovich reunió sus apuntes sobre arte y poesía, un esfuerzo casi siempre vano que no tendría sentido sin la petulancia

El poeta argentino Daniel Samoilovich (1949-2025). Abel Alonso (EFE)
José Andrés Rojo

Dice Daniel Samoilovich en un texto en el que se ocupa de su poética que escribe para escuchar él mismo “cómo suena un asunto”. No como se lo cuentan los demás, ni como se lo encuentra en la vida o entre los libros y los periódicos, sino cómo le suena precisamente a él al escribirlo, al procurar entenderlo, al intentar asirlo. Un poco antes explica que “el poeta nunca sabe del todo lo que quiere, para averiguarlo es que escribe, y para averiguarlo mejor es que sigue escribiendo”. Samoilovich está tratando de su oficio de poeta, pero cuanto apunta bien podría servir también para cualquier literato, incluso para cualquier plumilla que está redactando una crónica o afanándose con una columna. Cómo suena un asunto, he ahí la cuestión. En otro momento se refiere a su trabajo en estos términos: “un poema debe empezar in media res, debe arrancar, no comenzar, arrancarse a sí mismo de la nada convencido de que quiere existir, y aun de que es necesario que exista; esto último es evidentemente una barbaridad, un error, un pecado originario, en el sentido de que sin esa petulancia original el poema no podría existir”.

Tiene razón. Y no solo cuando se trata de un poema. El hecho de ponerse a escribir es la barbaridad y es el error. ¿Qué diablos se pretende al juntar unas palabras con otras si al cabo el sentido se escapa y no se termina nunca de conocer lo que se pretendía conocer, de expresar lo inexpresable? Si los hechos son esquivos, si las propias habilidades son torpes, si no hay manera de atrapar el curso de las cosas para mirarlas a la cara y decirles “os tengo”, ¿qué disparate gastar horas y horas en una tarea tan vana y, al fin, tan inútil? Es ahí donde entra la segunda parte de la reflexión de Samoilovich, la de la petulancia. Sin esa petulancia que pone en marcha la maquinaria no habría poema, pero tampoco (quién sabe) periodismo.

Hace unos días, en la librería Olavide de Madrid, se reunieron Olvido García Valdés, Miguel Casado, Mercedes Cebrián, Carlos Alberdi y Mariano Peyrou para acordarse de Daniel Samoilovich (Buenos Aires, 1949), quien se enfermó de repente un día en México y al poco falleció en octubre de 2025. Fue sobre todo poeta, pero también traductor, periodista, crítico y editor, escribió ensayos, dirigió talleres de escritura. Tuvo una estrecha relación con Madrid, donde dio conferencias y seminarios en la Residencia de Estudiantes y en la Casa Encendida, y dirigió entre 1986 y 2012 Diario de Poesía, un periódico trimestral que se vendía en los quioscos de Argentina y que era financieramente viable (aquello era realmente otro mundo).

“Un poema no es una reflexión, es una acción” apunta también Daniel Samoilovich en el texto que en que se ocupa de su poética y que está incluido en Estética del error (FCE), su último libro, en el que reunió sus apuntes sobre arte y poesía. Cuenta ahí que le gusta tener en la mesa en la que trabaja a “un pequeño demonio burlón”. No está mal tener a alguien así a la vera, resulta una ayuda imprescindible para ponerse a ver cómo suena cada asunto con distancia y humor, algo en lo que Daniel Samoilovich era un maestro. Al leerlo no cabe duda alguna de que es justo elogiar ese “pecado originario”, ese error, el del poema que quiere existir y que considera que es necesario que exista. Y, bueno, habrá también que aceptar entonces la petulancia. Sin esa altanería no existirían los poetas y, tal vez, quedarían huecos varios rincones de los periódicos.

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