Anselm Kiefer, el artista de la poesía y la alquímia llega por primera vez a Barcelona

“Pienso en imágenes, y los poemas me ayudan. Son como boyas en el mar. Voy nadando de una a otra”. Con estas palabras, el artista alemán Anselm Kiefer (Donaueschingen, 1945) describe su relación con la poesía, que es tan intensa como la que mantiene con la historia, el mito, la ciencia y la espiritualidad para articular sus abrumadoras obras, que construye transformando todo tipo de materiales, especialmente el plomo, como un paciente alquimista. Su singular mundo creativo se puede descubrir en La Pedrera hasta el 24 de enero, bajo el título La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe, que incluye dos conjuntos fundamentales como son los doce cuadros de sus constelaciones y las vitrinas llamadas Opus Magnum ―en evidente referencia a la búsqueda de la piedra filosofal―. Además, la muestra se completa con unos inusitados libros de artista que se exhiben en unos aparadores creados por él mismo.

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 ‘La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe’ se puede ver hasta el 24 de enero en La Pedrera  

“Pienso en imágenes, y los poemas me ayudan. Son como boyas en el mar. Voy nadando de una a otra”. Con estas palabras, el artista alemán Anselm Kiefer (Donaueschingen, 1945) describe su relación con la poesía, que es tan intensa como la que mantiene con la historia, el mito, la ciencia y la espiritualidad para articular sus abrumadoras obras, que construye transformando todo tipo de materiales, especialmente el plomo, como un paciente alquimista. Su singular mundo creativo se puede descubrir en La Pedrera hasta el 24 de enero, bajo el título La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe, que incluye dos conjuntos fundamentales como son los doce cuadros de sus constelaciones y las vitrinas llamadas Opus Magnum ―en evidente referencia a la búsqueda de la piedra filosofal―. Además, la muestra se completa con unos inusitados libros de artista que se exhiben en unos aparadores creados por él mismo.

Aunque no suele participar en las inauguraciones ni las presentaciones, Anselm Kiefer sí que supervisa sus exposiciones, y por eso estuvo hace unos días en La Pedrera, donde comprobó de primera mano que sus obras quedaban bien acomodadas en la planta noble del edificio de Antoni Gaudí. No solo consiguen un bello impacto visual, sino que incluso parece que dialoguen con el espacio, según el comisario Walter Smerling, que compara el sitio con la cripta del artista en Barjac, su espacio más personal situado en una antigua fábrica en el sur de Francia que se puede visitar.

Son 70 obras las que han viajado hasta La Pedrera, procedentes en su mayoría de la colección de Hans Grothe, que atesoró el mayor conjunto de su creación convirtiéndose en su gran protector. A pie de calle, la muestra ya hace un guiño a los espectadores con una de sus Mujeres de la antigüedad situada en el patio interior. No hay ningún cuerpo, pero se adivina a una fémina por el vestido blanco, que respeta cada pliegue del traje usado que el artista enyesó, y los girasoles ― planta recurrente en su obra― de plomo que salen del tronco superior. Sin rastro de carne ni vísceras, la percepción es de una humanidad arrebatadora.

Esta es solo una de las muchas mujeres de la antigüedad que ha creado Kiefer, para recordar, reflexionar y valorizar el papel de las intelectuales y místicas de la historia. En la planta noble, se encuentra otra de estas figuras. Con un vestido parecido, del mismo blanco inmaculado y parecidas ondulaciones que capturan todos sus pliegues, por cabeza no lleva más que pesados libros de plomo, toda esa sabiduría acumulada que a menudo también llevaron como una losa.

Tampoco hay cuerpos en las representaciones que encapsulan sus vitrinas de cristal, una serie titulada Opus Magnum, que se puede ver por primera vez en España. Entre 2014 y 2016, creó 23 vitrinas y seis fotografías que superficialmente pueden calificarse de naturalezas muertas, pero esconden todo un trabajo histórico y reflexivo sobre lo más humano. Una de las cuestiones fundamentales de la obra de Kiefer es el silencio sobre el nazismo con el cual creció, ya que él mismo nació justo al término de la II Guerra Mundial, y explorar la mitología, la religión y la ciencia le ayudó a cuestionar los hechos históricos más traumáticos de su país.

Además de plomo, materiales como la tierra, la paja, la ceniza, las plantas, la madera, el cristal u objetos de todo tipo encontrados le sirven para erguir estas piezas, que evocan mitos como el de Dafne, la ninfa que prefirió convertirse en árbol antes que caer en las garras de Apolo. Una obra que reflexiona sobre la relación entre el hombre y la mujer en la historia, según el comisario, que deja claro que Kiefer es el artista de las preguntas más que de las respuestas. También destaca la vitrina llamada La escalera de Jacob, que une la tierra, llena de barro en este aparador, con el cielo, aquí convertido en el techo de cristal. Completan la obra uno vestidos de diferentes medidas, en alusión a los ángeles que subían y bajaban por la escalera bíblica.

Las obras procedentes de la colección Grothe son unas cuarenta, entre las cuales están los doce inseparables cuadros en qué explora el universo a partir de las lecciones del médico, naturalista y filósofo del siglo XVII Robert Fludd, que concebía el mundo como un sistema interconectado completamente. La relación entre el microcosmos y el macrocosmos es una de las inquietudes más profundas del artista, que se rebela aquí con cielos estrellados que forman un collage con varios materiales, donde incluso plantó sus zapatos o una oca, que pueden leerse como transmisores de conocimiento entre este mundo y el más allá. Cada planta de la tierra tiene su lucero en el firmamento, defendía Fludd.

Con una curiosidad innata, los inicios de Kiefer en el arte fueron muy controvertidos. En una casa donde apenas había libros, creció observando el silencio y la culpa colectiva que sentían los alemanes por el horror del nazismo. Lejos de sumarse a ese vacío, quiso entender cómo su país había dado el poder a un dictador como Hitler. Cuando todavía era estudiante de la Academia de Karlsruhe, a finales de los sesenta, realizó una serie fotográfica de él mismo vestido con ropa militar y haciendo el saludo nazi en diferentes lugares de Europa. Ni de lejos era una adhesión, pero sí una provocación para generar los debates que no encontraba.

Sin dejar nunca de hurgar en la herida del nazismo, y rodeándose de todos los libros que le ayudaran a entender este mundo, Kiefer ha explorado la condición humana, yendo mucho más allá de lo visible. Todo ello queda recogido en unos grandes y pesados libros de artista, que aguardan el ámbito más privado del creador y están protegidos por vitrinas de cristal y acero que solo dejan ver una cara. Son su esfera más personal y los ha cedido él mismo para esta exposición en La Pedera.

Pero estos libros son solo una síntesis de una mente incansable que profana cualquier material para traspasar su primera capa. Lo hace de un modo simbólico, pero también real, con todos los elementos que atesora en sus grandes almacenes. Los tiene en Barjac, pero también a las afueras de París, donde actualmente trabaja. Están repletos de hallazgos y objetos que quizá un día se conviertan en “chispas de luz”, como dice el artista en el vídeo que se puede ver al final del recorrido y al que vale la pena dedicar los veinte minutos que dura.

Se trata de una versión reducida de la película de Sophie Finnes Anselm Kiefer in Barjac (2014). Una ventana a las cuarenta hectáreas que ocupa su antiguo oasis en el sur de Francia, conocido como La Ribaute, donde se estableció en 1992 y acabó convertido no solo en su casa y su taller, sino también en una inmensa exposición en sí misma, con varias intervenciones artísticas en el paisaje. Desde excavaciones subterráneas hasta grandes invernaderos llenos de materiales y obras o un conjunto de torres de hormigón que también presentó en 2007 en el Gran Palais de París. Desde este rincón, se sincera: “Solo tengo fe en el arte, y sin él estoy perdido”. A sus 81 años, sigue creando todos los días.

 EL PAÍS 

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