A pesar de todo, hoy es siempre todavía

Ada Colau y Emilio Delgado saludan a los simpatizantes en la presentación oficial de la candidatura del Frente Amplio, este sábado en Madrid.

Mientras el Partido Socialista arranca la campaña con un beso y una flor, con la fuerza de la gente y la del amor, las izquierdas apenas consiguen recuperarse de varias semanas agónicas, atrapadas en estériles disputas sobre candidaturas, marcas y liderazgos. No hubo unidad y todo indica que la competencia entre Podemos y el Frente Amplio se saldará con un resultado amargo.

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 La unión de la izquierda era muy necesaria por razones electorales y emocionales, pero lo que se ha evidenciado es que solo unos pocos creían en ella  

Mientras el Partido Socialista arranca la campaña con un beso y una flor, con la fuerza de la gente y la del amor, las izquierdas apenas consiguen recuperarse de varias semanas agónicas, atrapadas en estériles disputas sobre candidaturas, marcas y liderazgos. No hubo unidad y todo indica que la competencia entre Podemos y el Frente Amplio se saldará con un resultado amargo.

Es cierto que hubo un momento en que cada parte parecía proclamar la unidad mientras ofrecía a la otra condiciones imposibles, pero la verdad es que no cabe comparación alguna entre una y la otra. Su naturaleza y su posición en este dislate ha distado mucho de ser idéntica. El Frente Amplio acabó tendiendo la mano hasta el final y Podemos ofreció una respuesta ombliguista y divisoria. Siento mucho desentonar entre tanto análisis equidistante.

El Frente Amplio figuraba como una alianza estratégica larvada en el Parlamento durante mucho tiempo, con el notable esfuerzo de sus cuatro partidos fundadores y con la complicidad de quienes se han ido incorporando desde una geometría más o menos variable. Hoy aglutina a 15 organizaciones. Sus diferencias internas son evidentes, pero ha primado la voluntad de dejarlas a un lado. La figura de Ada Colau ha tenido mucho que ver en eso.

En cambio, el cacareado “equipo titular”, compuesto por Irene Montero y Gabriel Rufián, ha sido más bien un apaño táctico y ventajista cocinado y cerrado por unos cuantos mandamases. Un apaño que ha permitido a Rufián subir su cotización en la bolsa de ERC, pactar mejores condiciones para él y sus siglas, y asestar un golpe a los Comunes, su adversario secular. Y un apaño que ha servido también a Irene Montero para presentarse en solitario, sin que lo pareciera, vapulear a Más Madrid e intentar arrebatar al Frente Amplio su amarre territorial. O sea, cooptar a Compromís, Chunta y Més en sus territorios, y jugar a la división con Izquierda Unida en el resto de España. El clásico “divide y vencerás” al que Izquierda Unida se apresuró a echar el freno en un gesto de lealtad y de coherencia.

Como es lógico, este vodevil ha generado cansancio y frustración. La unión era muy necesaria por razones electorales y emocionales, pero lo que se ha evidenciado es que solo unos pocos creían en ella. Un baño de realidad que la gente recordará cuando vaya a votar con la cabeza y no con las tripas, porque lo de dramatizar es más cosa de los partidos que de sus votantes.

Lo cierto es que, por fortuna, ese bucle ya ha pasado y estamos en otra pantalla. En Europa, la generación Z está incendiando Francia, Italia, Bélgica, Albania y Portugal, y en España ha montado su propia asamblea destituyente (que también lo es del 15-M). La acampada en Sol, la movilización del profesorado y la huelga general del 11 de noviembre canalizan hoy el descontento. No es que se atraviese una crisis económica comparable a la de 2008 pero las perspectivas de los jóvenes se han pintado muy oscuras. A los estudiantes franceses se han unido los chalecos amarillos y los sindicatos, agricultores, transportistas y funcionarios públicos. Hay cólera, rabia, hartazgo de guerras, inflación, precariedad y malos augurios.

Vuelven a la agenda las necesidades materiales y el coste de la vida; las demandas de quienes carecen de futuro o ven peligrar el propio. “Si nos quitáis el futuro, os bloqueamos el presente”. La educación, la vivienda, los salarios y los servicios públicos ganan foco frente al relato, la lucha simbólica y la guerra cultural. Y este no debería ser un mal escenario para las izquierdas, especialmente en un país como el nuestro en el que, sin haber sido devorados por la deuda pública y con una buena estimación de crecimiento, las derechas anticipan su eterna letanía de recortes y sacrificios, responden a la crisis de vivienda con una “ley de okupas” y aspiran a recentralizar competencias con una reforma constitucional (educación, sanidad, seguridad y justicia). Una reforma para la que serían suficientes 210 escaños en el Congreso y mantener la mayoría en el Senado. El objetivo reaccionario es dejarlo todo atado y bien atado con un Tribunal Constitucional nuevamente secuestrado.

En este contexto, bastaría con que las izquierdas siguieran siendo de izquierdas y consiguieran escaños para gobernar. Ampliar el apoyo conjunto evitando que la dispersión a la que nos ha conducido la mala gestión de las diferencias deje miles de votos en la cuneta. El Frente Amplio y el PSOE han acordado listas unitarias al Senado. Que Vox esté estudiando retirarse de algunas provincias para facilitar las cosas al PP indica la dimensión del acierto.

Las calles no cuestionan las costuras del sistema para saltar al vacío sino para armar una red segura. Solo la izquierda puede mantener el tejido y el diálogo social que exige un horizonte estable de futuro; canalizar la frustración y ofrecer seguridad. Hay mimbres. Muy a pesar de todo, hoy es siempre todavía.

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