
Nuestro país no es más raro que los otros, pero tiene sus propias rarezas. Con la memoria aún disputada de una trágica Guerra Civil, si hay algo que debería congregar al pueblo español bajo la bandera de la unidad sería el rechazo a que nadie tuviera que volver a proferir frases como “vivir para ver esto”, ese doloroso último verso con el que Luis Cernuda cerró su poema Ser de Sansueña, compuesto desde el destierro en 1948. Ahora bien, demasiadas evidencias de la actualidad política y social muestran ya desguazado o, al menos, descosido el frágil entramado de esos acuerdos recientes que han hecho posible la convivencia entre españoles en las últimas cinco décadas. En un clima de desinhibición a veces esperpéntico, que alienta desde arriba un peligroso “paso al acto”, la pregunta central sería: ¿acaso nos lo podemos permitir? Nadie que piense en los que nacerán mañana —nadie que decline en futuro su pasado— podría responder afirmativamente. De la misma forma, convengamos también en que no podemos permitirnos el aplanamiento ideológico de nuestras dificultades reales: nunca ha sido posible construir una sociedad ni una patria a fuerza de disolver o encubrir sus múltiples diferencias, mediante la imposición de una “amalgama” que, como denunció el historiador Pere Bosch i Gimpera, jamás logrará resolver las tensiones subyacentes a la compleja diversidad cultural y territorial española. Toda dictadura es siempre “idealista”, como ya denunciara una joven Zambrano en Horizonte del liberalismo: el ideal de un solo sol, un solo dios, una sola lengua, dos únicos sexos, en los que habría que aherrojar una realidad tozudamente inadaptada.
Produce abatimiento la ausencia de voces conservadoras comprometidas con un mensaje de entendimiento común
Nuestro país no es más raro que los otros, pero tiene sus propias rarezas. Con la memoria aún disputada de una trágica Guerra Civil, si hay algo que debería congregar al pueblo español bajo la bandera de la unidad sería el rechazo a que nadie tuviera que volver a proferir frases como “vivir para ver esto”, ese doloroso último verso con el que Luis Cernuda cerró su poema Ser de Sansueña, compuesto desde el destierro en 1948. Ahora bien, demasiadas evidencias de la actualidad política y social muestran ya desguazado o, al menos, descosido el frágil entramado de esos acuerdos recientes que han hecho posible la convivencia entre españoles en las últimas cinco décadas. En un clima de desinhibición a veces esperpéntico, que alienta desde arriba un peligroso “paso al acto”, la pregunta central sería: ¿acaso nos lo podemos permitir? Nadie que piense en los que nacerán mañana —nadie que decline en futuro su pasado— podría responder afirmativamente. De la misma forma, convengamos también en que no podemos permitirnos el aplanamiento ideológico de nuestras dificultades reales: nunca ha sido posible construir una sociedad ni una patria a fuerza de disolver o encubrir sus múltiples diferencias, mediante la imposición de una “amalgama” que, como denunció el historiador Pere Bosch i Gimpera, jamás logrará resolver las tensiones subyacentes a la compleja diversidad cultural y territorial española. Toda dictadura es siempre “idealista”, como ya denunciara una joven Zambrano en Horizonte del liberalismo: el ideal de un solo sol, un solo dios, una sola lengua, dos únicos sexos, en los que habría que aherrojar una realidad tozudamente inadaptada.
El título de este artículo no es nuestro: está tomado de otro publicado hace ya casi cien años, en un momento aún más cargado de peligro que el actual para la historia de nuestro país, pero cuya inquietante vigencia revela herencias subterráneas no resueltas. Como sabemos, buena parte de la intelectualidad liberal española enfrió o depuso enteramente su adhesión a la Segunda República tras el estallido violento y la posterior represión de la llamada Revolución de Asturias, en octubre de 1934, aplastada por generales africanistas coordinados por un joven Francisco Franco y mandatados por el gobierno republicano de derechas que encabezaba Alejandro Lerroux. Pues bien, apenas un mes después del desenlace, en el texto mencionado, el poeta católico comunista José Bergamín recogía el estremecedor testimonio de un jurista liberal, Alfredo Mendizábal, obligado a una experiencia inesperada en los días en que el “terror rojo” teñía ciudades burguesas como la Vetusta de Clarín. Durante una semana, en efecto, mientras Oviedo era sitiado por las fuerzas gubernamentales, Mendizábal y 15 burgueses más compartieron refugio con un grupo de revolucionarios armados, privados de agua, de pan, de luz y abrumados por el estruendo de los bombardeos.
La historia no se desarrolla como a la propaganda de uno y otro lado le hubiera gustado. Porque lo más impactante de los recuerdos de Mendizábal, cuando aborda esta convivencia forzada con mineros reconvertidos en milicianos anarquistas, no reside en los ríos de sangre vertida sin sentido en las batallas de mayor o menor alcance libradas a su alrededor. Nada de eso. Lo que dejó una huella indeleble en el observador burgués fue más bien la “hermandad” de sabor unamuniano que se urdió entre todos en aquellas jornadas fugaces en compañía de los obreros comunistas: una fraternidad “imposible” que no era sencillamente “humana” sino que compartía ya un mismo horizonte político, si se quiere, “republicano”: porque nacía, sí, de la mutua aversión a una economía capitalista destructora de formas elementales de la vida social: la generosidad, por ejemplo, de esos milicianos que se jugaban la vida para proporcionar comida a unos burgueses desarmados a los que habrían podido matar impunemente. Esos días difíciles en esa casa asediada no se limitaban a abonar la posibilidad de una resignada “conllevancia” orteguiana entre dos especies distintas; era la afirmación positiva de esa República nunca cuajada (el “estar juntos y los unos con los otros de los diversos”, diría Hannah Arendt) que el golpe de Estado de Franco y el batacazo civilizacional de cuarenta años de dictadura abortaron trágicamente.
Tiene razón el profesor José Luis Villacañas cuando afirma que estas últimas décadas de democracia constituyen quizás el período mejor de la historia de España; pero también cuando añade que, una vez aquí, queríamos más. Queríamos más democracia y no menos; más “república” y no menos. En este sentido, podría decirse que la realidad política española transcurre de manera atropellada y muy por debajo del potencial civilizatorio que ofrece su propio archivo cultural y social. ¿Quién ha recordado, con motivo del desastre humanitario y social perpetrado este verano en la ciudad española de Ceuta, los estudios realizados por Américo Castro en los años veinte del pasado siglo en el entonces protectorado español de Marruecos? Castro se había trasladado al norte de África para explorar, con el apoyo del Centro de Estudios Históricos dirigido por Menéndez Pidal, los vestigios del romancero viejo castellano en aquellos territorios en los que habían encontrado refugio los judíos españoles expulsados en 1492; y allí coincidió, por cierto, con un joven Ernesto Giménez Caballero cuyas críticas al ejército español, antes de su giro falangista, le pusieron a las puertas de un consejo de guerra. Cada país se pierde a su manera; cada país podría ganarse desde dentro. Cuánto bien haría a la maltrecha conversación nacional la recuperación de estos diálogos, con frecuencia improbables y enormemente valientes, protagonizados por individuos tan poco amantes del carisma y la identidad personal como sensibles al hecho de que los grandes cambios sociales suelen tener un rostro colectivo. Se trata de una tarea de factura intelectual, aunque prometedora de una reconstrucción civil impostergable.
Ahora bien, en este mundo global, cuyos males son también globales, la historia local, especialmente aquella sepultada por el desprecio epistémico y moral, retorna en las grandes crisis planetarias. De pronto, sobre un paisaje distinto vuelven a pasar, como en el carillón de un reloj o en un teatro de marionetas, las mismas figuras de la España de siempre, que tan bien supo atrapar Maruja Mallo en La verbena: el poli de la cachiporra, ahora vestido de astronauta; el magnate gordo, ahora flaco y sin puro en los labios; el juez partidista, ahora arrellanado en la división de poderes. Aquí, la carismática líder conservadora puede permitirse aplicar recetas neoliberales a la par que criticar el elitismo de la izquierda. Aquí, el periodista apócrifo pide libertad de expresión para llamar a acabar con “los rojos”. Si vuelven es porque se mantenían ocultos y no se habían ido del todo, como fantasmas que siguen alimentando pulsiones antiguas sin resolver. Si vuelven es porque los hemos dejado volver, ajustados en la hora presente a una morfología histórica que las fuerzas progresistas no han tenido la perspicacia de comprender.
No decimos esto con nostalgia de una época cuyas condiciones materiales y políticas nadie en su sano juicio puede querer reproducir. Pero sí con el miedo de que este “menos” (menos democracia, menos “república”, menos civilización común) nos deje de nuevo en los huesos. Cuando volvemos la mirada a nuestro alrededor desde ese pasado casi centenario, lo que más abatimiento produce es sin duda la ausencia en nuestros días de voces liberales, conservadoras, de derechas, comprometidas con el mensaje que Mendizábal tuvo el coraje de defender hace 92 años. Ojalá no tengamos que vivir para volver a verlo.
Opinión en EL PAÍS
