Cuando nos citamos con los miembros de Alcalá Norte quedan un par de semanas para que aparezca su segundo álbum, el esperado «Dejémosolo como estaba», que se publica hoy. Los cinco integrantes de la banda se desparraman en un sofá esquinero de esos que succionan los cuerpos hacia su interior. Algunos fuman y dos apenas abrirán la boca durante la hora siguiente. Aunque son las cinco de la tarde, la estancia parece un piso de mañaneo después de una noche de fiesta y la primera pregunta, obligatoria, interrumpe un debate terminológico: ¿entonces, el segundo disco es mejor que el primero? «Dínoslo tú –reta Barbosa, batería de la banda–. Na, ya te lo digo yo: es mucho mejor porque lo hemos hecho los que estamos aquí, no como el anterior: es lo que somos». Barbosa viste una camiseta de la banda inglesa de heavy Saracen y acaba de abrirse un Monster.
De la improvisación y la ligereza de un debut tan exitoso como el suyo al segundo trabajo hay un reto, una ecuación de autoconsciencia. «La presión ha existido, porque te la recuerdan constantemente, aunque trates de olvidarla. Pero siempre buscábamos relativizar. No estamos haciendo un curro de vida o muerte, simplemente había que hacer un buen disco», apunta Laura De Diego, teclista. «Hemos luchado mucho para que nos mole, y nos mola –añade Barbosa–. Incluso quitamos una canción que ya estaba grabada y todo». El universo sonoro del nuevo álbum sigue los caminos trazados por el anterior: ecos de los Smiths y de la oscuridad post punk como base sobre la que se construyen paisajes más pop o más góticos, según convenga. Y un universo lírico que mezcla filosofía, escenas cotidianas y delirantes, batallas decisivas de la historia de la humanidad, y esta vez, hasta tres idiomas.
Agenda 027
Estamos en las oficinas del mánager de Alcalá Norte, José Gerpe, aunque quizá habría sido más pertinente llevar a cabo la entrevista en el Docamar o en el Sapama, templos del fritangueo y de las raciones (los seres racionales, que diría Siniestro Total) de Ciudad Lineal. Porque hasta que ellos llegaron, ser de Ciudad Lineal no era nada. Que nadie se ofenda: quien esto escribe sabe de lo que habla, porque nunca ha vivido fuera de los límites administrativos de ese distrito de Madrid que mezcla clases y procedencias sin un referente identitario. En cambio, las letras de Rivas celebran a Arturo Soria, bien conocido como urbanista, pero menos por sostener su ideario sobre un hondo conocimiento de los filósofos pitagóricos, que merecen una canción del disco. También está, claro, «La Venta Nueva», tema que se inspira en un cartón para tapiz de Goya que hizo volar la mente de Rivas. «El Goya, siendo de Zaragoza, tenía que venir por la carretera de Aragón, la A-2 y entonces las ventas a la entrada de Madrid que él vería son las de nuestro barrio. Algunos historiadores dicen que no es, porque se ve la Sierra de Guadarrama al fondo. Pues desde casa de mi abuela, noveno piso, esquina calle Elfo, se ve la Sierra de cojones. Tío, hazme caso, que a Goya le flipaba venirse por aquí, tiene que ser así. Yo cuando vi el tapiz y vi lo de la Venta Nueva dije: esto es mi barrio cien por cien. Y es interesante porque todos los tapices que hizo son escenas campestres, bonitas. Ese es el único que es una putada, una pelea chunga, como el duelo a garrotazos, ese rollo. Hay un perro con cara de ‘‘¿qué está pasando aquí? ¿quiénes son estos locos? ¿Por qué se pegan?’’. Yo lo tengo claro», zanja Rivas. «Nos hemos dado cuenta de que todas las canciones, menos ‘‘Los Pitagóricos’’ hablan de muerte y en esa hay mucha violencia», añade Barbosa. Para muy cafeteros, queda la mención a la comunión del Arzobispo Cos en el Blanco II, su bar favorito de «Ciudali». «Sí, hay más barrio que en el anterior. Esta es la 027 agenda», ríe en referencia al código postal del distrito. Así es el extraordinario poder del pop: basta con nombrar algo para hacerlo mítico, para otorgarle una carta de naturaleza. Ciudad Lineal ya está en los mapas. «Da igual si la gente lo pilla. Es un frasote que puede hablar ce cualquier barrio», añade Laura.
Han entrado en el circuito de festivales, porque se mueve más panoja. «Mira, nosotros queríamos ir a Alicante a tocar. Miramos una sala. Hicimos »full» de promo, salimos en todos sitios. Llenamos y nos repartimos. Bueno, nos llamaron de un festival para tocar en verano en Alicante por el doble. Y sin hacer todo ese trabajo», cuenta Rivas. La banda ha mantenido su independencia y prefieren no entrar en detalles sobre las proposiciones deshonestas recibidas tras su exitoso debut. «Preferimos preservar nuestra libertad», dice Rivas, enigmático. Pero ya han entrado en el circuito de festivales. «Ahora nuestro gran reto está, de hecho, en que salga bien la parte de fuera de ellos. Nuestro segundo disco tiene que funcionar en las salas». «Pero el objetivo último siempre será hacer la música que queremos y defender nuestro proyecto», apunta Laura de Diego.
En «Campos de golf» se mezcla la muerte con la lucha de clases y la mención del tema da lugar a un cuarto de hora de tertulia filosófica que arrancha en Nietzsche y se remonta a Hölderlin, Jünger, Heidegger y hasta Raskólnikov», protagonista de «Crimen y castigo». «Hay ninhilismo en esa canción, sí. Y también hay una crítica al capital y al rentismo. Creo que los campos de golf cierran el campo semántico en ese sentido», dice Rivas. El rentismo nos lleva al acuciante tema. Los miembros de la banda ganan un sueldo, hasta el momento, insuficiente para satisfacer el principal anhelo expresado en el primer disco: comprarse un pisito en la Calle Elfo. O en Sambara, aunque sea. «Cuando curraba en seguros, ganaba menos. Pero siempre me atormentó que, pese a ser un empollón, no iba a saber cómo transformar eso en ganar dinero», dice Rivas. «De todas formas, como no sabemos lo que va a durar esto, no podemos meternos en créditos. Así que ojalá en unos años tengamos un piso ‘‘dabuti’’… en Elfo, claro».
Genocidios y penaltis de Cristiano
En «Claudia» hay rastros de lírica alucinada. «Esa canción no puedo explicarla muy bien, porque fue fruto del delirio de la anestesia cuando me operaron de apendicitis. Tuve la suerte de que estaba mi mujer y le pude dictar, pero no sé de dónde sale», dice Rivas. Hay un verso preocupante que enlaza vídeos de genocidios con los penaltis de Cristiano Ronaldo. «(Risas) Meto lo de los penaltis porque lo de ‘‘Penaldo’’ me hace mucha gracia: le critican, pero es una garantía, es un máquina». A Rivas le obsesiona el Madrid, pero también el jugador en el ocaso de su carrera: «Cuando se retire, se cierra un ciclo en mi vida. Porque yo seguiré siendo un niño mientras Cristiano siga jugando».
La banda de Ciudad Lineal regresa con «Dejémoslo como estaba», su esperado segundo trabajo Música, Cultura, Home La Razón Noticias sobre Música en La Razón
