En la editorial neerlandesa Meulenhoff Boekerij, una de las más prestigiosas de los Países Bajos, hacen reuniones cada tres semanas para reevaluar sus políticas sobre el uso de la inteligencia artificial. Se plantean todo tipo de cuestiones éticas. Lo contó este domingo Paloma Sánchez van Dijck, editora de este sello fundado en 1895, uno de los más antiguos del país, en el II Coloquio de Editores Europeos de las Conversaciones Literarias de Formentor, que se celebra estos días en Pollença (Mallorca). La periodicidad de esas reuniones de la editorial neerlandesa y los cambios que se van implementando, sesión a sesión, dan la medida de la velocidad a la que se están moviendo las cosas en la industria editorial con la irrupción de la inteligencia artificial. “La gente joven tiene ideas muy interesantes sobre todo esto”, apuntó Sánchez van Dijck. Veintiocho editores, agentes literarios y scouts de la industria editorial participaron el domingo por la tarde y el lunes por la mañana en dos sesiones, en uno de los salones para eventos del hotel Four Seasons Resort Mallorca at Formentor, para poner ideas en común.
Las Conversaciones Literarias de Formentor reúnen a 28 actores clave del sector que se muestran divididos ante los desafíos que plantea la inteligencia artificial
En la editorial neerlandesa Meulenhoff Boekerij, una de las más prestigiosas de los Países Bajos, hacen reuniones cada tres semanas para reevaluar sus políticas sobre el uso de la inteligencia artificial. Se plantean todo tipo de cuestiones éticas. Tenían muy claro que no se puede utilizar para nada que sea creado, que se pueda escribir. Pero han cambiado ese criterio. Ahora ya la utilizan para elaborar los textos de marketing. Lo contó este lunes Paloma Sánchez van Dijck, editora de este sello fundado en 1985, uno de los más antiguos del país, en el II Coloquio de Editores Europeos de las Conversaciones Literarias de Formentor, que se celebra estos días en Pollença (Mallorca).
La periodicidad de esas reuniones de la editorial neerlandesa y los cambios que se van produciendo, sesión a sesión, dan la medida de la velocidad a la que se están moviendo las cosas en la industria editorial con la irrupción de la inteligencia artificial. “La gente joven tiene ideas muy interesantes sobre todo esto”, apuntó Sánchez van Dijck. Veintiocho editores, agentes literarios y scouts de la industria editorial participaron el domingo por la tarde y el lunes por la mañana en dos sesiones, en uno de los salones para eventos del hotel Four Seasons Resort Mallorca at Formentor, para poner ideas en común.
La velocidad de los cambios también se aprecia por las diferencias entre este coloquio y el primero, que se produjo el año pasado en la anterior edición de las Conversaciones Literarias de Formentor, que tuvo lugar en Aranjuez (en los últimos años han ido itinerando por distintos hoteles de la cadena Barceló, que ejerce de mecenas). El año pasado, se apreciaba una mayor resistencia ante la IA. Este año, los sellos parecen abrirse al debate, parecen más permeables a su uso. Una idea sobrevoló varias intervenciones: la clave es la transparencia, saber que se ha usado y para qué.
Gustavo Guerrero, que trabaja como editor de la casa Gallimard para el área española, portuguesa e iberoamericana, fue claro: “La IA ha llegado para quedarse, lo único que nos queda es entenderla”. Guerrero, que también es profesor de literatura y cultura hispanoamericanas contemporáneas en la Universidad de París-Sena, apuntó que ningún análisis literario humano fue capaz de detectar el uso de IA en la obra del canadiense Thélyson Orélien C’était ça ou mourir (Era eso o morir), que fue retirada como candidata al prestigioso premio Goncourt. “Fueron las máquinas las que lo desvelaron, fue la tecnología lo que nos permitió detectar la trampa”. Y vaticinó que el detector Pangram pronto será superado y que habrá un software que permita borrar el rastro del uso de IA. “Tenemos que pensar qué podemos hacer con la IA, porque no se va a ir”. En esta misma línea también se pronunció el editor italiano Gianluca Foglia, director general del grupo editorial Feltrinelli, que lleva 25 años trabajando en el sector. Vino a decir que todo el mundo utilizará la IA. En unos años, nadie hará la pregunta de quién la usa y quién no. “La clave es con qué fin”, señaló.
Frente a estas visiones, que invitan a pensar cómo adaptarse a algo que viene y que es inevitable, se escucharon voces que no quieren ni oír hablar del papel que puedan desempeñar las máquinas. Joaquín Palau, editor del sello Arpa, uno de los primeros en hablar en la sesión del domingo por la tarde, planteó: “El tsunami es tan colosal que es difícil subir a la colina para ver el paisaje general”. Y dijo que hasta ahora en la industria solo se estaba atento a un delito, el del plagio, pero ahora el desafío es la trampa. Si a un editor le llega un manuscrito extraordinario hecho con la IA, tendrá un problema, aventuró. “Y debemos estar preparados para decir no”.
Con respecto al coloquio del año pasado, la sensación es que la IA ha ido ganando terreno y afianzándose como una realidad inexorable. Algunos, como Michael Gaeb, fundador de la agencia Literarische Agentur, apuntaron que su irrupción puede tener derivadas positivas: “La inteligencia artificial es una gran oportunidad para la gran literatura”, declaró, y explicó que la máquina sabe escribir bien pero no tiene esa actitud “inconmensurable” de la gran literatura. En una dirección similar se pronunció el italiano Piero Salabé, escritor, poeta y editor Senior de ficción de la editorial alemana Hanser (Alemania). En la sesión del lunes por la mañana, dijo que el advenimiento de la IA no debe asustar porque permitirá separar el grano de la paja, diferenciar lo que es arte y lo que no. En su opinión, los únicos que deben estar intranquilos son los autores que trabajan usando fórmulas, los que solo buscan vender siguiendo patrones que han resultado exitosos.

El reciente escándalo del peruano David Silva Rojas, cuya obra, Donde el agua trabaja, ganadora del Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat, fue señalada por estar hecha en un 99% con IA (el autor lo niega), planeó sobre toda la sesión, y algunos apuntaron que los detectores también pueden fallar. La francesa Juliette Ponce, directora editorial de Éditions Dalva, señaló que no deja de ser paradójico que uno tenga que probar que es humano frente a una máquina (en alusión al uso de Pangram) y destacó que la novela de Thélyson Orélien ha seguido siendo un éxito en Francia después de saberse que se había, presuntamente, escrito con IA. Por su parte, la italiana Camilla Dubini, que trabaja como scout literaria en la agencia London Literary Scouting, señaló que en el uso de la IA hay gamas de grises, como cuando se usa para la traducción aunque no para el contenido. Juan Cerezo, director editorial de Tusquets, lanzó una propuesta para la reflexión: instó al sector a ponerse de acuerdo para manejar “un instrumento forense”, una herramienta común, para detectar los casos en que se ha usado.
El broche de la primera sesión del coloquio, la más intensa, la que contó con las intervenciones de los editores, el domingo por la tarde, lo puso Basilio Baltasar, adalid de las Conversaciones Literarias de Formentor. Sonó a aviso a navegantes, para que nadie baje la guardia. Baltasar, crítico con lo que llama “la razón maquinal”, proclamó: “No soy un pesimista, soy un apocalíptico. La IA es la encarnación del demonio”.
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