La moqueta de la Fundación Juan March es mullida como el suelo de un parque infantil y al pisarla uno se siente caminando sobre la luna. Fuera aún flota la sensación de que cualquier cosa terrible podría volver a ocurrir, pero en el interior de este búnker de la cultura, cuyas paredes forradas de riquísimos mármoles fueron pagadas por la misma fortuna que financió el golpe de Estado franquista, nada puede explotar ni chocar. Los cristales tintados son tan gruesos que no ha habido que protegerlos contra los vándalos de Blocus. Una bellísima exposición titulada La Transición estética ilustra a los visitantes en día festivo sobre los años optimistas en los que, entre tricornios y biquinis, huelgas y recitales, se abrió paso la Democracia que ahora tiembla. Ahí están loando sus bondades los mismos que en su momento la sabotearon. Todos los mensajes, políticos o artísticos, pragmáticos y cotidianos, son trágicamente familiares y actuales: desde los estudiantes en pie de guerra por la dificultad para acceder a los estudios superiores hasta un verso de Gil de Biedma, ese poeta aristócrata pero bohemio, que dijo: “Media España ocupaba España entera”. Hay fotos de esas barriadas terribles que se construyeron rápidamente para que los pobres tuvieran techo pero nunca dejaran de serlo. Ahora las compran al peso fondos buitre. Esta ciudadana, que vive en una de ellas, se pregunta: ¿hacia dónde transitamos ahora? En una pared habla Rafael Alberti: “Destrozados zapatos adheridos al hueso, muñones, restos duros, hoyas profundas, secos mundos de preteridos oxidados, de coagulada sangre, piel humana raída como lava difunta, rugosidades trágicas, signos que acusan, gritan, aunque no tengan boca”. Fuera el cielo es una sábana azul de hotel gran lujo y el suelo, una moqueta de hojas secas, mullida como el suelo de cualquier cementerio. Acaba de pasar el día de los Difuntos pero aún cuesta asumir todas las tumbas nuevas que se han abierto.
¿Hacia dónde transitamos ahora?
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
¿Hacia dónde transitamos ahora?
El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.


La moqueta de la Fundación Juan March es mullida como el suelo de un parque infantil y al pisarla uno se siente caminando sobre la luna. Fuera aún flota la sensación de que cualquier cosa terrible podría volver a ocurrir, pero en el interior de este búnker de la cultura, cuyas paredes forradas de riquísimos mármoles fueron pagadas por la misma fortuna que financió el golpe de Estado franquista, nada puede explotar ni chocar. Los cristales tintados son tan gruesos que no ha habido que protegerlos contra los vándalos de Blocus. Una bellísima exposición titulada La Transición estética ilustra a los visitantes en día festivo sobre los años optimistas en los que, entre tricornios y biquinis, huelgas y recitales, se abrió paso la Democracia que ahora tiembla. Ahí están loando sus bondades los mismos que en su momento la sabotearon. Todos los mensajes, políticos o artísticos, pragmáticos y cotidianos, son trágicamente familiares y actuales: desde los estudiantes en pie de guerra por la dificultad para acceder a los estudios superiores hasta un verso de Gil de Biedma, ese poeta aristócrata pero bohemio, que dijo: “Entonces media España ocupaba España entera”. Hay fotos de esas barriadas terribles que se construyeron rápidamente para que los pobres tuvieran techo pero nunca dejaran de serlo. Ahora las compran al peso fondos buitre. Esta ciudadana, que vive en una de ellas, se pregunta: ¿hacia dónde transitamos ahora? En una pared habla Rafael Alberti: “Destrozados zapatos adheridos al hueso, muñones, restos duros, hoyas profundas, secos mundos de preteridos oxidados, de coagulada sangre, piel humana raída como lava difunta, rugosidades trágicas, signos que acusan, gritan, aunque no tengan boca”. Fuera el cielo es una sábana azul de hotel gran lujo y el suelo, una moqueta de hojas secas, mullida como el suelo de cualquier cementerio. Acaba de pasar el día de los Difuntos pero aún cuesta asumir todas las tumbas nuevas que se han abierto.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
EL PAÍS
