Una caja de cartón con media pierna derecha del pintor Salvador Dalí recorrió 700 kilómetros por España hace una década, desde su tumba en Figueres (Girona) hasta el laboratorio del genetista Antonio Alonso, en la localidad madrileña de Las Rozas. El paquete incluía además tres dientes, cuatro uñas y un mechón de pelo del artista. La escena parecía un óleo surrealista del propio Dalí, con su iconografía de cadáveres despedazados, pero se trataba de una prueba científica ordenada por un juzgado para averiguar si el pintor era el padre de Pilar Abel, una pitonisa que aseguraba ser su hija.
El genetista Antonio Alonso, responsable de la prueba de paternidad que se hizo al artista, propone que se usen los restos extraídos de la tumba para buscar las claves de su personalidad
Una caja de cartón con media pierna derecha del pintor Salvador Dalí recorrió 700 kilómetros por España hace una década, desde su tumba en Figueres (Girona) hasta el laboratorio del genetista Antonio Alonso, en la localidad madrileña de Las Rozas. El paquete incluía además tres dientes, cuatro uñas y un mechón de pelo del artista. La escena parecía un óleo surrealista del propio Dalí, con su iconografía de cadáveres despedazados, pero se trataba de una prueba científica ordenada por un juzgado para averiguar si el pintor era el padre de Pilar Abel, una pitonisa que aseguraba ser su hija.
El equipo de Alonso tomó muestras de ADN y confirmó que no existía ningún parentesco con la mujer, pero el genetista se quedó insatisfecho. Sentía que era “una barbaridad” haber profanado la tumba de Dalí para aquel caso extravagante, hasta que tuvo una idea que, a su juicio, haría que aquel periplo surrealista de la pierna del genio mereciera la pena: leer su ADN completo en busca de pistas sobre su personalidad. “Podríamos analizar las bases genéticas de la creatividad en uno de los máximos exponentes de la creatividad humana”, argumenta el investigador.
Alonso detalla su propuesta a EL PAÍS durante un paseo por el Museo Thyssen de Madrid, donde una exposición antológica muestra ahora la obsesión de Dalí por la ciencia y el psicoanálisis de Freud. El pintor creía que el ADN ―o ácido desoxirribonucleico, como él declamaba con solemnidad― era “la memoria de Dios”, y que en su “estructura milagrosa” se escondía la inmortalidad. Antonio Alonso, exdirector del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, recuerda que envió su propuesta semanas después de la exhumación, en septiembre de 2017, a la Fundación Gala-Salvador Dalí, encargada de defender el legado del artista. Faltaban días para el referéndum ilegal de autodeterminación convocado por el Gobierno de Carles Puigdemont en Cataluña. La idea, diluida en el peor momento político, fue desechada y nunca trascendió públicamente. Alonso, espoleado por la exposición en el Thyssen, pide ahora que se reconsidere: “Sería un merecido tributo al artista”. La Fundación, consultada por este periódico, mantiene sus reticencias.

Salvador Dalí murió el 23 de enero de 1989. En su mesilla de noche tenía revistas científicas y el libro Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros, del cosmólogo británico Stephen Hawking. Para entonces, llevaba décadas obsesionado con el ADN. En 1963, presentó su obra Galacidalacidesoxiribunucleicacid, un cuadro monumental con el que homenajeaba a James Watson y Francis Crick, los dos científicos que un año antes habían ganado el Nobel de Medicina por descubrir la revolucionaria estructura del ADN, una doble hélice. En la pintura, la molécula, una especie de manual de instrucciones de cada ser vivo, se asocia a la bíblica resurrección de Cristo.
“Maestro, ¿cuál es la fuente de su genio?”, le preguntó el periodista mexicano Jacobo Zabludovsky a Dalí en una delirante entrevista en 1971. “Es, precisamente, la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico, que encontraron Crick y Watson”, respondió el artista. “¿Usted lo toma o cómo es esto?”, inquirió el reportero, que aparentemente confundía el ADN con el ácido lisérgico o LSD. “Ah, no, no, no. Eso no se toma, eso es una cosa que se nace. Usted sabe muy bien que yo soy católico, apostólico y romano. Y, según las últimas investigaciones científicas, desde la primera molécula que Dios creó, hasta la última, que está creándose, todo se transmite monárquicamente y genéticamente a través del ácido desoxirribonucleico”, sentenció Dalí.

El historiador del arte Jaime Brihuega, comisario de la exposición del Thyssen, cree que el pintor bendeciría la lectura de su ADN. “Seguro que a Dalí le encantaría, y diría (desde el metaverso) que esa investigación estaba poniendo en marcha su resurrección. Ese era el significado que daba a la molécula del ADN. No en vano, su mortaja llevaba las hélices del ADN”, expone Brihuega, profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid. “Le encantaría estar de nuevo en la palestra, ya lo creo”, opina el comisario, ajeno a la propuesta de Alonso.
El propio James Watson se presentó un día de 1965 en el hotel de lujo en el que se alojaba Dalí en Nueva York. El científico había contemplado en persona el cuadro Galacidalacidesoxiribunucleicacid y había decidido pedirle al pintor que ilustrase su próximo libro, La doble hélice. Watson dejó una nota para Dalí en la recepción: “El segundo hombre más inteligente del mundo quiere conocer al primero”. El pintor tardó 10 minutos en bajar.
Watson y su colega Francis Crick habían revelado en 1953 que la molécula que contiene el manual de instrucciones de los seres vivos tiene una forma de doble hélice, similar a una escalera de caracol en la que los peldaños constan de dos piezas que solo encajan con su pareja correspondiente. Esta configuración, en palabras de Watson, es “el secreto de la vida”, porque permite que el ADN haga copias heredables de sí mismo: cada mitad de la escalera contiene la información necesaria para construir la otra mitad. El científico rememoró su encuentro con el pintor en el documental Dimensión Dalí (2004). “Era un hombre inteligente. Ahora bien, cuando decía que la doble hélice prueba la existencia de Dios, él interpretaba la doble hélice a su manera, mientras que para mí era justamente lo contrario: con la doble hélice no hace falta Dios”, proclamó Watson.

La exhumación de Dalí, realizada en la noche del 20 de julio de 2017, fue muy controvertida. No existían indicios sólidos de que el pintor fuera padre de la pitonisa, pero una jueza ordenó abrir su tumba, bajo la cúpula del Teatro-Museo Dalí de Figueres, y tomar muestras. El cadáver, embalsamado, presentaba, casi 30 años después de la muerte, su característico bigote, como las agujas de un reloj que todavía marcaban las 10 y 10. Los forenses cortaron las dos piernas de Dalí por las rodillas y también se llevaron dientes, uñas y cabellos. La mitad se envió a la sede central del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, en Las Rozas, y la otra mitad se llevó a la delegación de Barcelona, para realizar un análisis por duplicado.
Alonso recuerda que ni siquiera hizo falta utilizar las piernas de Dalí para obtener ADN, bastó con las raíces dentales y una uña. Los restos del pintor se devolvieron a su tumba en marzo de 2018, pero el genetista, ya jubilado, subraya que los extractos de ADN sobrantes quedaron en custodia en el Instituto de manera indefinida. Quizá, considera, sea posible leer todo el ácido desoxirribonucleico de Dalí a partir de esos escasos microlitros del artista que no regresaron a su sepultura. “Ya que se hizo esta desfachatez de cortarle las piernas y enviarlas en una caja, aprovechemos que ya está hecho para extraer un valor añadido”, razona. “Yo no defiendo que el genoma sea, ni mucho menos, lo único que condiciona la creatividad. Los factores ambientales, como la educación, también son importantísimos, pero hay redes de genes relevantes en la creatividad y en desórdenes que tienen que ver con la personalidad, como la paranoia y la esquizofrenia”, explica Alonso.
La Fundación Gala-Salvador Dalí, creada en vida por el artista, es “la única responsable” de sus restos mortales, según afirma una portavoz. La propia entidad ha investigado el interés de Dalí por la genética, pero mantiene su rechazo a la idea de leer el ADN del pintor. “Entendemos que una iniciativa de estas características plantea cuestiones éticas, jurídicas y científicas de especial sensibilidad que requieren la máxima prudencia. Por este motivo, la Fundación no contempla promover ni respaldar una iniciativa de esta naturaleza”, señala la portavoz. El genetista Antonio Alonso, inconformista, recuerda una reflexión del propio pintor: “Los pensadores y literatos no me pueden aportar absolutamente nada. Y los científicos, todo, incluso la inmortalidad del alma”.
EL PAÍS
