Hay una idea en el budismo mahāyāna que dice que todo el universo puede encapsularse en el objeto más insignificante. Una de sus formulaciones es la red de Indra: el universo es una red de joyas, cada una de las cuales refleja a todas las demás. Dado que el artista Jeff Koons (York, Pensilvania, 71 años) afirma estar muy interesado por la filosofía oriental y que, además, sus objetos más conocidos son tan relucientes y llamativos como un rubí, no parece descabellado intentar explicar todo su mundo a través de una figura. De un perrito, concretamente.
Hay una idea en el budismo mahāyāna que dice que todo el universo puede encapsularse en el objeto más insignificante. Una de sus formulaciones es la red de Indra: el universo es una red de joyas, cada una de las cuales refleja a todas las demás. Dado que el artista Jeff Koons (York, Pensilvania, 71 años) afirma estar muy interesado por la filosofía oriental y que, además, sus objetos más conocidos son tan relucientes y llamativos como un rubí, no parece descabellado intentar explicar todo su mundo a través de una figura. De un perrito, concretamente. Seguir leyendo

Hay una idea en el budismo mahāyāna que dice que todo el universo puede encapsularse en el objeto más insignificante. Una de sus formulaciones es la red de Indra: el universo es una red de joyas, cada una de las cuales refleja a todas las demás. Dado que el artista Jeff Koons (York, Pensilvania, 71 años) afirma estar muy interesado por la filosofía oriental y que, además, sus objetos más conocidos son tan relucientes y llamativos como un rubí, no parece descabellado intentar explicar todo su mundo a través de una figura. De un perrito, concretamente.
“Los primeros perros que puse en mis obras eran muñecos hinchables”, recuerda. “Recuerdo que puse un dálmata en una de mis primeras piezas. Después introduje muchos perros en la serie Made in Heaven”. La serie a la que alude, desarrollada principalmente entre 1989 y 1991, está grabada en el imaginario colectivo a través de las ensoñaciones eróticas y almibaradas protagonizadas por el propio artista y por su entonces esposa, la actriz italiana Illona Staller, que había dejado atrás su carrera en el cine erótico como Cicciolina y se había lanzado a la política.
En las obras de este proyecto la pareja se amaba en escenarios propios de portada de novela romántica. Pero no solo había fotografías y fotomontajes: también esculturas de figuras deliberadamente adorables. “Yorkshire terriers, caniches, ovejeros”, enumera el artista. “Supe darles una faceta espiritual asociada a las obras de los artistas sacros del norte de Italia”. Se refiere a la cerámica esmaltada, la talla de madera o el mármol: los materiales que sirvieron para convertir estas imágenes, aparentemente ingenuas, en solemnes y respetables.

Pero para completar su itinerario perruno faltan, al menos, dos figuras. Una es la de Puppy, la escultura pública compuesta por 60.000 flores que se encuentra junto al Guggenheim de Bilbao. Y la otra está ahora mismo en un pedestal al lado de la mesa donde charlamos con él: una figura metálica que evoca la forma de un perrito hecho retorciendo globos. Para muchos, su obra maestra. “Me gusta trabajar con distintos materiales, porque cada uno tiene su voz interior”, aclara. “Empecé a trabajar con acero inoxidable por su durabilidad y por el carácter abstracto de su reflejo, el modo en que reafirma al espectador y su permanencia. El acero inoxidable lo resiste todo”.
Estamos en Nueva York, la ciudad donde, desde hace años, Koons tiene su hogar y también su estudio. La capital mundial del mundo del arte parece un lugar apropiado para revolucionar ese mismo sector. En su nave trabajan decenas de escultores, pintores, diseñadores 3D, ingenieros y gestores responsables de gestionar los proyectos supervisados por él. Koons suele insistir en ello: los ready mades —es decir, objetos de calidad artística no ejecutados necesariamente por la mano del artista— que salen de su taller son, ante todo, obras conceptuales técnicamente impecables. Volvemos a su globo en forma de perro. “Es icónico porque es un símbolo que podría ser muy antiguo y muy profundo, es como un objeto ritual que nos permite entender nuestras interacciones con el mundo. Cuando lo miramos, pensamos en su interfaz, una membrana entre el cuerpo y el mundo exterior. Es como nuestra piel. Y está hinchada, como cuando tomamos aire y respiramos. Nos desinflamos con nuestro último aliento, pero esta figura está permanentemente inflada. Habla de la continuidad de la energía vital”.
“En 1988 hice una exposición titulada Banality. Tuvo mucho éxito. Y recuerdo que un periodista me preguntó si, después de un éxito así, temía que el éxito me abandonase. Me pareció una pregunta muy rara”
El perro de metal que hay sobre la mesa mide menos de 30 centímetros, pero los más grandes superan los tres metros de alto. Uno de ellos, en color naranja, se vendió el 2013 en la casa de subastas Christie’s por más de 58 millones de dólares: el precio más alto hasta la fecha para la obra de un artista vivo. Pero a Koons no le gusta hablar de precios. “Nunca pienso en el precio. Sé que se me asocia con cosas muy valiosas, pero no es algo en lo que piense. Yo creo en el valor que las cosas tienen para la humanidad, de un modo conceptual. En el conocimiento y el cuidado que reflejan”.
Si no le interesan las cifras, ¿le obsesiona el éxito? “Soy un artista muy intuitivo”, contesta. “En 1988 hice una exposición titulada Banality. Tuvo mucho éxito. Y recuerdo que un periodista me preguntó si, después de un éxito así, temía que el éxito me abandonase. Me pareció una pregunta muy rara. Pero me hizo pensar en mi trabajo como artista. Y creo que lo único que se puede hacer es fiarte de lo que te interesa. Si persigues lo que te interesa, si te centras en ello, alcanzas un lenguaje universal”.

Su último proyecto no está en ninguna vitrina, sino en su muñeca. Jeff Koons acaba de colaborar con la relojera suiza Hublot en una edición limitada de relojes que reinterpretan la silueta más clásica de la casa —el Classic Fusion— con acabado metalizado y colores brillantes. La colección incluye tres modelos: dos de ellos, en azul y rojo, están hechos en aluminio, un material inédito para la casa. El plateado es de acero inoxidable. Y todos son objetos hipnóticos, porque los ingenieros de Hublot han conseguido dar a sus formas las curvas tersas de un objeto hinchable.
“Me encanta aprender sobre materiales y ciencia, saber cómo se hacen las cosas, qué es posible y qué no, cómo lograr los colores más puros sobre el metal”, explica. “Cuando estuve en su fábrica, me sentí como un niño en una juguetería, viendo cómo hacen todos esos muelles diminutos. En el mundo de hoy, transmitir cuidado y respeto a la gente es lo más relevante para mí”. ¿Le obsesiona la precisión? “No creo en el perfeccionismo, me parece un fetiche, como un perro que se persigue la cola. Pero creo que el detallismo es una forma de trascender a través de los oficios antiguos. La tecnología procede de la idea de hacer algo del mejor modo posible. Creo que estos relojes son un gesto de Hublot y mío que muestran respeto y cuidado a la gente. Creo que ilustran la historia de la humanidad”. Si un grano de arena puede contener todo el universo y un perrito de metal puede simbolizar el impulso vital humano, tal vez este reloj condense otra cosa: el empeño de Jeff Koons, contra todo pronóstico, por ir más allá de la superficie reluciente de las cosas.
EL PAÍS
