La principal lección de la derrota rotunda de los republicanos y Donald Trump en las elecciones legislativas de este martes, para Estados Unidos y el resto del mundo, es que la democracia vive en el país que acaba de celebrar los 250 años de su fundación. No es una lección menor, y ni siquiera era seguro que sucediese dada la aversión de Trump hacia la separación de poderes y su sistemática impugnación del legítimo proceso electoral. De norte a sur en este país continental, y de este a oeste, los votantes han expresado el hartazgo por una economía golpeada por la inflación y las aventuras bélicas. Y al emitir este voto han rechazado también la agenda autoritaria que puso en marcha hace dos años, cuando conquistó la Presidencia por segunda vez, y que ha tensionado hasta extremos insólitos las costuras democráticas. A Trump le quedan dos años en la Casa Blanca. Pero ahora con el enorme poder del Congreso en contra.
Los estadounidenses se revuelven contra el caos de la Casa Blanca con una marea demócrata en las elecciones legislativas
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional
Los estadounidenses se revuelven contra el caos de la Casa Blanca con una marea demócrata en las elecciones legislativas
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La principal lección de la derrota rotunda de los republicanos y Donald Trump en las elecciones legislativas de este martes, para Estados Unidos y el resto del mundo, es que la democracia vive en el país que acaba de celebrar los 250 años de su fundación. No es una lección menor, y ni siquiera era seguro que sucediese dada la aversión de Trump hacia la separación de poderes y su sistemática impugnación del legítimo proceso electoral. De norte a sur en este país continental, y de este a oeste, los votantes han expresado el hartazgo por una economía golpeada por la inflación y las aventuras bélicas. Y al emitir este voto han rechazado también la agenda autoritaria que puso en marcha hace dos años, cuando conquistó la Presidencia por segunda vez, y que ha tensionado hasta extremos insólitos las costuras democráticas. A Trump le quedan dos años en la Casa Blanca. Pero ahora con el enorme poder del Congreso en contra.
El daño tardará en repararse y es muy posible que el trumpismo como ideología y estilo destructivo de hacer política sobreviva a su artífice. Trump conserva el poder suficiente para continuar sembrando el caos y la división. Pero a partir de ahora tendrá las manos atadas por un Congreso adverso, y eso será un impedimento serio para alguien que no conoce ni acepta límites a sus instintos. Los republicanos han perdido tanto la Cámara de Representantes como el Senado, algo que parecía difícil hace solo unos meses. Los demócratas han conquistado incluso bastiones inexpugnables desde hacía décadas del partido presidente como es Texas, símbolo máximo de una ola azul —el color de esta formación— que dejará una marca en este país y que recuerda al castigo en las urnas que los republicanos recibieron tras el escándalo Watergate.
Los constituyentes de la democracia norteamericana tenían razón cuando previeron un sistema que impidiese que el presidente se convirtiera en un rey que hacía y deshacía a su antojo, como los del Antiguo Régimen europeo. Pese a los temores más que razonables, hoy este sistema, al producir un resultado que limitará el poder del líder de la superpotencia, ha vuelto a funcionar.
El resultado, por las dimensiones de la victoria demócrata y la claridad con la que los estadounidenses se han pronunciado, complica a Trump cualquier tentación que pueda albergar para impugnar la legalidad del voto o revivir la intentona de 2021, cuando sus fieles asaltaron el Capitolio tras perder en las presidenciales frente a Joe Biden. No hay espacio alguno de discusión en este resultado en el que, de Texas a Ohio, de Maine a Carolina del Sur, los ciudadanos no han dejado el más mínimo resquicio de duda sobre su voluntad de castigar al Partido Republicano del presidente. Ya ha asumido la derrota públicamente y se ha desvinculado de sus causas. La nueva correlación de fuerzas en Washington no admite ambigüedades de ningún tipo.
Hay algo natural en la victoria del partido de la oposición en unas ‘midterms’, que históricamente han servido para corregir las mayorías después de unas elecciones presidenciales y repartir el poder entre ambos partidos. El sistema está pensado para que esto pase. Pero estas no eran unas elecciones como las otras. Desde enero de 2025, cuando regresó al poder tras el interregno de cuatro años de Biden, Trump había sumido EE UU en la excepcionalidad. No eran solo sus excesos retóricos y sus extravagancias y arbitrariedades en la forma de gobernar, aunque estas se han exacerbado con los años y con la edad.
Lo grave y alarmante era el constante empeño en erosionar la división de poderes y las libertades y la cruel obstinación a la hora de perseguir a las minorías con políticas racistas y xenófobas. Estos años se han visto imágenes, como las de los agentes ICE acosando a cualquier persona con aspecto latinoamericano, indignas de una gran democracia. Se ha exhibido sin disimulo, y a veces incluso con jactancia, la corrupción del clan presidencial. Los estadounidenses han visto además como Trump les metía en aventuras bélicas absurdas e insensatas que, como ha ocurrido en el caso de Irán, ha tenido efectos instantáneos en el bolsillo de los ciudadanos y explica en buena parte la amplitud del resultado electoral.
Nada de esto terminará de la noche a la mañana. Lo que empieza ahora es una laboriosa tarea de reconstrucción. Trump puede atrincherarse o aprender a negociar. Tendrá que asumir en todo caso que estará fiscalizado como nunca lo ha estado en la Casa Blanca y que puede enfrentarse, como en su primer mandato, a un ‘impeachment’ o proceso de destitución. El presidente es desde este momento mismo un ‘pato cojo’, con un margen de acción muy reducido en casa, pero todavía más o menos intacto en la política exterior. Y esto no reduce su capacidad para ofender a sus aliados y dañar sus intereses, prolongar guerras sin sentido o adular a dirigentes autócratas. Al contrario. Para los europeos y el resto de democracias es un alivio el resultado de las ‘midterms’, pero harían bien en no confiarse. Es el principio del fin de Trump, pero no es el fin del trumpismo.
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