En una escena de la película Tarzán de los monos (1932), Jane flota en el agua entre los brazos de su hombre y lo mira con embeleso: “¿De qué color son tus ojos? ¡Ya lo sé! Gris verdoso, el color de la selva”. La inglesa, que le habla a un hombre que no puede entenderla, hace explícita una máxima del pensamiento colonial: que cuando miramos al otro no lo vemos sino como representación de nuestros propios deseos fetichistas, ya sea para odiarlo o para desearlo. El racismo y la fascinación son parejos, y a veces son tan retorcidas sus estrategias que es imposible diferenciar una cosa de la otra, porque esas imágenes se han anclado en nuestros ojos como unas cataratas y solo vemos a través de ellas.
En una escena de la película Tarzán de los monos (1932), Jane flota en el agua entre los brazos de su hombre y lo mira con embeleso: “¿De qué color son tus ojos? ¡Ya lo sé! Gris verdoso, el color de la selva”. La inglesa, que le habla a un hombre que no puede entenderla, hace explícita una máxima del pensamiento colonial: que cuando miramos al otro no lo vemos sino como representación de nuestros propios deseos fetichistas, ya sea para odiarlo o para desearlo. El racismo y la fascinación son parejos, y a veces son tan retorcidas sus estrategias que es imposible diferenciar una cosa de la otra, porque esas imágenes se han anclado en nuestros ojos como unas cataratas y solo vemos a través de ellas. Seguir leyendo
En una escena de la película Tarzán de los monos (1932), Jane flota en el agua entre los brazos de su hombre y lo mira con embeleso: “¿De qué color son tus ojos? ¡Ya lo sé! Gris verdoso, el color de la selva”. La inglesa, que le habla a un hombre que no puede entenderla, hace explícita una máxima del pensamiento colonial: que cuando miramos al otro no lo vemos sino como representación de nuestros propios deseos fetichistas, ya sea para odiarlo o para desearlo. El racismo y la fascinación son parejos, y a veces son tan retorcidas sus estrategias que es imposible diferenciar una cosa de la otra, porque esas imágenes se han anclado en nuestros ojos como unas cataratas y solo vemos a través de ellas.
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